La perla y otros cuentos – Yukio Mishima

Imagina que eres una mujer que viaja con su cuñada y sus tres hijos a la playa. Tomas una siesta, despiertas, y dos de tus hijos y tu cuñada han muerto ahogados…

Imagina que eres una geisha ávida por cumplir un deseo. La tradición te dicta cruzar siete puentes sin proferir una palabra…

Imagina que eres un viejo monje budista, a punto de alcanzar el Nirvana, cuando ves a una princesa de quien te enamoras perdidamente…

Imagina que eres una hermosa bailarina, obsesionada con la belleza de tu rostro, no a un nivel narcisista, sino como una carga, como una maldición…

Imagina que eres un militar de las fuerzas imperiales, a quien le encomiendan pelear contra rebeldes, hasta hace unos días sus amigos, e incapaz de hacerlo, te suicidas con tu esposa en tu departamento…

Imagina que eres staff de un teatro kabuki que se enamora del actor principal, mientras que él se enamora del director del teatro…

José Joaquín Blanco expone en un ensayo cómo Mishima “rara vez se preocupó por las ténicas y los temas novedosos”, y enfocó su arte en forjar personajes, caracteres atípicos al común denominador social, presos de pasiones ocultas, negras, capaces de llevarlos a destinos trágicos, insondables. De esta manera, Blanco apunta: “Queda la impresión de que a Mishima le importaban poco la técnica, el tema y la anécdota, y mucho, en cambio, la elaboración de un temperamento excepcional que puede volver mishimiana cualquier cosa, aun la más simple, aun la contada con la mayor llaneza”.

Así, cada cuento de La perla explora un tipo de sensibilidad diferente. Para el lector promedio la obra de Mishima se antoja lenta: nada, o casi nada pasa, pero los cambios internos, las perversiones o sublimaciones que se están gestando en el interior de los personajes, son las que mantienen la tensión de la obra hasta el desenlace, trágico en su mayoría.

La obra de Mishima no puede sino entenderse a través de su propia vida: la occidentalización de Japón, su homosexualidad, su fascinación por la perfección, por la sangre, hasta su propia muerte. Mishima hace de sí mismo su mejor personaje, culmina en su muerte la trayectoria de todos sus personajes, el temperamento al que rindió su obra. En otro momento Blanco comenta:

Hay snobs que admiran a Mishima por su espectacular autodestrucción, que no fue sino una desgracia; lo importante, desde luego, son sus magníficas creaciones literarias.

No es de extrañar esta admiración. A los perros domesticados siempre nos llega la nostalgia del lobo que oímos aullar a lo lejos. Este hecho no carece de dramatismo y culmina valientemente en el pico de su carrera literaria. Coincido en que su obra es magnífica: su nombre pasa ahora al lugar privilegiado que alcanzan pocos: la inmortalidad de la literatura.

Para un artículo a mayor profundidad de este tema, pueden leer a Blanco acá.

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