Futuros fantasmas

I

¿Vibró el teléfono? No, no vibró. Miro la pantalla y sigue impasible, como si no hubiera pasado nada. Podría jurar que vibró.

Una búsqueda rápida explica que es una alucinación, en esencia, un error en la percepción ocasionado por el exceso de información del mundo exterior. Con tantos estímulos, el cerebro trata de discriminar cuáles son importantes y a veces falla. El fenómeno ha sido llamado “síndrome de la vibración fantasma” y, de acuerdo a uno de tantos estudios, 8 de cada 10 personas lo han sentido en alguna ocasión. El efecto es similar al que experimentan las personas que han perdido un miembro: sienten comezón, frío o, simplemente, la presencia de lo que no está ahí.

II

Recordemos el cuento de George Loring Frost, antologizado por Borges, Bioy Casares y Silvina Ocampo en su compendio de literatura fantástica. En la breve narración, lo fantasmagórico se confunde con lo humano, es decir, lo vivo:

Al caer de la tarde, dos desconocidos se encuentran en los oscuros corredores de una galería de cuadros. Con un ligero escalofrío, uno de ellos dijo:

—Este lugar es siniestro. ¿Usted cree en fantasmas?

—Yo no —respondió el otro— ¿Y usted?

—Yo sí —dijo el primero y desapareció.

El cuento da una clave de la naturaleza del fantasma: nocturno, aparece “en los oscuros corredores”. Su presencia, además, se confunde con la del vivo –en el folclor mexicano abundan historias de una mujer que, al terminar el baile, pide que la lleven al cementerio. De manera previsible, la mujer está muerta.

En Occidente, la idea del fantasma deviene del imaginario cristiano: la trinidad del hombre –cuerpo, alma y espíritu– se desbarata con la muerte. La carne fenece, el alma espera el juicio final y el espíritu regresa a Dios, a menos que algo lo retenga en la tierra, es decir, lo convierta en fantasma. Esta idea le otorgó sus peculiares rasgos[1] –sin carne, flota semitransparente–, pero acaso el más interesante sea el que nos habla de sus gestos repetitivos: tira la canica, prende y apaga la luz, grita “ay, mis hijos” ad infinitum porque está separado del alma, es decir, de la razón –de acuerdo a San Agustín, el intelecto es la esencia del alma[2].

En todo caso, su presencia plantea otro problema más importante: ¿qué quiere? ¿Para qué ha venido? El fantasma es una suerte de invasor, un extranjero cuyas intenciones nos son ocultas.

III

Dice Hugo Hiriart que cada sentido tiene sus fantasmas. Cada época, también. Cuenta Alberto Chimal que su esposa, Raquel, se implantó un imán en el dedo anular: “el imán vibra, silencioso, sin que nadie salvo mi esposa se dé cuenta, cuando se enciende cerca un proyector de video o cuando pasa por un detector de mercancía en una tienda. O cerca de otro imán. Es una ampliación del sentido del tacto: una auténtica modificación (aunque sea pequeñísima) de la forma en que se percibe el mundo”.

En su modesta proporción, la vibración inexistente del celular inaugura la convergencia de la carne y la tecnología y con ello, nuevas alucinaciones o fantasmas. La industria de los wearables –gadgets como ropa interior–, abre un mundo de posibilidades: no solo la acumulación de datos de nuestro entorno y nuestro cuerpo –chips que miden nuestros signos vitales, sensores en nuestro cerebro–, sino la ampliación de nuestros sentidos –lentes de contacto conectados a Internet, prótesis robóticas, ampliaciones de la memoria–, es decir, una nueva forma de percibir el mundo similar a la que refiere Chimal y, más allá, otra frontera: Raymond Kurzweil, científico y director de ingeniería de Google, anticipa que la Singularidad –el momento en que la inteligencia artificial sobrepasará las capacidades humanas– sucederá en los próximos treinta años[3]. Como el pasillo de aquella galería de cuadros, la única oportunidad que tiene el hombre para mantenerse vigente en el futuro cercano es a través de su fusión con la tecnología.

IV

The old evolution is cold. It’s sterile. It’s efficient, okay? And its manifestations of those social adaptations. We’re talking about parasitism, dominance, morality, okay? Uh, war, predation, these would be subject to de-emphasis. These will be subject to de-evolution. The new evolutionary paradigm will give us the human traits of truth, of loyalty, of justice, of freedom. These will be the manifestations of the new evolution.

Waking Life

Nuestros futuros fantasmas no serán nuestros electrodomésticos chateando desde el centro de reciclaje, ni el refrigerador desconectado pidiendo leche al supermercado: seremos nosotros, fantasmas para los no vivos en nuestra previsible –y absurda– humanidad obstinada por no desaparecer. En “Soy leyenda”, novela de Richard Matherson, se narra la ejecución del último homo sapiens, es decir, del monstruo:

El silencio se extendió sobre sus cabezas como una pesada capa. Todos volvieron hacia Neville sus rostros pálidos. Neville los observó serenamente. Y de pronto razonó: Yo soy el anormal (…). Y comprendió la expresión que reflejaban aquellos rostros: angustia, miedo, horror. Le tenían miedo.

Si lo posthumano llega y la humanidad se convierte en extranjera, el horror será similar a esa película en la que los protagonistas se dan cuenta que ellos son, en realidad, los fantasmas –la vuelta de tuerca es darnos cuenta que nos hemos convertido en lo que nos aterra.

[1] Roger Clarke, en su libro “Historia Natural de los Fantasmas”, define una taxonomía mucho más interesante dividida en nueve tipos, entre los que destacan los primordiales, manifestaciones de un pasado distante o mitológico, y los poltergeists, fantasmas ruidosos cuya etimología proviene del alemán poltern, hacer ruido, y geist, espíritu.

[2] De Trinitate. IX, 2

[3] Kurzweil, Ray; The Singularity Is Near: When Humans Transcend Biology, 2005.

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