El lunes empieza el sábado – Arkadi y Borís Strugatski

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El sofá, pensé. ¿Qué pinta el sofá en todo esto? Nunca he oído ningún cuento sobre sofás. Estaba la alfombra voladora. Estaba el mantel maravilloso. El gorro invisible, las botas de siete leguas y el gusli que sonaba solo. El espejito mágico. Pero nunca hubo un sofá mágico. Los sofás son para sentarse o tumbarse; son algo sólido y corriente… ¿qué historia fantástica podría inspirarse en un sofá?

el lunes comienza el sabadoDefinitivamente, El lunes empieza el sábado da la respuesta al párrafo anterior. La historia de como nace esta novela la cuenta Borís Strugatski:

Lidia Kamionko había llegado a la estación de Górnaya para ajustar cierto aparato nuevo, pero se pasaba el tiempo de brazos cruzados debido a que el clima no era adecuado para la observación astronómica. Así que, llevados por el aburrimiento, una tarde se pusieron a inventar un cuentecito sin principio ni final en el que había la misma lluvia, la misma lámpara tenue con el mismo cable y sin pantalla, la misma veranda húmeda hecha de un mueble viejo y cajas de maquinaria, y el mismo aburrimiento deprimente; sin embargo, en él sucedían cosas divertidísimas y totalmente imposibles: gente extraña y absurda aparecía de la nada, ocurrían cosas mágicas y se pronunciaban discursos disparatados y graciosos. Este galimatías de cuatro páginas absolutamente surrealista terminaba con las palabras: ¡el sofá no estaba!

Esta pequeña anécdota bien podría ser la cuarta de forros: El lunes empieza el sábado es una novela y un divertimento: conjunta la literatura fantástica y la ciencia ficción para ofrecernos desde el punto de vista de Sasha, el protagonista –un programador que, en la carretera, decide levantar a un par de hombres que habían salido de casa–, el mundo del Nuevo Instituto Científico de Adivinación y Sortilegios (NICASO).

La novela está dividida en tres secciones. En la primera, Sasha narra el encuentro con sus reclutadores –el que en NICASO estén buscando un programador es un accidente y coincidencia que, como siempre, detona la historia– y sus aventuras en el Instituto: vemos ahí la aparición de los primeros entes fantásticos, que no son sino guiños a la tradición de todas las literaturas y todas las historias: desde el pez en la mano, hasta el gato de Cheshire. La aparición de lo fantástico provoca una reacción interesante en el protagonista:

Mientras recogía la cama y hacía mis ejercicios matutinos pensaba que seguramente existía un límite para la capacidad de asombro, y al parecer, yo ya lo había ultrapasado con creces. Incluso me notaba un poco cansado. Intenté imaginarme algo que pudiera sorprenderme, pero la fantasía no me alcanzaba, cosa que no me hizo ninguna gracia porque no puedo soportar a las personas incapaces de asombrarse. No obstante, estaba lejos de la psicología del “y-a-mí-qué-vaya-qué-cosas”; más bien mi estado recordaba al de Alicia en el país de las maravillas: era como si estuviera en un sueño, y aceptaba y estaba preparado para aceptar cualquier prodigio con una reacción más compleja que simplemente quedarse con la boca abierta y parpadear atónito.

Superado este momento, Sasha se queda a trabajar en NICASO y sobreviene la segunda parte de la novela: el inventario de personajes e historias que pueblan el Instituto. Aquí podemos ver en su totalidad el universo de los hermanos Strugatski y la serie de guiños y homenajes que hacen a las historias que los antecedieron. Borís confiesa en el postfacio:

La idea de una novela sobre magos, brujas, hechiceros y encantadores se nos ocurrió hace mucho tiempo, ya a finales de los años cincuenta. Al principio no teníamos ni idea de qué acontecimientos tendrían lugar en ella; sólo sabíamos que los héroes deberían ser personajes de cuentos, leyendas, mitos e historias de miedo de todas las épocas y pueblos.

Esta segunda sección desarrolla el aspecto humanista del Instituto: la búsqueda de la felicidad como meta última de los que ahí laboran.

Trabajaban en un instituto que se ocupaba principalmente de los problemas de la felicidad y el sentido de la vida humanas, pero entre ellos no había nadie que supiese exactamente qué eran ni lo uno ni lo otro. Y habían establecido como hipótesis de trabajo que la felicidad y el sentido de la vida residían en ir ganando terreno ininterrumpidamente al campo de lo desconocido.

Uno de sus investigadores, Sfugallo, lleva esta preocupación a la creación del modelo ideal, experimento fallido y apología del consumismo. La tercera parte, por su lado, tiene más coincidencias con la ciencia ficción: hay un viaje en el tiempo al estilo Orwell y una investigación alrededor de la contramoción: dos tiempos en sentidos opuestos en el mismo universo –lo que recuerda la obra de Alberto Chimal, El último explorador–.

Al igual que el cuento que relatan como la génesis de esta novela, El lunes empieza el sábado no tiene un final cerrado ni brinda una conclusión a la historia. El meollo central del texto podría interpretarse como la teoría de conjuntos que suma el mundo científico y tecnológico con el mágico: la realidad más allá de la realidad.

Como conclusión, si están interesados en la literatura fantástica y ciencia ficción y desean un libro poco solemne con imágenes y ejercicios de la imaginación memorables, acérquense a este libro –nota al pie: la traducción deja mucho que desear. Como addendum, la historia de los hermanos Strugatski vale la pena ser revisada, así como la de la editorial que trae la novela al mercado de habla española. Otra reseña de la novela puede ser consultada aquí.

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