Carta a Daniel Ancheyta @elancheyta

archundia

Archundia

La literatura es el ejercicio de la posibilidad, esto ya lo sabemos. Sin embargo, tú has aprendido que ésta sólo existe en el texto, mientras que yo trato todavía de encontrarla afuera –¿no la escuchas pasar entre las frondas?–. Quisiera escribirte un par de cosas, pero de pronto todo me es insuficiente. Recordar, por ejemplo, los trayectos al Tec a las seis de la mañana para asistir a clase con una maestra que balconeaba a su esposo, o de la ocasión en que me contaste cómo escuchaste a un perro llorar en Oaxaca. Habría tanto que escribir y hacerlo es hablar de ti y de mí, es decir, hablar de los dos.

¿Me explico? Tal vez no.

Aprieto los ojos contra la luz penetrante de la pantalla y pienso: el escritor debiera escribir para desaparecer –¿no pidió Kafka a Brod quemar sus textos?–. Pero sé, te escucho, y creo que al final todo se traduce en estas líneas: pongo en mis escritos lo que no pongo en mi vida. Por eso creo que no los termino nunca. Y no pongo en mi vida lo que pongo en mis escritos. Por eso es que vivo tan poco y tan mal. Esto lo ha escrito un peruano, pero lo plagio para ti. París no se acabará nunca pero nosotros sí, nos erosionaremos continuamente contra el tiempo. Escucha: lo terrible no es que las cosas terminen, sino que nunca volverán. Palabras, mujeres, mechones, canciones, un departamento en París donde trataste de decir mucho y en realidad dijiste buen culo. Todo está orientado a la nostalgia, como diría Cortázar, y en todo caso lo cierto es que un día uno de los dos estará muerto y he aquí lo importante: persistirán zonas de pasado en ti o en mí, o en esto eterno que es el Internet, eterno igual al olvido. Da igual. Un escritor no logra nunca escribir lo que quiere –en algún otro lugar habrá quedado, ¿te reconoces?–, somos todo lo que nos falta, esos manuscritos inéditos deformados por el olvido con una minuciosidad exagerada e inexplicable. He cometido otro plagio pero, ¿a quién le importa? Somos los libros que nos han mejorado, somos tú y yo, enladrillando un rincón en días que a nadie le importan, días y noches de amor y guerra, tedio y fracaso, convencional éxito o un soporífero vacío.

Y en medio de esto, la amistad que compartimos, esa que aún conserva todo el lirismo del que fuimos capaces algún día.

Un par de plagios más: la vida tal vez no va identificándonos, sino divirgiéndonos a ti, a mí y a todos. El pasado común se abre en dos ramales oscuros y densos, se bifurca tristemente, sin ganas, en dos pasados que no se reconocen entre sí. Es cuando uno comprende que no ha vivido, que entre los recuerdos la realidad queda falseada, ausente. No es confortador recordar juntos, pero aún conservamos aquellas intuiciones, la aproximación de tus sueños en los míos. Las imágenes de la memoria, una vez fijadas por las palabras, se borran; el resto será una página en blanco, o dicho de otro modo, lo remoto, lo extraño, lo que todavía no está aquí. Tal vez en eso encontremos mañana si no la felicidad, sí la energía, una energía que se parezca al humor, un humor que se parezca a la memoria.

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