Apuntes de la vida cotidiana no. 050115

Me interesa la capacidad que tiene el año nuevo para generar esa ilusión de renovación. ¿Por qué no sucede lo mismo con nuestros cumpleaños? El 31 de diciembre desata reflexiones, cambios de rumbo, listas de propósitos, todos llenas de ilusiones de cambio y esperanzas afianzadas en la acumulación y el bienestar. El típico brindis parece muy noble: salud, dinero y amor, pero se traduce de una forma mucho más banal: un cuerpo esbelto, deseable; lana para cumplir cualquier capricho; sexo.  Estar chingón.  Así las cosas.

Pero el mundo está cambiando. Tal vez a nuestros nietos les toque ser los exploradores de próximos sueños.

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En Manhattan Transfer de John Dos Passos:

Se suicida con una escopeta… se colocó el cañón bajo la barbilla y disparó el gatillo con el dedo gordo del pie.

En El loro que podía adivinar el futuro de Luciano Lamberti:

Al año siguiente me enteré de que se pegó un tiro con la escopeta del padre. Como no llegaba con las manos, tuvo que descalzarse un pie, sacarse la media y apretar el gatillo con el dedo gordo. Y así lo encontraron: frente al televisor prendido, con un pie descalzo.

Imagino a Lamberti leyendo a Dos Passos, asombrado. La imagen de ese dedo gordo del pie germinó como un cuento independiente, como una especie de homenaje. Poco importa si esto nunca pasó: hoy dos escritores de tiempos distintos se comunican entre sí a través de la misma anécdota. La literatura es también eso: un diálogo entre vivos y muertos.

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Quiero regresar al punto inicial. Uno se vuelve escritor por dos cosas. La primera es el encuentro arrollador con el texto. La buena literatura destruye, penetra, corta en carne viva. La persona que tiene en su corazón el germen de la literatura siente envidia de este éxtasis, conforme más lee más quiere participar de esa belleza. Escribir, dice Macedonio Fernández, es la venganza por haber leído tanto. La segunda cosa que sucede es que el futuro escritor se da cuenta que las cosas se pierden para siempre. Los momentos, la gente, los amores. Enfermo de melancolía, el escritor busca apresar los instantes. Si tiene suerte, logrará enlazarlos en algún tipo de narrativa ajena a la cotidianidad y sus anécdotas. Si tiene éxito, logrará escribir poesía. Pero pocos son los que logran abrirse paso en medio de la nada. Escribir es nadar en un mar grande y oscuro, con el riesgo de ahogarse a cada momento.

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Yo nado en ese mar, entre angustiado y contento. He decidido guardar mis brazadas para otros proyectos, y dejar este blog para cosas que valgan la pena. En términos simples: será difícil continuar con las reseñas. Esto, además, es un acto de honestidad: me parecen injustos mis comentarios, tan escuetos, tan vacíos. Siempre lo pensé como una manera de interpretar el sentido del texto, de buscar el misterio, pero hoy me doy cuenta que solo estoy en la superficie de un campo extenso. La buena crítica literaria exige compromiso, no solo con el texto, sino con la erudición y la tradición. No se puede hablar, por ejemplo, de ciencia ficción, sin tener la decencia de mirar lo que se ha escrito ya sobre el tema. Recordemos, por ejemplo, el prólogo de Borges a Ray Bradbury:

En el segundo siglo de nuestra era, Luciano de Samosata compuso una Historia verídica, que encierra, entre otras maravillas, una descripción de los selenitas, que (según el verídico historiador) hilan y cardan los metales y el vidrio, se quitan y se ponen los Ojos, beben zumo de aire o aire exprimido; a principios del siglo xvi, Ludovico Ariosto imaginó que un paladín descubre en la Luna todo lo que se pierde en la Tierra, las lágrimas y suspiros de los amantes, el tiempo malgastado en el juego, los proyectos inútiles y los no saciados anhelos; en el siglo XVII, Kepler redactó un Somnium Astronomicum, que finge ser la transcripción de un libro leído en un sueño, cuyas páginas prolijamente revelan la conformación y los hábitos de las serpientes de la Luna, que durante los ardores del día se guarecen en profundas cavernas y salen al atardecer. Entre el primero y el segundo de estos viajes imaginarios hay mil trescientos años y entre el segundo, y el tercero, unos den; los dos primeros son, sin embargo, invenciones irresponsables y libres y el tercero está como entorpecido por un afán de verosimilitud. La razón es dara. Para Ludano y para Ariosto, un viaje a la Luna era símbolo o arquetipo de lo imposible, como los cisnes de plumaje negro para el latino; para Kepler, ya era una posibilidad, como para nosotros. ¿No publicó por aquellos años John Wilkins, inventor de una lengua universal, su Descubrimiento de un Mundo en la Luna, discurso tendiente a demostrar que puede haber otro Mundo habitable en aquel Planeta, con un apéndice titulado Discurso sobre la posibilidad de una travesía? En las Noches áticas de Aulo Gelio se lee que Arquitas el pitagórico fabricó una paloma de madera que andaba por el aire; Wilkins predice que un de mecanismo análogo o parecido nos llevará, algún día, a la Luna.

Por su carácter de anticipación de un porvenir posible o probable, el Somnium Astronomicum prefigura, si no me equivoco, el nuevo género narrativo que los americanos del Norte denominan science-fiction o scientifiction y del que son admirable ejemplo estas Crónicas.

Pocos estamos a la altura de textos de este tipo. Pero hay quien sí lo está, por lo que es mejor dejar a ellos el comentario preciso de lo que sí vale la pena.

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Todo se debe a esta ilusión de cambio del año nuevo. Con este post concluye una etapa de este espacio. Seguirá, entonces, otra, una a la que guardaré mis brazadas y mis letras. Un proyecto más modesto, sin duda, pero cercano a lo que condensa mis afectos.

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