Diario de un aspirante a santo – Georges Duhamel

valle de los huesos secos

diariodeunaspiranteasantoEdiciones del Equilibrista ha traído de inicios del siglo XX (1927) una novela que forma parte de un quinteto de historias: Vie et aventures de Salavin. Diario de un Aspirante a Santo o Journal de Salavin es una novela maravillosa y tiene lugar en la mitad de la vida de Salavin: a sus cuarenta años, edad en la que decide transformar su vida.

Estoy persuadido de que originalmente no había en mí solamente un hombre en potencia, sino muchos. La vida me ha limitado por todas partes. Ha elegido brutalmente por mí y contra mí. Si dejara pasar algunos años quizá ya no tuviese salida alguna. La tumba, la celda hermética. No hay que perder ni un solo día.

¿Qué es lo que desea Salavin? No es bajar de peso, ni volverse rico, ni conquistar a una mujer, ni siquiera vivir alguna aventura. Lo que desea es convertirse en santo. La premisa es ridícula y, por lo tanto, formidable. Hay, en el corazón de la novela, un personaje entrañable en un mundo cruel que, además, le recuerda en todo momento sus limitantes: ser un santo es una idea imposible y ridícula.

Pese a esto, Luis Salavin persevera. No es un religioso ni un loco. La fe lo ha abandonado. Pero entre las fracturas por las que a veces asoma otra cosa, Salavin mete los dedos y reclama algo más grande que su vida, una misión que por imposible vale la pena realizar aunque en ella se pierda la vida.

La humildad de los santos es paradójica. Consiste en una competencia por quién será el más pobre, el más modesto, el más oscuro. Siempre algo más que los otros, en resumidas cuentas. La verdadera humildad consistiría en ser y en seguir siendo lo que se es, como las piedras. Es decir, la inercia. Pues bien, yo confieso mi ambición: yo también quisiera ser algo más, algo más que yo mismo.

La novela, en forma de diario, es el registro de los sufrimientos de este hombre. En una época donde lo que pareciera importar es únicamente comprar lo que nos dicten nuestros deseos, Salavin aspira a ser otra cosa  –nos hace pensar en los sueños de un mundo más joven, de otros que soñaron conquistar tierras y castillos por el nombre de una patria, momentos estelares de aquellos que se sumergieron en los ámbitos de la belleza, el deseo y el arte–. Y sin embargo, ¿no es Salavin, también, un fatuo? Vanidad de vanidades, todo es vanidad:

Espera serenamente las ocasiones de sacrificarse, las hermosas oportunidades de sacrificarse. Y no es sino el comienzo del comienzo. Quizá un día futuro marchará entre la admiración respetuosa del mundo, aliviando a unos, instruyendo a otros, cumpliendo cada día una acción maravillosa. ¿No se ha salvado ya? Su vida tiene un objetivo. Es un grito que todo ser humano sueña con lanzar un día: “¡Mi vida tiene un objetivo!”.

Al más puro estilo Quijotesco, la misión de Salavin está destinada al fracaso, pero eso no importa: otro tipo de persona es posible. Nuestro agnóstico aspirante a santo nos hace reír y llorar, pero sobre todo, nos hace transitar sobre una de las preguntas fundamentales de la vida: ¿cómo vivir? ¿Para qué? ¿Qué hay que hacer en el mundo? ¿Qué falta hacer de grande, de magnífico? Las cargas que cada uno soporta son autoimpuestas, medita Salavin, pero hay en unas y en otras atisbos de grandeza que pueden hacer a los personajes –literarios o no– brillar como cometas en el cielo.

***

Otro tipo de persona es posible y Salavin lo sugiere en una breve pero significante nota:

La imaginación me hostiga: la imaginación me matará. A veces, la fuerza de las imágenes me detiene, con un pie en el aire. Inicio veinte pensamientos, veinte movimientos, que nunca serán acabados. Entre tanto he soñado: una casa se derrumba, chocan dos tranvías, un automóvil me destripa. (…) Este desorden de la imaginación me aflige.

Son éstas las historias y sus hacedores, por supuesto. Otra reseña mucho más completa de este mismo libro puede leerse aquí.

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