Cuadriculado azaroso de calles y personas

F. tuvo el siguiente sueño: se encuentra en la calle con Y., de manera fortuita, en un corredor o en un elevador. Se saludan. Ella entonces quiere escapar, salir de ahí corriendo. Luego, una voz. Tiene una hija tuya. Una hija, piensa. De un año. Una hija. F. persigue a Y., para preguntarle si es verdad. Es verdad, contesta Y. Una hija, tengo una hija.

Despierta. Hace 1 año que F. no ve a Y., y no sería mucho, de no ser por dos cosas: F. nunca había soñado tener una hija, así, materializada, tan real como a veces son los sueños. Dos: días antes, e inconexos entre sí, tres fantasmas de Y. cruzaron: el primero en una página web, el segundo en una conversación, y el tercero en un recuerdo.

Siendo F. como es, se pregunta si este es uno de esos momentos en los que piensas en alguien, y te llama por teléfono, o bien, algo ha pasado con esa persona, algo importante, y cierto eco llega de distintos lados. Cree en estas supersticiones porque su madre sueña a veces con su padre muerto, y siempre es una señal de algo, muy bien no sabe de qué, pero de algo.

Así, F. se queda pensando en el destino, el libro de la vida, los dejá vu, el eterno retorno, esas pruebas sin testigos que sólo nos reconfortan ante la inevitabilidad de haber nacido.

Da un trago a su café y sale a la calle. Alguien pasa y, sin fijarse, choca con él y le tira su vaso. Se disculpa. Curiosamente, se parece a Y. Otra vez, las posibilidades se abren en ese matriculado azaroso de calles y personas.

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