París D.F.

*Foto cortesía de Juan Carlos Rojas / NOTIMEX

¿Qué hay más allá de la dicha? El libro se ha presentado y ya está en librerías, lo que le resta es encontrar a sus lectores. Les dejo aquí este texto que al final no leí, pero que condensa un poco el sentir de ayer:

Quiero agradecer, antes que nada, su presencia esta noche. Aprovechando que tengo el micrófono y que nadie me lo va a quitar durante algunos minutos, quiero contarles tres cosas.

La primera es una historia personal. Nunca lo he dicho, pero yo dejé a mi primera novia por la literatura. Quiero ser escritor, le dije, y la dejé sentada en la sala de su casa mirándome la espalda. Tenía 22 años. Desde esa vez he dejado muchas cosas y no me arrepiento. Desear ser escritor es lo mejor que pude desear en mi vida. Creo que la creación es lo único que justifica la existencia, y lo poco que he podido crear hoy llega a ustedes en la forma de un libro: París D.F.

Fuera de esa anécdota, el resto es bastante plano. Nunca fui becario de ninguna fundación, ni gané ningún concurso. Salvo algunos artículos en Internet que no impresionarán a nadie, nunca publiqué nada. Tampoco fui un autodidacta: pasé un par de años en talleres literarios, nutriéndome de las lecturas de otros. Lo único que tuve fueron un montón de horas frente al teclado. Si me preguntaran por qué, no sabría qué responderles. Les juro que muchas veces me pregunté qué hacía sentado escribiendo, cuando hubiese podido hacer otras cosas: salir, conocer gente, aprender cerámica o a tocar la guitarra. En síntesis, cosas más útiles que golpear metódicamente el teclado.

Por eso, cuando me comunicaron que había ganado el Premio Dos Passos a primera novela, mi primera reacción fue de incredulidad. Me quedé callado, mientras al otro lado del teléfono Palmira y el resto del jurado se encontraban en suspenso –espero. Estaba sentado en una habitación de hotel en Buenos Aires y no podía sino sentir una dicha inmensa. ¡Al carajo todo! Luego recordé que tenía que seguir trabajando. Regresé a la computador, pero no puede pensar en otra cosa que en el hecho de que mi vida había cambiado. Ese día, finalmente, me di cuenta que era un escritor.

En París DF, el personaje, Arturo, busca una ciudad imaginada para hacer más grande el lugar en el que habita. Me preguntaron cómo se me había ocurrido una historia que saliera de los clichés habituales de la literatura nacional: el narcotráfico, la política, el secuestro. Esto es inexacto: la violencia se filtra, entra por las rendijas del encuentro de Arturo con la policía, lo empuja a posibilidades que él estima como un juego, como una carta más del tarot, pero que se desencanta en consecuencias funestas.

Hoy, en el México del que provengo, esa violencia se despliega de maneras inimaginables. Esta es la segunda cosa que quiero contarles: la paz que existe en mi país es la paz de la sepultura. Para los que no están familiarizados con lo que estoy diciendo, déjenme leerles cuatro ejemplos:

El 26 de Septiembre de 2014 fueron secuestrados 43 estudiantes y, según declaraciones de sus captores, fueron asesinados, quemados por más de 15 horas, sus huesos pulverizados y sus cenizas arrojadas al río. Julio César Mondragón, uno de los chicos, fue desollado, su rostro arrancando en carne viva por haber escupido a uno de sus secuestradores.

El 18 de Noviembre de 2014, Alberto Barrita, niño mexicano, gana un concurso de ciencia convocado por la NASA. Ante la pregunta sobre qué se necesita para que un mexicano llegue a Marte, contestó: “que no me maten los políticos”.

Diez días después, Jessica Nava Ruiz graba con un celular el abuso policial en la Ciudad de México. El policía en cuestión la sube a su patrulla y le dice: “todos los de tu generación son unos pendejos que creen que con esta chingadera (refiriéndose al teléfono) van a solucionar el país”. Después la golpeó y la aventó a la calle.

Cinco de Diciembre de 2014. Agustín Gómez Pérez, joven campesino, se prende fuego frente al Congreso de Chiapas. Exige la liberación de Florentino Gómez Girón, su padre, maestro y activista social del municipio de Ixtapa. Girón enfrenta cargos por robo de ganado y de una “cadena”. A los campesinos, desesperados, no les queda más que inmolarse.

En México nos gusta ser los mejores: somos los mejores en corrupción, obesidad, inseguridad y ahora, también, en las manifestaciones del horror. No encuentro nada más doloroso que escuchar a padres y madres gritar a quien sea que los escuche: vivos se los llevaron, vivos los queremos. Pero están muertos, o eso nos han hecho creer.

Digo esto sin ningún interés de politizar esta presentación. Ustedes son los únicos que nos pueden ayudar a hacer eco a este dolor que nos desgarra.

La tercera y última cosa de la que quiero hablar es: ¿cómo se conecta esto con la literatura? ¿Con París DF? Reinventar la vida parece una imposibilidad ante estos y otros eventos que nos asfixian a diario. ¿Cómo ayuda la ficción? Me parece que, ante esto, la novela cobra una perspectiva distinta: otro mundo es posible y, más aún, es necesario, casi obligatorio, que nos inventemos otras historias. El reducto que me queda, que yo tengo, y que hoy comparto con ustedes, son las letras. Esta novela no es sino un modesto esfuerzo por proponer una sensibilidad distinta a la realidad que nos rodea, a lo ennegrecido cotidiano. Una ciudad sobre otra, una vida sobre otra, un mundo distinto sobre otro.

Así he llegado hoy aquí. Paris D.F. es un susurro entre dos ciudades. Traté de reunirlo en un texto, para que un día otros lo encuentren, lo lean entre las piedras y el ruido, y sepan que esa ciudad imposible también es suya.

Muchas gracias.

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