Atardecer cerca de Villerville

El sol cae, despacio pero irremediable, y jala tras de sí toda una estela, una cortina que destapa la noche, la anuncia. Las nubes apenas formadas, difuminadas, se pierden en tonos caprichosos, golpeados por la luz moribunda que no termina de irse, que tiñe todo de un rosa que no es rosa, de un naranja que no termina de ser naranja, hasta olvidar que hace unas horas todo fue azul, para avisar que dentro de poco todo será negro. Y sin embargo, ahí permanece aquella esfera moribunda, estática pero incrustándose milímetro a milímetro como cuchillo, penetración lenta, puesta falsa que denuncia el ciclo. Mientras la luz se va, bajo el horizonte un reflejo sobrevive con más vida, tintinea y se mueve al capricho de un dios en el que nadie cree, juguetea claramente y golpea la costa, donde se confunde espuma con arena. A veces grácil, a veces demoniaco, aquel estado incomprensible para el tacto parece complacido, feliz de arremolinarse y serpentear, ocultar aquel espacio arenoso, punto de tregua ante la fuerza del gigante. La tierra es mediocre, responde a medias, complaciente. Se deja hacer, como vieja prostituta, resistiendo, quién sabe si planeando una venganza. Hasta el viento y las gaviotas le han perdido el respeto. Frente a ellos camina un hombre, sorteando las piedras y las olas, ligero aún pese a la gran red que sostiene a sus espaldas. El mar ruge. Detengan al ladrón, parece decir, pero ya no hay nada que hacer.

Daubigny envidia al hombre, que se pierde con paso ligero. Envidia más bien la imagen, y sigue pintando.

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