Apuntes de la vida cotidiana 070513

La ciudad nos enseña a ser desconfiados, siempre hay una historia del tipo una niña me pidió ayuda y me dio un papel con su dirección. De inmediato me empecé a sentir mareada y me llevaron al hospital. Ya ahí, el doctor me dijo: tuviste suerte, blah blah blah, o bien, la historia del hombre que se detuvo a ayudar a una mujer a cambiar la llanta ponchada de su coche y amaneció sin un riñón. El miedo no anda en burro, dirán, o, la mula no nació arisca. Como sea. Saliendo hoy del metro me encontré con un hombre que apenas podía subir las escaleras. Pedía ayuda a cualquiera que lo escuchara. No pude no hacerle caso. El hombre era un vagabundo, y mientras subíamos escalón por escalón, comenzó a decirme un par de cosas que no entendí del todo: que él no era gay, sino que sólo necesitaba cariño, alguien que lo escuchara, que si podía le completara para un taco, que nunca dejara de ayudar a las personas, etcétera. Cuando me pidió dinero, debo decir que me incomodé. ¿Por qué no era suficiente con que me hubiera parado a ayudarle? ¿Por qué tenía que recurrir  al chantaje emocional? Cuando finalmente llegamos a las escaleras, me pidió que lo llevara a una banquita para que se sentara. Traigo prisa, contesté. Bueno, al menos deja que te cuente un chiste: ¿te sabes el cuento del puto que se cayó del quinto piso? No, respondí. Yo tampoco, pero sí sé que se dio un putazo. Me hizo reír.

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Acabo de descubrir el blog de Lilián Bañuelos. Me parece que tiene una manera linda de contar las cosas. Hay gente que escribe bien. Otra que cuenta bien las cosas. Me gustaría pertenecer a cualquiera de esas dos categorías.

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Me gustaría regresar a la fotografía. Tengo una cuenta de Flickr abandonada a la que no le he subido cosas. Me gustaría hacer más bicicleta de montaña. Comprar un coche y salir todos los fines de semana de la ciudad. Disfrutaría mucho volar en ala delta. Viajar a Bacalar. Escribir una novela sobre el desamor. Vivir en Francia por un par de años. La lista podría continuar. En La escuela del aburrimiento, Luigi Amara reflexiona sobre esto:

La lista de Perec [de cosas que hacer antes de morir] está atravesada por la conciencia de que la mayoría de las cosas que le gustaría hacer no las hará jamás, pues parte de su atractivo dimana del hecho de que lo rebasan, de que sean imposibles para él. (…) La lista de Perec, en todo caso, era el reverso de un testamento, la herencia desvariada de lo que nos contradice y se nos escapa. La enumeración de todo aquello que, precisamente porque nunca lo haremos, también nos constituye.

Todos, pues, estamos llenos de ausencias.

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