Un hombre que duerme – Georges Perec

Regreso a Perec, quien, junto con Queneau e Italo Calvino, formaran parte del grupo literario parisino OuLipo (acrónimo de Ouvroir de Littérature Potentielle, en español algo así como, Lugar de trabajo de la Literatura Potencial).

Un hombre que duerme abre con un epígrafe de Kafka:

No es necesario que salgas de casa. Quédate a tu mesa y escucha. Ni siquiera escuches, espera solamente. Ni siquiera esperes, quédate completamente solo y en silencio. El mundo llegará a ti para hacerse desenmascarar, no puede dejar de hacerlo, se prosternará extático a tus pies

Un epígrafe es ya una pista, una guía al lector. ¿Qué pasa en Un hombre que duerme? En segunda persona, Perec nos acerca a un momento importante: un estudiante, de cara a sus exámenes universitarios en Sociología, decide no levantarse, no salir de cama, no salir de su cuarto, renunciar a las condiciones que se le han presentado de antemano, vivir, si es que acaso lo podemos llamar así, en una suerte de momento estático, en una contemplación, que sin embargo, no trae detrás ningún tipo de iluminación, ningún Nirvana, ninguna revelación.

Lo que te perturba, lo que te conmueve, lo que te da miedo, pero que a veces te entusiasma, no es lo repentino de tu metamorfosis, es, al contrario, justamente el sentimiento vago y pesado de que no se trata de una metamorfosis, de que nada ha cambiado, de que siempre has sido así, incluso aunque no lo superas hasta hoy: éste, en el espejo resquebrajado, no es tu nuevo rostro, son las máscaras que se han caído, el calor de tu cuarto las ha derretido, la torpeza las ha despegado.

A lo largo de 130 páginas Perec nos sumerge en este mundo, donde, en cierto sentido, no pasa mucho: Perec te habla, insistentemente, recordándote pesadillas, sueños, detallando el absurdo proceso de leer ele periódico, de comer un beefsteak, de recorrer las calles de París, de vivir. Al final, sin embargo, no hay conclusión, no hay salvación, salvo la terrible certeza de que nada vale la pena, de que ni la soledad, ni la indiferencia, han podido salvarte.

Las raíces de este libro están en Melville, sus ecos, por su parte, en todos lados. Por la minuciosidad de Perec, algunos capítulos pueden parecer pesados. Es, al final, un libro deprimente: todas las decisiones y los roles que ejerceremos, de aquí en adelante, han sido decididos en avanzada. ¿Cuáles son nuestras posibilidades?

Salir de todo proyecto, de toda impaciencia. Estar sin deseo, sin despecho, sin rebeldía. Aparecerá ante ti, al hilo del tiempo, una vida inmóvil, sin crisis, sin desorden: ninguna aspereza, ningún desequilibrio. Minuto tras minuto, hora tras hora, día tras día, estación tras estación, algo que nunca tendrá fin va a comenzar: tu vida vegetal, tu vida anulada.

La vida, entonces. Ese lugar inasible, inacabado. En el inter, las fórmulas para matar el tiempo. Perec nos propone otra: una igual de estéril.

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