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Svetlana Alexievich estuvo en México en marzo de 2003 para dar una conferencia en ruso en el ciclo “Cartas del destierro”, que la Casa Refugio Citlaltépetl organizó en el Palacio de Bellas Artes. De esa conferencia extraigo este fragmento: "Mi aspiración a escribir un libro sobre la guerra con mirada de mujer se debe a que pertenezco a una generación a la que le desagradaban las respuestas estériles que nos daban sobre la vida. Estaba claro que esa guerra pomposa era una justificación del sistema y que toda la sangre derramada borraba la verdad sobre su naturaleza. La verdad era totalmente diferente. Recuerdo cómo se gestó mi libro. Una vez fui a un pueblo… En Rusia hay un día en que se conmemora a los difuntos, como aquí en México. Todos acuden al cementerio para recordar a sus muertos. Tratan de hablar con el cielo, con las personas que ya no están. Y advertí algo extraño… Por lo general, en los pueblos rusos y bielorrusos todos se juntan, incluso en el cementerio. Por alguna razón, todos los habitantes de ese pueblo ignoraban a una mujer. Les pregunté por qué. Tardaron en desvelarme la historia. Finalmente me contaron que, durante la guerra, cuando los alemanes se disponían a quemar todo el pueblo, la gente huyó despavorida al bosque. Huyeron con los niños y, por supuesto, sin nada de comida. Se escondieron en el pantano. Aquella mujer, madre de cinco hijos, no tenía nada con qué alimentarlos. La más pequeña no dejaba de llorar. Todos tenían miedo de que por culpa de ella los mataran, que por su llanto descubrieran dónde se escondían. Por la noche oyeron que la pequeña le decía: “Mamá, por favor, no me ahogues. No volveré a pedirte comida”. Cuando se hizo de día, la niña ya no estaba. Esta madre salvó a todo el pueblo, pero ellos después le dieron la espalda. Cuando me lo contaron y vi a esa anciana, me acerqué a ella y la abracé, y las dos nos sentamos junto a sus tumbas. Entendí que en la vida se dan situaciones como esa. A veces no se puede seguir mintiendo… Pero tampoco se pueden escuchar las mentiras." Ball de diables (baile de diablos) o correfuegos es una celebración catalana, parte de muchas fiestas mayores como la de la Merced, en Barcelona. Tiene su origen en el teatro medieval callejero y era un entreacto en los desfiles y procesiones religiosas de los pueblos. En síntesis, el baile representa la dialéctiva del bien y del mal, aunque ahora su naturaleza está más cercana al carnaval: el acto va acompañado de baile y tambores que acompañan la danza de los correfuegos. "La explosión del trueno, la luminosidad del fuego, el humo y el repique de los timbales crean un ambiente ensordecedor y aceleran las vibraciones hasta tal punto que nos encontramos inmersos y atrapados en una sensación que emborracha y domina", describe un artículo de la Federación de Diablos y Demonios al respecto. Hay algo primordial en el repique de los tambores, una energía que tal vez nos recuerda el vientre junto al latir de dos corazones o las danzas arcaicas que en algún momento todos los pueblos compartieron. El fuego, por su parte, es castigo, pero también purificación. Acompañadas por éste, el ball de diables es como un recuerdo lejano, tal vez más lejano incluso que la misma noción de hombre. Mi post anterior fue sobre Sirron Norris, artista de San Francisco cuya obra incluye casi siempre (aunque no exclusivamente) osos azules.  Sobre el por qué de esto, comenta: "Bears were always this symbol of love to me, just because I see a duality in terms of how we perceive the bear. One, we perceive the bear as a really scary grizzly bear, gonna kill you bear. Two, we see the bear as a teddy bear: cute, loving, soft, and cuddly. And that’s a lot like love, right? It can be really horrible and painful or it can be beautiful and cuddly. So I thought the bear was this great metaphor and symbol for love. At the time I created the blue bear, I was not in a relationship, I was kind of depressed about love. Hence, the blue color. It just stuck from there." En esta misma esquina de Clarion Alley vi su trabajo por primera vez —otras fotografías de obras previas en este mismo espacio están perdidas en este Instagram. "Moving on, as a concept, is for stupid people, because any sensible person knows grief is a long-term project. I refuse to rush. The pain that is thrust upon us let no man slow or speed or fix". Esta novela de Max Porter es especial. Por un lado, hace converger al poema y la prosa de una forma ágil que confunde los límites entre ambos géneros. Por el otro, retrata el dolor de una familia que pierde a uno de sus miembros —si algo nos enseña Porter es que el dolor reside en las pequeñas cosas, por ejemplo: los niños, para evitar la culpa ante el avance del olvido que empieza a arrancarles los recuerdos de su madre, olvidan a posta 'cosas' de su padre; o bien, el padre recuerda una noche juntos en la que bebieron Prosecco y parece gritar, desesperado, 'I want to be there again. Again, and again.' Encima de esto la novela incorpora un Cuervo, una alucinación o entidad que añade vida al relato y lo convierte en algo más que un hombre hecho un ovillo sobre el suelo. Con un ritmo rápido y distintas profundidades, 'Grief is the thing with feathers' es una novela que no dejará al lector indiferente. ***
Duele la situación en México, recuerden que pueden donar a la Cruz Roja desde amazon.com.mx. Si han estado en San Francisco tal vez hayan visto diversos murales con osos azules, trabajo de Sirron Norris. La primera vez que me topé con su obra fue en Mission District, en la esquina de Valencia con Clarion Alley. Norris tiene un problema con que se le etiquete como 'street artist' o 'graffiti artist': "One is totally different than the other. One is relatively ephemeral, usually the subject matter is limited, it probably doesn’t have a narrative at all, and it can be done at a large scale in under an hour. That’s graffiti art. It’s not expected to last. Everyone just expects it to go away. Murals tell about people’s histories, murals have a huge history in San Francisco, murals are painted with a brush, and murals take months to create". Si bien Norris reconoce la génesis latinoamericana del mural, su propuesta no está apegada a ella, más bien es una mezcla entre pop y graffitti (pese a que no le guste el mote) con el objetivo de recuperar el espacio público: "A lot of the houses were getting tagged and taken over by gangs (Mission District), so murals were created out of necessity to beautify the community. It made the community feel safer for children. Even though the neighborhoods might have been dangerous, people still wanted their kids to feel safe". Dentro de esta visión el oso azul nació como una representación del amor y la desilusión (to be blue, en inglés, es sinónimo de estar triste). Este árbol es "Teneré", obra de Zachary Smith y el despacho holandés Studio Drift. Fue exhibido por primera vez en Burning Man 2017 y tiene 175,000 LEDs que funcionan como hojas, lo que permite programar múltiples patrones en su follaje, como se aprecia en el video (el algoritmo que controla la iluminación de los LEDs imita el vuelo de los pájaros y recopila información kinética de las personas alrededor). El nombre "Teneré" significa "desierto" en tuareg, y simboliza una acacia que creció 400 kilómetros lejos de cualquier otro árbol en el Sahara. "Este árbol solitario solía ser uno de los símbolos más fuertes de la vida, floreciendo en las condiciones más adversas", explicaron los artistas, ya que el árbol original no existe más —en 1973 un camión lo derribó, siendo reemplazado por una escultura metálica y depositándose el original en el Museo Nacional de Níger.

literatura de la onda

el rey criolloHablar de Parménides García es, inevitablemente, hablar de la literatura de la onda. Junto con José Agustín, ambos fueron los principales referentes de este episodio de la literatura mexicana. Afortunadamente para Agustín, su obra superó este momento. Para el segundo no, y aunque podemos considerarlo como parte fundamental de este movimiento, es clara la desigualdad entre uno y otro. El rey criollo es el título que da Parménides García Saldaña a su primer libro de relatos. Escrito incluso antes que Pasto Verde, aunque publicado posterior a éste, El rey criollo consta de 11 cuentos que giran entre los vértices de aquello que llamamos juventud: el descubrimiento de la sexualidad y la anhelante súplica del amor; la violencia; el alcohol y el rock.

La literatura de la onda, surgida en los 60 con el auge, precisamente, del rock y la influencia estadounidense en la música y el cine significaron un parteaguas en la cultura en México y un rechazo de la juventud hacia los valores tradicionales que antes la época de oro del cine mexicano y la Revolución habían construido como estándar social. La clase media, recién creada, y sus hijos, sufrían de este choque generacional que toda generación encuentra, alentado por los modelos americanos del rock y del road trip. En materia literaria, los beatniks recién habían publicado obras como On the road o Aullido, alimentando estos modelos en la literatura nacional en obras como La tumba de José Agustín y la ya comentada Pasto verde.

De temática urbana, la onda resalta el hablar citadino, además del primer encuentro del joven con los temas antes mencionados. Por esto, la onda resultó tan atractiva para los jóvenes y terminó siendo tan denostada por la crítica tradicional -no hay que olvidar, sin embargo, la importancia de Emmanuel Carballo, el mejor crítico de México, como impulsor ambivalente de esta literatura: criticó duramente la primera novela de José Agustín, y pese a esto, apadrinó a Parménides y lo llevó a convertirse en escritor-. Margo Glantz, quien acuñara el término a partir del común saludo que los jóvenes realizan en la urbe -¿qué onda?-, escribió diez años después a ese bautizo:

La onda se maneja como un elemento sonoro y la utilización del término que se aplica a un tipo de literatura hecha por jóvenes que están en una onda musical específica, la del rock, nos lleva a una construcción en la que lo improvisado está dentro del orden de la variación temática que surge como improvisación clásica dentro del jazz o el rock.

En el caso de El rey criollo, una canción de los Rolling Stones abre cada cuento. En la narrativa, continuamente vemos intercaladas estrofas de canciones y referencias musicales para acentuar atmósferas y definir personajes. No es lo mismo que te guste Enrique Guzmán a que cantes a Elvis. Para un joven, esto ayuda a definir un sentido de identidad: me gusta el rock, por lo tanto soy un incomprendido, pero sí te gusta lo mismo que a mí, tal vez podamos entendernos. Esa tal vez sea la mayor virtud de la onda: literatura de chavos para chavos. Tomada cierta distancia de ese momento, las carencias del trabajo de Parménides son claras, y no me detendré aquí a examinarlas.

Ser de Narvarte, bailar el rock y pertenecer a la clase media son lugares tan comunes en la onda que Parménides García Saldaña los utiliza —invariablemente como muletilla— tanto en sus cuentos, como en Mediodía, libro de canciones en la onda del rock. En la portada de Pasto verde hace su autocrítica y se despide del lector “desde la Narvarte”; en El rey criollo, libro de cuentos, las canciones de los Rolling Stones que sirven de epígrafe a cada una de las narraciones llevan el titulo en inglés pero la canción está traducida al español, en lenguaje ondero, y en Mediodía cada una de las letras de las canciones que integran el libro es una variación de las canciones del célebre conjunto inglés.

Margot Glanz

Ritos de paso, encuentros, decepciones, ambigüedades: todo esto está contenido al ritmo del 1 2 3 en El rey criollo. Movimiento contracultural, dicen muchos para justificar su importancia. Tal vez. A Parménides García, además, lo rodea el mito: desde su rol como promotor del rock nacional y sus artículos periodísticos -además de su obra literaria-, hasta su posterior muerte en medio de la locura, todo contribuye a acercarlo al mito que precedieran los beatniks. El carácter documental de su obra es interesante, aunque sin mucho mérito, un chispazo que iluminó brevemente la constelación de la literatura nacional. José Agustín, su compañero de armas en este breve viaje, cierra El rey criollo con un epílogo que intenta reivindicar la importancia de Parménides:

El rey criollo es, pues, el primer libro que escribió Parménides y consta de once relatos muy bien armados, en orden ascendiente en cuanto a la edad de los protagonistas y en cuanto a la intensidad y complejidad de los textos. (…) Las historias se narran con limpieza, sin excesos, en orden lineal salvo algunos flashbacks, y no pretenden impactar, deslumbrar o iluminar. Sus finales, más bien ambigüos, muestran que, más que la historia en sí o el trazo psicológico de personajes, a Parménides le interesaba crear atmósferas y, a través de la sucesión de textos, sugerir un tema central: la fijación de imágenes de distintos y desoladores abismos de la búsqueda, frustrada y frustrante, del amor como meta inmediata en la vida juvenil.

Por su relevancia, comparto el epílogo completo: José Agustín – El Rey Criollo. Dentro de las grandes figuras de la literatura mexicana del siglo XX, sin duda Parménides ocupará un lugar menor, y pese a esto, mucho más grande que al resto de escritores a quienes el olvido ha preparado ya su lecho. Para otras lecturas respecto a la onda, pueden consultar este artículo de Ignacio Trejo Fuentes, un artículo de la Crónica sobre Parménides, así como el blog que su hermano creó con algunos fragmentos relevantes de su vida. Un bonito facsímil de una crónica de Parménides puede ser descubierto aquí.

2 comments on “El rey criollo – Parménides García Saldaña

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