Reseña: Pornografía – Witold Gombrowicz

Reseña: Pornografía – Witold Gombrowicz

Last Updated on: 18th abril 2021, 12:40 pm

Pornografía es mi libro favorito de Witold Gombrowicz, quizás porque apunta a dos espacios de la literatura que siempre me han fascinado: la mirada y el erotismo. Gombrowicz comenzó a escribir esta novela en 1955 y la terminó un año después, primero bajo el título de Akteón, aunque no sería sino hasta 1960 que se publicaría con su título actual, Pornografía, cuando Witold Gombrowicz todavía estaba en .

Ese año, en su Diario, escribe:

Pornografía. Dos señores mayores se ven arrastrados hacia abajo… hacia la carne, los sentidos, la adolescencia… Al escribirlo, no me sentía del todo bien. Pero la «física» me era necesaria, incluso «indispensable» como contrapeso de la metafísica. Y al revés: la metafísica clamaba por el cuerpo. No creo en la filosofía no erótica. No me fío del pensamiento que se libera del sexo… (…) la conciencia pura tiene que quedar sumergida de nuevo en el cuerpo, en el sexo, en Eros; el artista tiene que sumir de nuevo al filósofo en el hechizo.

Es el otro el que nos define, su mirada nos obliga. ¿A qué? A someternos a ella, a su forma. Por eso, en la oscuridad, ante la falta de cualquier mirada, Amelia salta sobre el ladrón, intentando asesinarlo.

Pero vayamos por partes: la novela comienza con Gombrowicz  narrando su encuentro Fryderyk, un hombre de maneras un tanto raras. Sin decirlo abiertamente, Gombrowicz queda prendido de él (hay una tensión erótica entre ambos, aunque nunca se manifiesta en la novela de forma abierta). En las primeras páginas el narrador cuenta:

El movimiento del pie, al parecer, le comportó nuevas complicaciones, de modo que enmudeció y se quedó inmóvil. Este comportamiento particular (porque en el fondo no paraba de «comportarse», «se comportaba» sin cesar) ya entonces, durante ese primer encuentro despertó mi curiosidad, y a lo largo de los meses siguientes me acerqué a ese hombre que por lo demás resultó ser alguien no desprovisto de urbanidad y dotado asimismo de experiencia en el campo del arte.

Gombrowicz le propone a Fryderyk ir con él a Sandomierz, una provincia en , con el objetivo de visitar a Hipolit, un amigo suyo que recientemente le ha escrito una carta –la trama sucede durante la Segunda Guerra Mundial, bajo las tensiones de la guerra y las batallas entre la resistencia y las tropas alemanas. Al llegar a la finca ambos conocen a Karol y Henia, un par de jóvenes cuyas interacciones atraen la atención de Fryderyk y Gombrowicz. El autor (no el narrador) explica así la fascinación que estos dos jóvenes ejercen en ellos:

El hombre, como es sabido, tiende al absoluto, a la Plenitud. A la verdad absoluta, a Dios, a la plena madurez, etc. Abararcarlo todo, realizar en su totalidad el proceso del desarrollo: éste es su imperativo. Pues bien, en Pornografía (según mi vieja costumbre, porque Ferdydurke está saturada de esto) se revela otro objetivo del hombre, seguramente oculto y menos legal, que es su necesidad de No-plenitud… de imperfección… de inferioridad… de juventud… Una de las escenas claves de la obra es la de la iglesia, cuando, bajo presión de la conciencia de Fryderyk, la Misa se hunde y con ella el Dios Absoluto. Entonces, de las tinieblas y del vacío del cosmos surge una nueva divinidad, terrestre, sensual, menor de edad, compuesta de dos seres no acabados de desarrollar que forman un mundo cerrado, puesto que se atraen mutuamente.

Esta atracción atrae la mirada de Gombrowicz y de Fryderyk, quienes comienzan a urdir trampas y ocasiones para mirar esa tensión que parece juntarlos pero nunca unirlos. Gombrowicz nos presenta una doble dialéctica: la del deseo y la de la juventud, misma que se nos impone y que, por consecuencia, buscamos dominar.

Pornografía nos recuerda a Georges Bataille: la mirada del otro nos sitúa en el tablero sacrificial del deseo. El artífice de este juego es Fryderyk, quien en un momento logra convencer a los jóvenes de «actuar» una obra para él en una pequeña isla.

De manera que se encontraban allí, en la isla… un arito desmedido, liberador y saciante, surgía mudo de ese , mientras su contacto seguía sin movimiento, situ voz, siquiera una mirada (porque no se miraban). El con una pierna desnuda y ella con una pierna desnuda. Bueno… pero… eso no podía ser así… Había en ello algo artificial, inexplicable, perverso… ¿por qué esa inmovilidad, encantada? ¿Por qué esa frialdad en su pasión? Por una fracción de segundo me vino a la mente una idea totalmente alocada, que así debía ser, que precisamente así debían ser las cosas entre ellos, que así era más auténtico entre ellos… ¡un disparate! Y en seguida se me ocurrió otra idea, a saber, que aquello se escondía una broma, una comedia, que quizás ellos, sabe Dios cómo, se habían enterado de que yo pasaría por allí y lo hacían adrede… para mí. Porque aquello realmente como hecho para mí, exactamente a la medida de mis sueños sobre ellos ¡de mi vergüenza! ¡Para mí, para mí, para mí! Y espoleado por ese pensamiento -que era para mí- atravesé los arbustos sin preocuparme ya por nada. Y entonces se completó la imagen. Fryderyk estaba sentado sobre un montón de pinaza bajo un pino. Aquello era ¡para él!

Henia, por su parte, está comprometida. Su novio, Waclaw, se encuentra también en la finca. Gombrowicz lo lleva a que presencia la escena, a que sea también testigo de esa tensión, de ese deseo. La escena lo destruye. La consecuencia es obvia: el deseo, pero más aún, la intención de domarlo como a un animal salvaje, los destruirá.

Hay, en toda la novela, una serie simetrías que Fryderyk intenta elaborar: Karol es el espejo de Waclaw como Gombrowicz lo es de él, al igual que Amelia es el espejo de Henia. No es fortuito que sea así como termine la novela: Waclaw terminará siendo asesinado en la oscuridad a manos de Karol, como antes Amelia ha muerto bajo otro joven.

En una carta que Fryderyk le escribe a Gombrowicz, el primero confiesa:

Quiero protegerme de otra cosa, tal vez más grave, a saber, de cierta, digamos, anomalía, cierta multiplicación de posibilidades que se produce cuando uno se aleja y se aparta del único camino permitido… ¿Comprende a qué me refiero? No tengo tiempo para precisarlo más claramente. Si hiciera una excursión de la tierra a otro planeta, o ni que fuera a la luna, también preferiría ir acompañado, por si acaso, para que mi humanidad tuviera algo en qué mirarse.

Repitiendo el eco de estas palabras, en la última página Gombrowicz escribe:

Miré a nuestra parejita. Sonreían. Como suelen hacer los adolescentes cuando no saben salir de una situación embarazosa. Y por un segundo, ellos y nosotros, en de nuestra catástrofe, nos miramos a los ojos.

Los ojos humanos no soportan ni el sol, ni el coito, ni el cadáver, ni la oscuridad, diría Bataille.

Roberto Wong

Roberto Wong

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