Reseña: Cosmos – Witold Gombrowicz

Reseña: Cosmos – Witold Gombrowicz

Last Updated on: 18th abril 2021, 12:57 pm

Cosmos, de Witold Gombrowicz, comienza con un gorrión ahorcado. El narrador (que no es otro que ese Gombrowicz-personaje) camina junto a Fuks para encontrar una residencia que les permita vivir y estudiar tranquilamente. En su camino encuentran al pájaro colgado de un árbol.

Arriba, entre las ramas, había algo; algo se destacaba, algo extraño, intruso e indefinible… algo que también mi compañero estaba observando. (…) Era un gorrión. Un gorrión colgado de un alambre. Colgado. Con la cabeza inclinada y el pico abierto. Colgaba de un alambre fino enredado a una rama. Algo absurdo. Un pájaro ahorcado. Un gorrión ahorcado. Era algo que proclamaba a gritos su excentricidad y señalaba acusadoramente una mano humana que había penetrado en la maleza… ¿la mano de quién? ¿Quién había sido el ahorcador? ¿Y para qué? ¿Cuál podía ser causa?, pensaba yo confusamente en medio de aquella vegetación que se excedía en miles de combinaciones.

La visión los desorienta y los seduce, tanto que la imagen los acompaña cuando finalmente encuentran una residencia en la cual alojarse. Como una obsesión, empiezan a ver señales similares (un palito colgado, una flecha) que los remiten a la visión de la que han sido testigos. Por supuesto, la obsesión no viene sola, sino que se ha unido a otra: las bocas de Katasia y de Lena, chicas que viven en la misma casa que ellos.

Y, sin quererlo, empecé también aquí a buscar figuras, formas; en realidad no lo deseaba, estaba aburrido, impaciente y caprichoso hasta advertí que lo que me atraía en aquellos objetos, lo que me tenía absorbido era que “estuvieran detrás”, o sea un objeto estaba “tras” otro, el tubo tras la chimenea, el muro tras la esquina de la cocina, todo como… como… como los labios de Katasia tras los labios de Lena, cuando durante la cena aquélla le pasaba a la otra el cenicero de red metálica, inclinándose sobre ella, bajando el escurrimiento de los labios y acercándoselo. .. Pero eso me prendía más de lo que debía sorprenderme; en general me sentía inclinado a la exageración. (…) Pensé: “¿Qué importan esas dos bocas juntas?”, pero lo que me extrañaba especialmente era que esos labios -los de la una y Ja otra- permanecieron entonces en la imaginación, en el recuerdo, más unidos entre sí de lo que habían estado en la mesa; agité la cabeza para despejar la mente, pero sólo conseguí que la unión de los labios de Lena y Katasia se volviera más precisa; dado esto sonreí, pues la retorcida disolución de Katasia, su huida en la perversidad, no tenía nada, absolutamente nada, en común con la pureza y la frescura de los entreabiertos labios de Lena; sólo que unos labios existían en relación con los otros, como en un mapa cada ciudad existe en relación con las otras.

Gombrowicz y Fuks juegan a los detectives, intentan leer los signos que los rodean y que parecen apuntar, irremediablemente, a Katasia y a Lena. Sus correrías llevan a Gombrowicz a escudriñar la finca por la noche. En su recorrido encuentra al gato de Lena y le cruza por la mente una idea, una idea fatal, pero congruente con todo aquello que está sucediendo: Gombrowicz necesita ahorcar al gato y seguir, con esto, la serie de señales que los han llevado hasta ese momento.

Me hallaba cerca del porche. En la balaustrada estaba Dawidek, el gato de Lena. Al verme se levantó y arqueó el lomo para que yo lo acariciara. Lo agarré por el cuello y empecé a ahorcarlo con todas las fuerzas de que capaz; como un relámpago me pasó por la mente el sentido de lo que hacía, pero era ya demasiado tarde, ya no había remedio. Apreté las manos con todas mis fuerzas. Lo ahorqué, quedó muerto.

Sabemos por otras reseñas que a Gombrowicz le fascinan las simetrías: el resto de la novela se desenvuelve en las montañas, a donde el grupo ha ido tras la muerte del gato. La obsesión cada vez cobra un espacio mayor en la mente del narrador, al grado que parece desquiciarlo. ¿Qué nos intenta decir Gombrowicz? Quizás, que las anomalías (el gorrión, el palito, el gato) son capaces de crear un universo (o, en este caso, un Cosmos) «más bien monstruoso» (Gombrowicz, 1966), muy similar a la fiebre y que termina, como en el caso de Pornografía, con el horror: Ludwick, el novio de Lena, al parecer se ha suicidado.

Lo toqué, le hice girar la cabeza, lo miré. Los labios se habían ennegrecido, el labio superior estaba levantado, se le veían los dientes: una cavidad, un antro. Desde hacía tiempo jugueteaba con un pensamiento semejante… que tarde o temprano me vería obligado a colgarme o colgarla. La horca me acechaba por distintas partes y surgían muchas posibilidades nuevas…

Cuando la novela se publicó por primera vez, Gombrowicz escribió en sus Diarios sobre ella:

Es una obra que me gusta definir como una novela sobre la creación de la realidad. U puesto que la novela policiaca es justamente eso, un intento de organizar el caso, pues Cosmos en cierta manera tiene forma de novela policiaca. Establezco dos puntos de partida, dos anomalías, muy alejadas la una de la otra: a) un gorrión colgado; b) la asociación de la boca de Katasia con la de Lena. Estos dos enigmas no tardarán en revindicar un sentido. Uno penetrará en el otro, aspirando a la totalidad. Se iniciará un proceso de suposiciones, asociaciones, presunciones, algo empezará a crearse (…) y esta charada oscura, incomprensible, reclamará su solución… buscará una idea explicativa, ordenadora. ¡Cuántas aventuras, cuántas peripecias con la realidad cuando emerge de la niebla!

Quizás por esto el final es una serie de imágenes enfebrecidas que se suceden unas a otras –una nueva realidad que emerge mientras otra se derrumba. La novela, después de esto, finaliza con un almuerzo el que comen pollo relleno (para una reseña de Ferdydurke, consulten este enlace. Pornografía la pueden leer en este otro link).

Roberto Wong

Roberto Wong

2 comentarios en «Reseña: Cosmos – Witold Gombrowicz»

  1. Fascinantes los textos citados. Bien dirigidos los comentarios. Estupenda la foto: escritor, gato, pipa, tabaco, prismáticos, «recado de escribir», mesa de madera y todo ello visto desde arriba (el cielo, el techo).

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