Niños tristes – Gabriel Rodríguez Liceaga

gasolinera en tlalpan

Siempre me ha gustado la prosa de Gabriel, tan devota a hallar imágenes en cosas sin aparente importancia: girasoles en la flama de una estufa, la luna como rebanada de una monstruosa fruta o corcholatas en el suelo como una constelación olvidada. Su libro más reciente, Niños tristes, está lleno de estas breves joyas y nos recuerda que su literatura no es más la de un escritor novel: después de Balas en los ojos, Gabriel publicó la novela El siglo de las mujeres en 2012 y ganó el Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí 2012 con el libro Perros sin nombre. Sus temas residen en el corazón de la existencia: está de la verga haber nacido.

Alcanzo a escuchar que él le pregunta que cuál de nosotros dos es el mamila que anda diciendo cosas sobre ella. Ella nos observa sorprendida; noto que jamás ha visto a mi cacharpo en su vida. Él está escondido detrás de mí, la barbilla le tiembla. No hay calzón de vieja en su bolsa del pantalón, sus dedos nunca olieron a chocho empapado. Apenas es un niño. ¿Cómo pude ser tan ingenuo? Los pasajeros americanistas que vienen en la unidad del Mascot se bajan listos para la hora de los chingadazos. Mis pasajeros chivitas hacen lo mismito. Antes de que pueda hacer algo se arma la campal. De todas formas estoy contento.  Sólo el más grande de todos los pendejos se mete con la vieja del Mascot y queda claro que el hijo de mi compita no es ningún pendejo. Un día mi unidad va a ser suya.

El final de este cuento, “Desenlace sobre Tlalpan en día de Clásico”, no puede ser de otra manera: la derrota es la única constante –el 2 a 1 que nos ensartó Holanda, el amor perdido, el trabajo mediocre y un largo etcétera.

El Mascot gana. Por cada golpe que me da, yo le miento la madre. No puedo defenderme, se lo prometí a mi tlaxcalteca hermosa. Cómo me gustaría que las majaderías sacaran moretones.

El humor, acaso otra de las formas de la melancolía, se conforma de ausencias, de ramas secas de la posibilidad. La carcajada en el mexicano, diría Paz, está más cerca del llanto que de la dicha. En el centro de esta tensión está el fallo cotidiano, la broma de que algún día podremos cerrar la brecha entre nuestros sueños y nuestra realidad. El cuento “En el instructivo dice que los arrojes a la basura aún vivos” funciona como metáfora:

Aquella vez intercambiaron direcciones electrónicas y a la semana ya se hablaban con apodos cursis. Estuvieron alegres un tiempo, lo que en este siglo quiere decir que de las comparaciones con el individual pasado emocional salían victoriosos. No cuesta trabao imaginar las fotografías en que aparecen dándole la espalda a calles de Guanajuato o al Mar Caribe. De eso hoy no queda absolutamente nada. Él a veces la sueña. No siempre la menciona a la séptima cerveza.

Mirna se fue sin despedirse: así también se fue la vida. Pessoa, en “El libro del desasosiego”, escribe:

Nos quedamos, pues, cada uno entregado a sí mismo, en la desolación de sentirse vivir. Un barco parece ser un objeto cuyo fin es navegar; pero su fin no es navegar, sino llegar a un puerto. Nosotros nos encontramos navegando, sin la idea del puerto al que deberíamos acogernos. Reproducimos así, en la especie dolorosa, la fórmula aventurera de los argonautas: navegar es preciso, vivir no es preciso.

Conozco a pocas personas a las que les duela tanto la vida como a Gabriel. El humor y la melancolía se dan juntos; Niños tristes es así la culminación de dolores varios. En entrevista, Gabriel comenta: “lo que pasa es que yo no creo que se pueda vivir de escribir. Se vive para escribir. Entonces lo que hago es modificar mi realidad para justificar mis pesadillas”. Navegando, Gabriel ha convertido esa desazón en excelente literatura.

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