Los mejores días – Magalí Etchebarne

Los mejores días – Magalí Etchebarne

El título viene de una promesa: en “Buena madre”, Pedro escribe un correo invitando a su antigua amante a visitarlo en la playa: “si venís va a ser lo mejor del mundo, los mejores días de nuestra vida”.

Los ocho cuentos del libro están hechos, en buena medida, de la materia de esas promesas: lo que sostienen, lo que esconden, lo que cuesta cobrarlas. Daniel Guebel habla del texto como “un libro de secretas percepciones sutiles que naturalizan la extrañeza de las relaciones entre las personas, volviendo habitual y hasta suave la demencia, el extravío y el sexo”. Publicado por Tenemos las Máquinas en 2017, el libro llegó a España con Las afueras siete años después. La vida por delante ganaría el Premio Ribera del Duero y volvería a poner este libro bajo la lupa –conviene leerlo por lo que es: no la promesa de una obra, sino su primera evidencia.

En “Como animales” una escritora fantasma (escribe biografías ajenas) trabaja desde su casa:

Trabajar desde mi casa es como no crecer. Me saco tierra de las uñas, me quedo todo el día en bombacha, metiendo la mano ahí hasta sacarla mojada. Puedo trabajar así, masturbándome si quiero, nadie lo vería, tengo que lavarme las manos para seguir usando el teclado porque es incómodo, pero qué, esta soy yo, «trabajo con todo el cuerpo», voy a decir si alguien me entrevista alguna vez.

La narradora se reencuentra, años después, con el primo del que estuvo enamorada de niña, y el cuento sostiene la ambigüedad (lo fraternal, lo incestuoso, lo animal) sin resolverla nunca. Lo sexual en Etchebarne casi siempre viene acompañado de un misterio que se establece pero no se devela. En “Buena madre”, la narradora y Pedro se quedan dormidos en la cocina del bar donde él trabaja, y él le cuenta algo que nunca le contó a nadie:

—Yo tenía diez años. Subimos con mis hermanos y tuve que matar a un burro. Estaba rengo y no podíamos dejarlo ahí, estábamos cruzando una montaña y el peón dijo que había que sacrificarlo. Todos se abrieron y me dejaron. Le apoyé la pistola en el pecho y disparé… la sangre saltó para todos lados.

—¿Lloraste?

—No, pero a mi papá nunca se lo dijimos.

[…]

—Sos algo lindo, pero un error —dijo al rato.

La confesión no explica nada, es en el fondo una intimidad opaca. Etchebarne ha dicho, en una entrevista con El Observador, que en Los mejores días hay “un intento de cover, a mi modo, de La casa de Chef, de Raymond Carver”: dos personas en una casa, un amor un poco roto que no se sabe si va a funcionar. Esto se advierte en momentos del libro (la mujer que advierte de la nada que “no es fácil vivir con un hombre”), pero conviene precisar de qué Carver hablamos: La casa de Chef apareció en The New Yorker en 1981 y se recogió en Catedral (1983), el libro que Carver escribió ya lejos de Gordon Lish. El principio, entonces, no es el minimalismo, sino la ambigüedad y la contradicción de emociones.

En este sentido, Los mejores días no es un libro feminista en el sentido convencional—Graciela Speranza, en Otra Parte, se pregunta con Sontag por qué presentarlo como un libro de cuentos “sobre mujeres” cuando a nadie se le ocurriría presentar los cuentos de Hemingway o Bolaño como libros “sobre hombres”—, y esa resistencia a la pancarta es justo lo que vuelve legibles sus violencias: aparecen como aparecen en la vida, sin subrayado, incrustadas en escenas de amor. En “Que no pase más”, Lucas espera a Clara en la esquina del consultorio después de una pelea:

Le dijo que estaba perdiendo el tiempo, que él la veía, y que tener a alguien que te acepte y te cuide no es tan fácil. No era huérfano, pero le salía hablar como un desamparado.

—No se puede estar solo, Clara. Estás peleando contra lo que querés.

En este caso, la insistencia disfrazada de cuidado.

Otro eje que atraviesa el libro es la locura: en “La nuez de Adán”, el padre pierde el rumbo junto con el trabajo:

Papá tuvo mil trabajos malos y mal pagos y se volvió completamente loco. Pero al revés de las formas de locura que yo había visto en las películas, esta era menos espectacular y mucho más gris, era la vida de todos los días iguales: papá daba brazadas adentro de una nube, pero la nube y papá estaban adentro de una pecera que nosotras podíamos mirar.

Ramón, el exnovio de “Cosita preciosa”, al que su familia le dice El Profeta, manda mensajes extraños intentando reestablecer un vínculo perdido: «Perro, me limpiaron los dientes y no dejo de buscarme la dentadura con la lengua, es raro». En “Tsunami”, por otro lado, la madre despierta a la hija una mañana para decirle que cuando lo sepa se va a decepcionar:

—¿Qué cosa, mamá?

—Lo que vemos son estrellas muertas, muertas hace siglos, que siguen brillando.

La autora parece sugerirnos así que la locura es el único lugar donde se dicen las verdades.

En una entrevista con Confabulario, Etchebarne dice algo que puede entenderse como colofón: “qué suerte que escribo porque si no la vida sería infernal, no tendría ningún lugar dónde vengarme”.

Wong

Wong

Escritor. Autor de las novelas "Bosques que se incendian" (2023) y "Paris, D.F." (2015, Premio Dos Passos a Primera Novela), así como de la colección de relatos "Los recuerdos son pistas, el resto es una ficción" (Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017).

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