Las nieves del Kilimanjaro – Ernest Hemingway

Sobre este libro, Vila-Matas toca en un momento en París no se acaba nunca:

Las nieves del Kilimanjaro es un relato en el que Hemingway nos cuenta, de forma elíptica, que le ha visto ya las orejas al lobo, que ve un presagio de muerte en las cumbres nevadas de esa orgullosa montaña, “cuya cima oeste es llamada por los masai la casa de Dios”. Hemingway estaba convencido de que las nieves del Kilimanjaro, que identificaba con la muerte, eran definitivas, perpetuas. También nosotros hemos estado convencidos de esto hasta hace muy poco. En medio de un mundo acelerado en el que todo se transforma, era confortable saber que la muerte, como la nieve sobre la cumbre del Kilimanjaro, estaría ahí sempre intocable, deliciosamente fría y estable. Sin embargo, toda esa serena seguridad en la eternidad de la nieve de esas cumbres africanas se nos derrumbó no hace mucho, cuando supimos que dentro de veinte años ya no habrá ni rastro de ella. Se trata de una noticia del siflo XXI equiparable a una del XIX, parecida a aquella de la muerte de Dios que difundiera en su momento Nietzche.

¿De qué está hablando Vila-Matas? De varias cosas, pero entre ellas, de la mutabilidad de las cosas, de la ironía de nuestras certezas. Hemingway aporta en este libro varios relatos donde, según su propia técnica, deja mucho en entredicho y apenas devela el sentido de sus textos: exploraciones sobre la muerte, el valor, el amor, es decir, certezas (o la falta de ellas). La vida feliz de Francis Macomber puede leerse como un relato sobre el valor. Un relato muy corto, sobre el amor y la posibilidad (como nota cultural, la edición barcelonesa que tengo de 1963 censura el final en español de este texto). El gato bajo la lluvia (el mejor cuento del mundo, según García Márquez), sobre el tedio que sigue al amor (o sobre nada, como apunta Vila-Matas). Etc.

Para dar más detalle (si es que nunca se ha leído a Hemingway) de su estilo, retomo esta columna de El País por José María Guelbenzu:

El estilo Hemingway se caracteriza todo por dos aspectos. En lo conceptual -digámoslo así- por la célebre “teoría del iceberg”, que viene a formularse más o menos como que un texto literario ha de ser como un iceberg y no dejar asomar más de un tercio de su cuerpo, pues los dos tercios restantes han de contar con la imaginación del lector para manifestarse. Dicho de otro modo: lo que asoma, además de mostrarse eficientemente -y por eso mismo-, debe sugerir lo que hay debajo. En cuanto a lo práctico, hablamos de esa manera de contar o describir en la que los detalles se igualan y un tenedor es tan importante como una mirada; en apariencia, todos los elementos parecen manifestarse con el mismo grado de importancia, pero es justamente la masa literaria obtenida por esa igualdad lo que crea la magia expresiva y el grado de sugerencia exigido. En cuanto a los diálogos, la técnica es la misma, pero en un fraseo ágil y corto por lo general. El resultado es arrebatador: ver al leer cómo fluye lo que está oculto bajo la superficie de ese relato de sencilla apariencia, ver cómo la insinuación se convierte en un arte que gratifica la imaginación tanto como la inteligencia… ése es Hemingway y ésa es su importancia.

Su importancia es vital para entender a autores posteriores como Carver, o el propio Bolaño. El libro es casi imposible de conseguir en una edición nueva, pero recurran a las librerías de viejo para darle vida a esas ediciones amarillentas que persisten el olvido.

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