La vida ordenada – Fabio Morábito

fabio morabitoSeis cuentos, el juego de la literatura sin llegar a la vida, la palabra precisa o preciosa,  rocambolesco entramado de imágenes y situaciones, que sin embargo se caen, que sin embargo no vuelan y no dicen más allá de lo que las palabras y las explicaciones (del tipo a  = b, b = c, entonces a = c, estúpido lector) detallan. Hay, en todos ellos, una obsesión ridícula: la posesión carnal.

Me tapé con la colcha, atento al menor ruido. Tal vez dentro de poco escucharía aquellos golpes suaves, urgidos, que me habían despertado la mañana anterior. Recordé con un íntimo temblor las uñas de sus pies pintadas de rojo que asomaban provocativamente de los zapatos abierto y me dije que el viaje todavía podía enderezarse.

El arreglo.

Pareciera que lo único que le importa a Morábito en este libro es explorar ese sentimiento -claramente masculino- de imaginar encamarse con toda mujer que se cruza por su vida. En el cuento La Renta sucede algo similar, aunque se matiza bajo la experiencia de un supuesto sueño:

Me había rodeado el cuello como antes, pero ya no cargaba con la botella y el vaso, que en algún momento debió de haber dejado en el piso, y comenzó a desabrocharse los botones de la blusa.
-Es hora de que nos vayamos -dije.
Se abrió todos los botones, se bajó el sostén sin quitárselo y aparecieron sus dos senos como gruesos animales marinos que tantean, desorientados, la playa.

En La caída del árbol:

Se sorprendieron de la camaradería casi física que en pocas horas se había insinuado entre ellos y por unos instantes se miraron con un recato trémulo, con una especie de desorientación que, sin ser un gesto de sensualidad, era tal vez la cosa más próxima al deseo que ella había experimentado en mucho tiempo, y con un tono de fingida preocupación para disimular su rubor, dijo:

Y En las llaves:

Pensé que tal vez su actitud de esa tarde, cuando me había socorrido en la cocina, y su manera de mirarme después, mientras comíamos el pastel, eran señales de una vieja atracción que sentía por mí y yo nunca había notado.

Debería parar, pero también sucede en Flores y frutos:

(…) después, recordaba la expresión con que me señaló lo que yo había creído que era su recámara, el pequeño movimiento que hizo con la cabeza acompañándolo de una sonrisa ambigua, no podía dejar de preguntarme si no había contribuido adrede a mi malentendido con su mirada, destilando por un momento otro mensaje.

Me pregunto si Morábito propone el título La vida ordenada (que además, no comparte con ningún cuento) para recalcar esa ventana ante la cual, con tan sólo cruzarla, los personajes pueden destruir de una vez y para siempre el orden de todo lo que los rodea. Ninguno lo hace, y la mayor parte de las situaciones se sostienen a partir de chaquetas mentales de las que no podemos sino bostezar, o dibujar una breve sonrisa.

Hay veces en que las intenciones del autor son tan profundas, que no queda sino aplaudir, ya sea desde el reconocimiento o desde la perplejidad. En este caso, sin embargo, hay una ausencia de foco. Trato, pienso, de ser un lector atento, pero en este libro aún no logro conectar del todo los puntos de esa vida ordenada, de esa posibilidad desaprovechada. Viajeros enfermos, define Tusquets a los personajes en la contraportada. ¿Enfermos de qué? ¿De posibilidad? ¿De vida? ¿De pusilanimidad? Más adelante responden: víctimas de la insidia en busca de un objeto o un pasado que los redima, pero que en realidad es un orden irrecuperable. Suena más a un juego de palabras, que a la vocación real de los relatos que acabamos de leer. Si en el orden de su vida, lector, concurren buenas lecturas, evite ésta, que no le hará mas que perder el tiempo.

Una reseña mucho más generosa puede leerse acá, y una entrevista con el autor sobre este libro en particular puede leerse en Letras Libres aquí.

Posts relacionados