La Torre y el Jardín – Alberto Chimal

La criatura los mira. Nació aquí. Y aquí ha vivido siempre. No ha conocido jamás lo que hay afuera. No ha visto nunca un prado ni una brizna de hierba.

torre y el jardinHay en El último explorador -libro previo de las aventuras de Horacio Kustos- un momento interesante:

Horacio Kustos abrió los ojos. Entonces descubrió lo siguiente:

Que con el ojo derecho veía sin mayor problema el cuarto en el que se había dormido y ahora estaba amaneciendo (…), pero con el ojo izquierdo veía algo distinto: concretamente, el aeropuerto internacional de la ciudad de Tel Avivi, en el que estaba a punto de tomar un vuelo nocturno hacia Turquía.

Dos ojos, dos experiencias distintas. La Torre y el Jardín utiliza el mismo principio como recurso literario para establecer dos líneas principales en el trayecto de una noche de los personajes:

Dos hombres llegan a El Brincadero, un legendario burdel del que se cuentan las historias más perversas. El primero es un explorador de lo oculto, el otro un hombre común que intenta aclarar un siniestro recuerdo de su infancia. Tienen una sola noche para encontrar a la dueña del lugar y llegar hasta “el jardín”, el sitio más secreto e inquietante dentro del edificio. Pero éste no es un edificio normal: una voz sale de las paredes, los corredores hacen desaparecer a la gente y las habitaciones albergan clientes y criaturas misteriosas.

Un ojo: la voz del espacio en el que se encuentran. El otro: la acción y diálogos de los personajes que recorren el burdel. Los hallazgos son cada vez más impresionantes: el Brincadero no solamente es un burdel, digamos, peculiar, sino es también un espacio infinito, una sucesión interminable de pisos. Un edificio así albergaría, entonces, historias infinitas, posibilidades que podrían explorarse al estilo de Sherezada, y de las que podemos enterarnos a partir de un personaje similar: Zhenya, testigo oculto que nos cuenta las historias, algunas veces para añadir claridad, otras para pasearnos en la naturaleza misma de la Torre. La parte medular de la novela es el viaje que Kustos y Francisco, los dos hombres a los que refiere la sinopsis, hacen para encontrar el Jardín.

Esto es posible por lo que Kustos y otros llamarían una “disposición particular para la maravilla”. La mayor parte de las personas en el mundo se limita a sus experiencias más cercanas: a la idea de lo real que debe aprender para sobrevivir y que excluye y niega lo que está más allá de su alcance.

Tesis de autor. ¿Qué es La Torre? ¿Qué es El Jardín? Sabemos que en algún punto del Brincadero el Jardín funciona como corazón, lugar que hay que proteger –sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón, pues de él mana la vida-. Un edén, un paraíso. La Torre y el Jardín guardan una relación simbiótica: ambos crecen, maduran, son conciencia y lenguaje, memoria y registro, pero también futuro -el libro azul está lleno de recuerdos de lo que pasará, los pisos que se abrirán, las cosas que se escribirán-, pero lo que saben los personajes no alcanza a explicarlo todo:

Que sea un misterio, si así queremos llamarlo.

Lo interesante no es develar enteramente el secreto, sino descubrir que existe uno:

Esa pregunta tampoco será respondida, y así estará bien, porque las preguntas viven más tiempo que las respuestas.

¿Qué es, entonces, La Torre y el Jardín? ¿Qué descubren en el viaje que realizan Kustos y Francisco por el edificio? Supongo que tendrán que leer la novela. A nivel subtexto creo, en primer lugar, que la “disposición particular para la maravilla” parte de una premisa fundamental que plantea Chimal en toda su obra: vivimos en un mundo que no entendemos y que, sin embargo, damos por hecho. La Torre y el Jardín proponen una cosmogonía imposible pero ¿no es, acaso, el mundo mismo un lugar imposible?

Nos pasamos la vida sin pensar en nada más que lo de todos los días; nos quedamos con la idea de que todo es muy normal, y no: vivimos en el interior de esta cosa enorme, que no entendemos, que no queremos entender, que no depende de nosotros y que nos obliga a seguir unas reglas que quién sabe por qué existen o para qué sirven.

“La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento; los procedimientos del arte son el de la singularización de los objetos, y el que consiste en oscurecer la forma, en aumentar la dificultad y la duración de la percepción” (Viktor Shklovsky). Ostranenie, en ruso. Volver extraño. La literatura que propone Chimal es un distanciamiento, no como escape, sino manera de valorar de una manera distinta lo que ya conocemos. Juicio ético del lector, sin duda, pero esta reformulación de la realidad parte de una premisa fundamental: si la vida es simple y ramplona, tenemos la posibilidad de inventarnos otra. El Jardín, entonces, funciona como metáfora de la experiencia literaria. La criatura (cita que abre este texto) ha vivido aquí siempre y ha decidido, entonces, inventarse un universo dentro de sí misma. El epígrafe de Arturo Meza da una pista sobre este punto: vida interior, literatura y arte, como medios para crear edificios infinitos que sobrepasan las paredes de la realidad.

Para un comentario del autor y muestras disponibles en línea, consulten aquí. Hay una entrevista en La Jornada, además, que da luz sobre un punto no tratado en esta reseña (el erotismo y el poder), pero que está presente de manera importante en el libro. Para consultarla en línea, den click aquí.

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