La policía desde los ojos de Genet

Las policías de los diferentes países de Europa me causaban el miedo que inspiran a todo ladrón; la francesa me conmovía también por una especie de espanto engendrado más bien por el sentimiento de mi nativa e irrevocable culpabilidad que por el peligro en que me colocaban accidentales culpas. (…) No era ya una institución social, sino una potencia sagrada que actuaba directamente sobre mi alma, turbándome. Sólo los alemanes, en época de Hitler, consiguieron ser, a la vez, la Policía y el Crimen. Aquella magistral síntesis de los contrarios, aquel bloque de verdad, eran pavorosos, estaban cargados de un magnetismo que nos enloquecerá durante mucho tiempo.

(…) Yo respetaba a la policía. Puede matar. No a distancia y por procuración, sino por su propia mano. Sus crímenes, aun siendo producto de una orden, no dejan de pertenecer a una voluntad particular, individual, que implica, con su decisión, la responsabilidad del asesino. Al policía se le enseña a matar. Amo esas máquinas siniestras pero sonrientes destinadas al acto más difícil: el asesinato. En las Waffen S.S. entrenaban así a Java. Para que se convirtiera en un buen guardaespaldas —lo fue de un general alemán— le enseñaron, dice, el manejo rápido del puñal, de ciertas llaves de judo, de un fino lazo o de sus manos desnudas. La policía sale de una escuela semejante, igual que los jóvenes héroes de Dickens de las escuelas de descuideros.

Jean Genet, Diario del ladrón

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