J.M. Servín – Por amor al dólar

Choose life. Choose a job. Choose a career. Choose a family. Choose a fucking big television, Choose washing machines, cars, compact disc players, and electrical tin openers. Choose good health, low cholesterol and dental insurance. Choose fixed- interest mortgage repayments. Choose a starter home. Choose your friends. Choose leisure wear and matching luggage. Choose a three piece suite on hire purchase in a range of fucking fabrics. Choose DIY and wondering who you are on a Sunday morning. Choose sitting on that couch watching mind-numbing sprit- crushing game shows, stuffing fucking junk food into your mouth. Choose rotting away at the end of it all, pishing you last in a miserable home, nothing more than an embarrassment to the selfish, fucked-up brats you have spawned to replace yourself. Choose your future. Choose life… But why would I want to do a thing like that? – Irvine Welsh

por amor al dolarServín tiene ese carisma que dan los outsiders: la capacidad que tienen algunos individuos de dejarlo todo, mientras el resto los vemos partir desde nuestros escritorios. Es la seducción que da la renuncia y el vértigo, que como diría Kundera, es el miedo a dejarnos seducir por la tentación de caer.

Servín sigue así la línea de escritores que han llevado al límite sus propias vidas. Nombrar algunos es repetitivo, pero vale la pena encontrar ese punto geográfico de confluencia entre Kerouac y Bukowski. Servín se introduce en ese mundo desde un punto todavía menos favorable: la condición de ilegal y apátrida en el país del dólar. Su viaje no está exento de vanidad: la necesidad de autodestruirse y llegar a un punto donde nadie de su círculo inmediato ha llegado, tal cual quote de Don Delillo, miembro fundador de esa generación.

De esta manera Servín comparte la vida de un emigrante fuera de sentimentalismos, (“yo elijo lo que cuento”) , posicionado en un punto privilegiado gracias a su valemadrismo y cinismo. Así, Servín arrasa con todo: desde el lugar común de criticar a la sociedad consumista, anclada en su servidumbre con paga quincenal, hasta la necesidad del latino por fincar sus sacrificios diarios de doble jornada en un mañana indefinido.

Ante esta esclavitud moderna maniatada a través de sobres con dinero, Servín opta por escapar. Primero de México, después de Estados Unidos. En eso se traduce la línea argumental, aderezada por episodios situados en un México encerrado en barrios que bien podrían ser El Rosario o La Bondojito. En ambos lados de la frontera, Servín se sirve de su situación alienada para alimentar su escritura: lo que le falta de imaginación, lo suple en experiencia, experiencia que para nosotros solo es asequible a través de la literatura.

Finalmente, Faulkner decía que a la mayor parte de la gente le da miedo descubrir exactamente cuántas penurias y pobreza son capaces de soportar. A todos les asusta cuán duros pueden llegar a ser. Para Faulkner, ese es el camino del buen escritor, y J.M. Servín sabe recorrerlo bien.

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