El Último Explorador – Alberto Chimal

Si un hombre atravesara el paraíso en un sueño y le dieran una flor como prueba de que ha estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?

En la presentación de El Último Explorador en el Museo del Estanquillo, José Gordon retomó la flor de Coleridge para hablar sobre este espacio de la posibilidad que abren los libros de Alberto Chimal, el lugar donde OTRO mundo es posible, donde la literatura abre espacios para la evocación en un mundo donde las posibilidades y los sueños son tejidos, generalmente, de formas mediocres.

El último explorador presenta diez historias de un personaje inusitado: Horacio Kustos, “el aventurero que tuvo el infortunio de nacer tarde en los siglos”. En otra época podría haber sido un Magallanes o un Capitán Cook: ¿qué hacer en el siglo XXI, cuando la Tierra entera está cartografiada y descubierta? La solución de Kustos, quien puede ser un loco, o un visionario, o meramente un contador de cuentos, es ir más allá de los mapas: sus notas de viaje y las historias que cuenta describen toda clase de maravillas y lugares extraños, desde un hotel escondido bajo el agua hasta el segundo Polo Sur, desde la proverbial región misteriosa del Tíbet hasta la ciudad de T (de la que Juan José Arreola escribió en un cuento clásico). Mientras se embarca en sus viajes, o en la tarea ingrata de involucrar en ellos a los incrédulos habitantes de nuestro tiempo, también conoce a toda clase de personajes extraños, desde asesinos reptantes hasta el hombre que logró levantar de nuevo (aunque en otra ciudad) las Torre Gemelas…

De esta manera, Chimal nos ofrece en El Último Explorador de un libro fenomenal. Divido en dos secciones: Las Aventuras, y Los Enemigos, la primera se encarga de situarnos en el universo de Horacio Kustos, personaje que se encarga de explorar los últimos enigmas que aún alberga el universo: las anástrofes (contrarias a las catástrofes), la transmigración de las almas entre especies, los hoteles imposibles, así como el misterio de la Trinidad llevado a la N potencia.

La segunda, por el contrario, narra el encuentro de Kustos con enemigos cuyas intenciones no se vislumbran del todo, pero que recurrentemente son vencidos gracias a la intervención de una extraña. El mayor mérito de esta parte es la manera en la que Chimal teje la historia a partir de dos líneas temporales completamente diferentes.

Fiel a su tradición, Chimal retoma la premisa de la que hablara Borges al comentar sobre Wells:

Wells, en esa novela (Time Machine), continúa y reforma una antiquísima tradición literaria: la previsión de hechos futuros. Isaías ve la desolación de Babilonia y la restauración de Israel; Eneas, el destino militar de su posteridad, los romanos; la profetisa de la Edda Saemundi, la vuelta de los dioses que, después de la cíclica batalla en que nuestra tierra perecerá, descubrirán, tiradas en el pasto de una nueva pradera, las piezas de ajedrez con que antes jugaron… El protagonista de Wells, a diferencia de tales espectadores proféticos, viaja físicamente al porvenir. Vuelve rendido, polvoriento y maltrecho; vuelve de una remota humanidad que se ha bifurcado en especies que se odian (los ociosos eloi, que habitan en palacios dilapidados y en ruinosos jardines; los subterráneos y nictálopes morlocks, que se alimentan de los primeros); vuelve con las sienes encanecidas y trae del porvenir una flor marchita. Tal es la segunda versión de la imagen de Coleridge. Más increíble que una flor celestial o que la flor de un sueño es la flor futura, la contradictoria flor cuyos átomos ahora ocupan otros lugares y no se combinaron aún.

Podríamos decir que la flor de Chimal es una cuarta flor, donde el pasado y el futuro alteran el presente a través de una mujer, y donde las líneas temporales responden a una lógica distinta a la de los antecesores que cita Borges. Claro está, como él mismo diría, que si es válida la doctrina de que todos los autores son un autor, tales hechos son insignificantes.

Como última anotación, vale la pena destacar la figura de Horacio Kustos, personaje cuya saga seguramente dará para más, y figura con la que el mismo Chimal se ha puesto a dialogar, una especie de metapersonaje al estilo de Pessoa (Alberto Caeiro, Ricardo Reis o Álvaro de Campos) que nos remiten a esta idea del individuo como multiplicidad sin contornos, como el mismo NOS nos cuenta dentro del libro.

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