Cuentos completos III – Philip K. Dick

invasion extraterrestre

Hay escritores que su vida define su obra y otros, como el caso de Philip K. Dick, que esto sucede a la inversa. Editorial Minotauro ha decidido compilar para los lectores de Dick en español sus obras completas: en su catálogo se encuentran 27 títulos, de los cuales sus cuentos completos suman 5 tomos. En el caso de Cuentos Completos III, la muestra recoge 23 relatos escritos entre 1953 y 1954. Los temas que aborda son diversos: Invasiones alienígenas (Coto de caza, El ahorcado, Peculiaridades de los ojos, El padre-cosa), Evoluciones mutantes  (El hombre dorado, Los reptadores, Desajuste, Un mundo de talentos, ¡Cura a mi hija, mutante!), Discriminación (Tony y los escarabajos, Veterano de guerra, La barrera de cromo), Fundamentalismos (Y gira la rueda, El último experto, Nul-O), Mitos religiosos (Sobre la desolada Tierra, El ahorcado), así como Mundos extraterrestres (Un extraño paraíso), Post-apocalípticos (Servir al amo, Foster, estás muerto, La paga del duplicador) y Futuros (Pieza de colección, Campaña publicitaria, Veterano de guerra, Un mundo de talentos). 

Los temas, sin embargo, no son excluyentes entre sí, y Philip K. Dick a menudo reúne varias problemáticas en un solo texto –Veterano de guerra, por ejemplo, se sitúa en un universo donde el racismo de los humanos con otras razas está a punto de desencadenar una guerra interplanetaria. La ciencia ficción es la literatura de las posibilidades del tiempo, el universo y la ciencia. A esto, Dick logra trasminar lo que siempre han sido los seres humanos, argamasa de temores, odios y rencores. Anne Dick, una de sus cinco ex-esposas, define la obra de Dick como una autobiografía surrealista: la realidad mezclada con sueños. Los cuentos funcionan, los “giros de tuerca” sorprenden y las problemáticas recién listadas hablan también de las distintas dimensiones del hombre.

Hay, sin embargo, otra dimensión de la lectura: la metaliteratura de Philip Kindred Dick donde el mito se hace presente. En un evento de 1977 en Francia, Philip K. Dick dijo: “algunos de mis trabajos de ciencia ficción son, en un sentido literal, ciertos”. Según el propio Dick, el punto de inflexión sucedió el 20 de febrero de 1974, día en que, debido al uso de Sodium Pentothal –un barbitúrico que le fue suministrado durante una extracción de muela– y una visión recibida por el ichthys cristiano, se dio cuenta que la realidad que habitaba era falsa, en síntesis, un programa de computadora.

La historia completa puede escucharse en una entrevista de dos horas con Charles Platt, pero a partir de ese momento y por un par de meses Dick sufrió de alucinaciones que lo desdoblaron en dos personas: Philip, el escritor, y Thomas, un cristiano del siglo I después de Cristo. La cronología personal de este proceso la documentó en un diario que sería publicado póstumamente bajo el título de The Exegesis of Philip K. Dick. Sin buscar detenerme en desmenuzar este proceso (ya sea de iluminación o de locura), lo interesante está en atisbar la génesis del mismo en los cuentos que escribió veintes años antes. La estratagema, cuento perteneciente a la colección antes mencionada, retrata a una comuna de humanos paranoides que viven en un planeta desolado, creyendo que en algún momento u otro serán atacados:

La distinción entre síndromes paranoides y paranoicos de otros trastornos de la personalidad psicótica ha de tenerse en cuenta cuando se trata con estos pacientes. El paranoide conserva incólume su estructura de la personalidad. Fuera de la región de su complejo, es lógico, racional, incluso brillante. Es factible conversar con él, argumenta, es consciente de su entorno. El paranoide se diferencia de los otros psicóticos en que permanece orientado activamente hacia el mundo exterior. Se diferencia de los llamados sujetos de personalidad normal en que posee un conjunto de ideas fijas, falsos postulados a partir de los cuales construye un complejo sistema de creencias, lógicas y consistentes en relación con esos falsos postulados.

Desajuste, por su parte, habla sobre un mundo temeroso de los P-Q (paraquinéticos), capaces de cambiar al mundo con sus alucinaciones.

John, creo que en realidad no entiendes qué son esos P-Q (paraquinéticos). Tal vez pienses que son lunáticos, gente que sufre delirios. (…) Son lunáticos con la capacidad de reproducir sus sistemas delirantes en el espaciotiempo. Deforman una zona limitada de su entorno para conformarla a sus conceptos excéntricos, ¿entiendes? El P-Q lleva a la práctica sus delirios.

Jonathan Lethem reseñado aquí y quien publicara los diarios antes mencionados– cuenta, en un emotivo artículo, cómo conoció a Dick sin verlo en persona nunca. La historia abarca desde su primera lectura hasta su influencia como escritor. Al respecto de su paranoia y esquizofrenia escribe: 

Dick’s defenders –other than me, I mean– frequently bristle at hearing him called ‘crazy’, or at the rehearsals of his human frailties, his drugs and divorces, which tend to accompany the laurels the larger culture keeps draping on his tomb. I’ve never understood the problem. Apart from the dopey emptiness of the question – was Melville crazy? Was Malcolm Lowry? Kafka? –I suppose I’m residually inclined to hear the term as a shred of beatnik exultation: “That’s crazy, man!” I’m still looking for the crazy wherever I can find it.

Kerouac, otro beatnik, diría en la misma línea:  la única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse. Philip K. Dick se convirtió en un estratega, en un P-Q, y si esto se debió al uso de las anfetaminas, como acusó en su momento el New Yorker, o a una iluminación, poco importa: su trabajo expandió el campo de las posibilidades que corresponde a toda gran literatura. Roberto Bolaño apunta lo siguiente a partir de largas conversaciones con Rodrigo Fresán:

Estas son algunas de las conclusiones a las que hemos llegado: Dick era un esquizofrénico. Dick era un paranoico. Dick es uno de los diez mejores escritores del siglo XX en Estados Unidos, que no es decir poco. Dick era una especie de Kafka pasado por el ácido lisérgico y por la rabia. Dick, en El hombre en el castillo, nos habla, como luego sería frecuente en él, de lo alterable que puede ser la realidad y de lo alterable que, por lo tanto, puede ser la historia. Dick es Thoreau más la muerte del sueño americano. Dick escribe, en ocasiones, como un prisionero porque realmente, ética y estéticamente, es un prisionero. Dick es quien de manera más efectiva, en Ubik, se acerca a la conciencia o a los retazos de conciencia del ser humano, y su puesta en escena, el acoplamiento entre lo que cuenta y la estructura de lo contado, es más brillante que en algunos experimentos sobre el mismo fenómeno debidos a las plumas de Pynchon o DeLillo. Dick es el primero, literariamente, en hablar con elocuencia de la conciencia virtual. Dick es el primero, y si no el primero, el mejor, en hablar sobre la percepción de la velocidad, la percepción de la entropía, la percepción del ruido del universo, en Tiempo de Marte, donde un niño autista, como un Jesucristo mudo del futuro, se dedica a sentir y a sufrir la paradoja del tiempo y del espacio, la muerte a la que todos estamos abocados.

Concuerdo. Dick es un grande y sembró en el mundo un dejo de desconfianza sobre todo lo que nos rodea. Sin embargo, de todas las mentiras, tal vez sea la literatura la menos mentirosa.

Para acercarse a esta obra, sugiero un par de cuentos:

Otros recursos interesantes disponibles en Internet:

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