Chandaleros – Borja Navarro

Chandaleros – Borja Navarro

Todavía trabajaban los dos. A mi padre la noticia le pilló vendiendo un mueble, cuando aún era posible, cuando se confiaba en la palabra del trabajador y no en las reseñas de Google. Una cómoda caoba.

Múltiples cajones. A mi madre tras un mostrador, en el ultramarinos de Pinedo, cuando ya escaseaban ese tipo de negocios. Mermelada en mano. Ambos de cara al público. Amables. Sonrientes. Posiblemente la última vez que lo estuvieron. Ambos sin ningún tipo de épica, sin ninguna carga simbólica. Ambos currando. Así les asaltó la fatalidad.

Suelo recrear la figura de la desgracia: un tsunami que va arrasando el mundo, cada vez más rápido, hasta abarcarlo entero. Pero no con la forma de una ola gigante, eso sería demasiado sencillo, sino un tsunami imperceptible a primera vista. Una luz quizá que enverdece todo. Un olor sutil a caducado.

Un sonido que cuando te alcanza quiebra las reglas del universo tal y como las conoces. Las cambia. Las dificulta. Una bola de cristal contigo dentro agitada permanentemente por un niño autista. Ese tsunami emanó de mí y se extendió en todas direcciones.

La ceniza es un gran fertilizante y después de esas estampas negras y abrasadas, donde las llamas han acabado con la vida, todo es posible en ese terreno virgen.

Mi padre vendía muebles en un polígono. Me hipnotizaban los carteles enormes que se veían desde la autovía: Muebles Rodríguez, Sofás Valencia.

De pequeño alguna vez lo acompañé al trabajo. Se fumaba los cigarrillos fuera, al sol, cuando se podía hacer todavía dentro. No es que fuese un avanzado para la época, simplemente le gustaba hacerlo así. En una de esas pausas para fumar me preguntó: «Tú de verdad crees que hay un ratón que por las noches recoge los dientes que colocas debajo de la almohada y los cambia por dinero?». Esa fue la primera vez que pensé que la rata era mi padre. Lo vi como a un villano al que derrotar. El hombre lo dijo porque llevaba una racha económica terrible y a mí no me quedaba ni un mísero diente en la boca. Era todo encía. Cada dos días un diente menos. Cual bebé. Cual yayo. Unas pesetas no cambiaban nada su economía, pero se le calentó el morro. Até cabos. Descubrí entonces la farsa de la Navidad. Mi madre me espetó: «Ahora tú también eres un rey mago». La mayor porquería que me han dicho nunca. Ese mismo año, cuando abrí el regalo, puse mala cara. No sé si me gustó o no lo que me compraron. No estoy seguro. Pero puse cara de no estar conforme. De estar algo dolido.

Algo triste. Decepcioné a los dos. Levanté la vista y vi en sus rostros la preocupación del error. Los ojos tan característicos de una paternidad fallida. El distanciamiento. La diferencia. Y fue maravilloso.

Sentí un placer que nunca antes había experimentado.

Y encontré un camino por el que crecer.

Me compré la scooter a los dieciséis. Un cacharro que parecía chillar cuando le daban gas. Al galoparla, me ponía un casco calimero picado. El jinete del Saler. Amaba esa moto como los downs aman a sus madres si no los maltratan. Una tarde me enteré de una noticia que me entusiasmó compartir en casa: la viuda de Paco, el amigo de mi padre, se había tragado una botella de lejía sentada en la silla de la cocina. Se había derretido por dentro. Quemada.

Fulminada. Mi scooter no pasaba de cincuenta, sin embargo, la sentía a la velocidad a la que los rayos se cepillaban a una persona. Meses más tarde la trucaría. Ese día aparqué la moto en la acera y subí a casa. Era el día libre de mi padre. «¿Qué pasa?».

Me gritó cuando entré acelerado en el salón, como si todavía no hubiese bajado de la moto, con el casco puesto, como un repartidor de pizzas. Se lo conté con una empatía forzada. Haciendo pausas, queriendo herirlo de manera sutil, como si no quisiese hacerlo en realidad. Una delicadeza impostada. En un desliz utilicé la onomatopeya glu glu glu unas cuantas veces, pero el dolor cegaba al hombre y no percibió mis intenciones. De nuevo el rostro de mi padre. La destrucción de algo. La belleza del accidente.

Aunque es fácil argumentar que nacer de un orgasmo es algo precioso, creo que sinceramente es una jodienda. Cualquiera puede en un instante de placer determinar su vida para siempre. No hace falta ser super inteligente para correrse. Puedes ser todo lo contrario a super inteligente. Puedes ser además la peor persona del planeta. Mi padre no era inteligente.

Mi madre tampoco. Y me tuvieron. No buscaban te-nerme. Pero, una vez enfrascados, se aventuraron a la hermosa batalla que estaba claro que perderían. Y lo hicieron principalmente por lo ya comentado: no eran listos. Creían estar preparados para enfrentarse al reto de ser papás. Y les tocó criarme a mí. La persona que les recordaría cada mañana esa sentencia. Mojando las galletas con trece años, con legañas en los lagrimales y todavía con la erección típica del despertar. «Papá, tú muy listo no eres, ¿verdad?».

Ahora veo a muchos chavales con una lata de Monster en la mano, forrados de ropa chándal, y me recuerdan a mí. Yo no vestía así porque no se estilaba. Pero si fuese un chaval hoy en día, iría como ellos. Comparto su aura. Porque el chándal es la pieza de ropa de los domingos, de estar en casa, de los no planes. Es la prenda de ropa nihilista por excelencia. No se viste uno en chándal porque le mola, aunque se crea que sí. Uno se viste en chándal porque es hermano de la generación abandonada.

La eterna ruptura. El continuo desamor. El dolor del sinsentido. Estamos heridos, por eso llevamos chándal. Se huye de los problemas, porque se ha visto que enfrentarlos es una pérdida absurda de energía, y para huir, qué mejor que ropa elástica.

El problema es que me cargué rápido a mis padres.

Destruí la mirada que habían construido hacia mí.

Los reeduqué en base a la destrucción, en base al maltrato. Y fue divertido, demoler todo. A puñetazo limpio. Envalentonado en el parquin de Spook soltando mandobles a quien fuera, por lo que fuera, a la hora que fuera. La satisfacción del golpe. Creo que fue divertido porque pese a todo sentía que cuando tocase hueso, su amor seguiría ahí. Y no me equivoqué.

Lo sé porque desde entonces lo veo encima de una mesita de noche, un reloj digital marca las 6:59. A su lado, en un cenicero, joyas baratas. Detrás de este pequeño bodegón, una fotografía en un marco barroco y curvilíneo. Es del día de mi comunión, por allá en los ochenta. Voy vestido de marinero y tengo el pelo punky, engominado, duro como el titanio y brillante como el charol. Sonrío mostrando una dentadura imperfecta, mal formada. El reloj cambia de hora.

Son las 7:00 y la alarma comienza a sonar. Una mano arrugada la apaga. La mano es de mi madre. Está mayor. A su lado se encuentra, todavía durmiendo, mi padre, que parece estar embarazado y ronca como el diablo. Mi madre se incorpora, se sienta al borde de la cama y comienza a estirar los músculos de la cara, abriendo y cerrando la boca, subiendo y bajando las cejas. Los ronquidos de mi padre resuenan en la habitación. No están sincronizados.

Parece ahogarse. En un momento de apnea, mi madre lo mira. El silencio es rotundo. Parece que no va a volver a respirar. Mi madre sigue mirándolo, expectante, inmóvil. Es lo que tiene que pasar. Es el siguiente. Mi padre, de repente, vuelve a respirar. Mi madre se levanta y comienza una rutina de belleza por los locales del Perellonet: Peluquería Katherine donde se carda el pelo blanco, Unas Ying donde se arregla las manos y la casa de doña Dolores don-de, rodeada de fotos de falleras sonrientes y esplén-didas, la maquillan. Se sube a su Renault y lo conduce hasta el bar de un camping donde el camarero, otro desgraciado que se siente abandonado y debería vestir con chándal, le da un ramo de flores. Un ramo que pondrá en mi poste de luz.

Digo que fue un problema cargarme rápido a mis padres porque después de ellos, me tocó a mí. Me convencí de que no existía el término subfondo.

No hay algo más bajo que el fondo. Tira todo el aire, desinflate, hasta que tus pies descalzos toquen el gresite de la piscina. Entonces, una vez abajo y tranquilo, impúlsate hacia arriba. Sal del agua, abre los ojos, y mira a tus padres, que siguen ahí, a la sombra, en la zona del césped de la piscina municipal, esperando a que acabes de jugar dentro del agua y quieras salir a comerte el bocadillo que te han preparado. A que les digas que no te gusta. Y, después del impulso, pedir perdón por primera vez.

Es domingo, yo tenía nueve años y, a diferencia de mis padres, no quería playa, no me apetecía sentir la sal, y ellos ya estaban dominados. No me llevaban la contraria. Eran mis sirvientes. Sumisos. Derrotados. Asustados.

Las manchas de gasolina en el asfalto, máculas que parecen sangre de unicornio, configuran el paisaje de mi fondo. Si vas trifásico, como yo solía ir, puedes pensar: aquí sacrificaron a una criatura mitológica. En los portales multicolores y mágicos que nos introducen a otra dimensión. Para mi madre esas manchas son las culpables. Yo me colé una madrugada por uno de esos agujeros de gusano. Para ella, habito ahí dentro. La realidad es que mi moto ya estaba trucada y yo volé hacia lo hondo. No calculé bien. No digo en ese momento, que también, digo en general. No calculé bien nada y toqué el fondo. Bien tocado. Sin poder impulsarme en el gresite. En un poste de luz de la CV-500.

Wong

Wong

Escritor. Autor de las novelas "Bosques que se incendian" (2023) y "Paris, D.F." (2015, Premio Dos Passos a Primera Novela), así como de la colección de relatos "Los recuerdos son pistas, el resto es una ficción" (Premio Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017).

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