Arrastrar esa sombra – Emiliano Monge

Tengo sentimientos encontrados con este libro. Por un lado, Arrastrar esa Sombra es una apuesta arriesgada, una batalla constante con el lenguaje y el subtexto. Requiere a un lector atento, uno que pueda prestar atención a las señales que se marcan en los cuentos. Carlyle escribiría en su conferencia sobre el poeta como héroe:

Es curiosa la manera cómo las cosas cooperan unas con otras, lo cual no se ha considerado como es debido; no hay hoja que se seque en un camino que no sea parte indispensable del sistema solar; no hay pensamiento, palabra o acto humano que no esté relacionado con los demás hombres, que opere más pronto o más tarde, a la vista u ocultamente de todos los otros.

Monge aprovecha la estructura del relato para explotar esta idea. Sus textos colaboran entre sí, crean nuevos significados a partir de la red de proximidades que los personajes detonan con un simple diálogo, una coincidencia, un nombre o un encuentro. Este hecho tal vez sea la mayor virtud del libro, aproximarnos a esa serie de casualidades que se tejen en el entramado de los días, y que dejamos libres por la simple pereza de no reparar en ellas.

Un hombre se promete en su cumpleaños que ya no soñará con ser su vecino, que sí recibe correspondencia; otro se encuentra extenuado tras un confuso viaje en el que persiguió la estela de la muerte y destrucción totales en una playa; un hombre necesita recordar y no puede, cada nuevo pensamiento le borra un recuerdo. Los personajes de Emiliano Monge discurren ensimismados por los meandros de una existencia en la que el mundo y las cosas, y las criaturas que lo pueblan, son descritos con un lenguaje preciso y evocador, cargado de potentes imágenes, que funge como escenario en el que se representan al infinito los sucesos cotidianos de los héroes y antihéroes que protagonizan sus inquietantes historias.

La estructura y lenguaje, por otro lado, responden a un interés formal del autor por abordar la narración desde otro sitio. No podemos encasillar a Monge en un esfuerzo estructural concreto, aunque su narrativa discurra en tiempos y lugares diferentes, entre los ecos de la imaginación, la lectura, la realidad (textual) y la ficción. Hay un fuerte aparato introspectivo que aborda los relatos y los desmenuza en sus detalles: descripciones largas, precisas, imágenes y símiles que resignifican lo que vemos todos los días: la silueta del agua que ha dejado nuestro trasero sobre la cama, la luz que entra por una ventana, un perro, el Inmortal de Borges. En estos esfuerzos encontramos a veces construcciones forzadas, frases que al leerlas se nota que responden a un esfuerzo consciente por apartarlas del lugar común, aunque esto derive en un artificio.

En la presentación Lolita Bosch comenta: “todo Emiliano Monge es alguien capaz de persuadir en espiral al lector hasta hacerlo entrar en un mundo único en el que no puede sentirse a salvo y que, no obstante, observa con fascinación rendida”. Tal vez, pero lo cierto es que el artificio de Monge  responde al vértigo con el que seduce, marea y rinde al lector. Lo puede llegar a perder, a animarlo a cerrar la página ante el desconcierto en el que te sumen sus historias. Y si a eso le sumas lo minucioso que es para la descripción de lo cotidiano, el resultado es peligroso.

De ahí la ambivalencia de mi juicio.  El libro es magnífico, pero linda con la frontera de lo aburrido. Para otro texto sobre Monge, visiten este blog.

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