Apuntes de la vida cotidiana no. 160212

Todo sería más sencillo si simplemente no tuviera la intención de escribir. En lugar de pasar horas leyendo, escribiendo en este blog, las pasaría viviendo. Lo primero que pienso es que leer es una forma de vivir, no a nivel pasatiempo, sino que existe en la lectura un proceso de apropiación, una extensión de la vida y la imaginación que es difícil conseguir en nuestros días insípidos. Sin embargo, todo sería más sencillo si simplemente no tuviera esta pretensión. Tal vez, todo sería más bello, simple, tal vez la felicidad estaría más cercana.

la literatura me mató, pero te le parecías tanto.

Todo es culpa de esa serie de viajes de los que todos hablan: el amor, el sexo, los viajes, los libros… tal vez algunas pelis. Querer escribir es un defecto de formación, un viaje continuo al pasado. Esta sensibilidad (nostalgia, saudade, la sensación de que todo tal vez es sólo un terrible error) hace apreciar el Poema no. 20 de Neruda. El resto verán a un tipo más bien cursi.

Todo lo que se escribe en estos tiempos y que vale la pena leer está orientado hacia la nostalgia

Capítulo 71. Eso debería darnos ya una pista. Lo interesante: “la memoria es tan importante para imaginar el futuro como para recordar el pasado”, afirmó un investigador en la Universidad de Washington, en St. Louis. Digamos, pues, que la ilusión del tiempo -espacial y verbal- vive en la misma región. Fácil confudirse, entonces.

if I had met you I would probably have been unfair to you or you to me. it was best like this.

En el momento eterno justo antes de morir (en un choque de auto, en la cama de un hospital, en la soledad de un cuarto vacío) lo único que nos llevaremos son nuestros recuerdos. Esto, y nada más.

En cuanto salió, recuperé la calma. Me sentía agotado y me arrojé sobre el camastro. Creo que dormí porque me desperté con las estrellas sobre el rostro. Los ruidos del campo subían hasta mí. Olores a noche, a tierra y a sal me refrescaban las sienes. La maravillosa paz de este verano adormecido penetraba en mí como una marea. En ese momento y en el límite de la noche, aullaron las sirenas. Anunciaban partidas hacia un mundo que ahora me era para siempre indiferente. Por primera vez desde hacía mucho tiempo pensé en mamá. Me pareció que comprendía por qué, al final de su vida, había tenido un «novio», por qué había jugado a comenzar otra vez. Allá, allá también, en torno de ese asilo en el que las vidas se extinguían, la noche era como una tregua melancólica. Tan cerca de la muerte, mamá debía de sentirse allí liberada y pronta para revivir todo. Nadie, nadie tenía derecho de llorar por ella. Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, en fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.

Meursault. Pierre Menard. Hasta el propio Alatriste… todo significa un regreso al útero. La alternativa: la destrucción del yo, la trivialización de la experiencia.

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