Diótima y los leones – Henry Bauchau

Si nadie me hubiera dicho que eso era el amor, yo habría pensado que se trataba de una espada desnuda

Con esta cita atribuida a Kipling, Henry Bauchau abre el capítulo de Edipo en el camino que es retomado por Verdehalago para generar una versión independiente del drama de amor entre Diótima y Arsés. La transcripción del libro puede encontrarse acá, aunque a mi gusto, la obra se presenta empapada de cursilería y de una voz femenina llena de contradicciones exasperantes.

La premisa es la siguiente: dentro de un mundo adánico y mítico, cercano a los griegos, Diótima gana el respeto de su tribu y de su familia al convertirse en la primera mujer en cazar un león a escasos 14 años. Este mundo ideal, que supuso cierta resistencia de su entorno y posterior conquista por parte de la protagonista, tiene un descalabro con la llegada de Arsés, griego que bajo la tradición, le corresponde el dominio sobre la tribu de Diótima. En medio del conflicto del poder y de la pasión, la trama se entreteje por el rito que tiene la tribu de Diótima alrededor de los leones. Creyentes de descender directamente de ellos, cada año se engarzan en una caza ritual que enfrenta al hombre con la bestia (nosotros no sabemos de Dios más que lo que saben los leones), en una alegoría del hombre contra su propia naturaleza, el hombre contra su estado salvaje, contra sus impulsos (Diótima, el eros, el bon savage, versus Arsés, el civilizado).

El reto para que Arsés y Diótima estén juntos, se revela a través de la muerte de un león, y el destino de éste, a su vez, está ligado a la muerte del abuelo de Diótima, en una especie de complejo de Elektra donde Cambises representa el viejo orden a punto de derrumbarse:

Diótima y yo caímos en una trampa. Seguramente Cambises lo ignora, pero se trata de algo que yo no creía posible y que modifica todo lo que yo creía saber acerca de las relaciones entre los animales y los hombres. Es algo que no se puede expresar, es preciso que lo vea usted mismo.” Hablaba en un tono que no era habitual en él y sentimos que estaba conmovido por un misterioso suceso. Mi padre no le hizo ninguna pregunta y yo no me atreví a interrogarlo. Durante todo el día, Arsés nos trajo por el territorio de caza del gran león. Lo vislumbramos, pro momentos, pero siempre demasiado lejos. El calor era pesado y ardiente, y me sentía quebrantada por la zozobra. Al empezar la noche, Ciro, que poseía la ciencia de los leones, nos condujo a la orilla de un río en el que, cuando apareciera la luna, podríamos verlo de cerca. Estábamos bien escondidos y teníamos el viento a nuestro favor. De pronto, sin que nada hubiera anunciado su presencia, apareció el león. Era la fiera más enorme y más hermosa que jamás hubiéramos visto. Su porte era la majestad misma, sus movimientos irradiaban una plenitud tranquila. No obstante, se sentía que sobre esta temible fuerza empezaba a pesar el fardo de los años. No sólo era la gran fiera, se trataba, como lo llamaban las tribus, del Antepasado cuyo destino no tardaba en llegar a su término. Mientras que lo mirábamos, comprendimos lo que la víspera había perturbado tan profundamente a Arsés. En sus movimientos, en su paso, en su modo de beber o de devorar, en su furor siempre inminente, el gran león no sólo era la lejana imagen del antepasado. Era, por vivir en la misma época que él, la imagen animal, señorial de Cambises. Tenía el imperio de mi abuelo, su soledad, su poderío y, despertando el mismo respeto, el irresistible ascendiente sobre cuanto lo rodeaba. En el acto la fiera suscitó entre nosotros los sentimientos de admiración y de amor que Cambises nos inspiraba. Bruscamente comprendimos en toda su extensión las palabras de Arsés la víspera: “Nos atrajeron a una trampa.”

El desenlace es previsible: Arsés mata al león, Diótima y él se casan, Cambises muere en un accidente absurdo. El amor triunfa y da continuidad al mito, perpetúa la cópula que salvaguarda la integridad de la tribu y su poderío. Y todo esto tiene su epílogo con una imagen que cierra el círculo del mito alrededor del león:

Ese sitio (el lugar de la muerte del león y Cambises), con las rocas y el espacio ardiente que lo rodean, sigue siendo sagrado. Si allí llegan a encontrarse hombres y leones, nadie ataca y nadie huye.

Pfff. El mundo ya no es ese lugar, y dudo que alguna vez lo haya sido. La intención del autor por hablar de la condición humana como un proceso iniciático tiene su mérito, pero se deja dominar por el drama y la moraleja con resultados cursis. Usted, lector, fórmese su propia opinión, la lectura está disponible en el link superior para su consulta.

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