Apuntes de la vida cotidiana No. 070712

Sé fiel hasta la muerte
Apocalipsis, 2,10

I

He leído esto en el blog de Macky Chuca. A continuación reproduzco:

Vamos a ver. Llegados a este punto he de admitir que me pasa algo. Si han estado leyendo este blog, sabrán que hay una voluntad de comenzar fracasando, de aceptar vacíos y pasos en falso. Y acá me pasa algo muy grande con la religión vs toda mi pose ultra rebelde, super loca, re punk.

Algo dentro de mí, cuyo único punto de contacto con la protagonista de mi post anterior es que cree en un pulso, en la presencia de algo más grande que yo misma, cortocircuita de lleno con esa pose, y ambos chocan de frente, y como decían en las antiguas novelitas de Corín Tellado, como dos locomotoras a vapor.

Un pulso.

Bruno, si un día lo pudieras escribir… No por mí, entiendes, a mí qué me importa. Pero debe ser hermoso, yo siento que debe ser hermoso. Te estaba diciendo que cuando empecé a tocar de chico me di cuenta de que el tiempo cambiaba. Esto se lo conté una vez a Jim y me dijo que todo el mundo se siente lo mismo, y que cuando uno se abstrae… Dijo así, cuando uno se abstrae. Pero no, yo no me abstraigo cuando toco. Solamente que cambio de lugar. Es como en un ascensor, tú estás en el ascensor hablando con la gente, y no sientes nada raro, y entre tanto pasa el primer piso, el décimo, el veintiuno, y la ciudad se quedó ahí abajo, y tú estás terminando la frase que habías empezado al entrar, y entre las primeras palabras y las últimas hay cincuenta y dos pisos. Yo me di cuenta cuando empecé a tocar que entraba en un ascensor, pero era un ascensor de tiempo, si te lo puedo decir asi. No creas que me olvidaba de la hipoteca o de la religión. Solamente que en esos momentos la hipoteca y la religión eran como el traje que uno no tiene puesto; yo sé que el traje está en el ropero, pero a mf no vas a decirme que en ese momento ese traje existe. El traje existe cuando me lo pongo, y la hipoteca y la religión existían cuando terminaba de tocar y la vieja entraba con el pelo colgándole en mechones y se quejaba dé que yo le rompía las orejas con esa-música-del-diablo.

Dédée ha traído otra taza de nescafé, pero Johnny mira tristemente su vaso vacío.

Un pulso.

II

Soy un creyente incrédulo de los sueños. Todo se debe a dos cosas. La primera es José, el menor. Él, y aquellas clases en las que yo era un niño y pensaba en lo terrible que debía ser que tus hermanos te vendan, y me emocionaba después en pensar que todo terminaba bien gracias a que detrás de todas esas señales José había descifrado algo. Porque. siempre. hay. algo. que. descifrar.

La segunda es mi madre, que cuando sueña conmigo me llama para saber cómo estoy. Todo bien, respondo. ¿Seguro?, repite, y entonces enlista una serie de factores en las que podría estar mal: trabajo, salud, pareja, el depa, el gato, etc. Pero hay en este ritual  un momento aún más importante, que nos involucra a todos: madre, hijo mayor y menor: cuando soñamos con mi padre -muerto por supuesto-. Ahí sí todos levantamos el teléfono, bajo la tonta sospecha de que en esos momentos algo importante pasó, o está por pasar. Imposible sacudirse ya esto que comenzó en el 2004.

Cuento esto porque justo soñé con él hace unos días. Recuerdo que caminábamos por la calle, y entrábamos en un restaurante. ¿Cómo te ha ido?, me preguntaba, y a su manera repasaba su propio check list de categorías, asintiendo a mis respuestas. Luego decía: ¿y para cuándo te compras un depa? Pues, no sé, respondía, y el sueño seguía y comíamos una hamburguesa o una milanesa, no sé, y a mi derecha la gente caminaba en un mediodía soleado y mi padre veía también a la calle, y ambos nos quedábamos ya sin hablar, y no pasaba nada después.

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