Amor, curiosidad, prozac y dudas – Lucía Etxebarria

¿Sabes cuántos años tengo Cristina? -dijo-. Treinta. Y, ¿sabes qué he hecho durantes estos treinta años con mi vida? Nada. Nada de nada.

lucia prozacPrimera confesión: con las mujeres con quienes he estado siempre ha habido un espacio que he preferido dejar en blanco: nuestra vida sentimental antes de conocernos. Odio saber lo que paso en ese espacio previo. Si por azar se asoma algún momento sexual o amoroso en los que yo no tuve nada que ver, un desasosiego me invade. ¿Que no fui yo el primero que…? ¿Que en casa de tus padres hiciste que…? Y así. Por la misma razón procuro ahorrarme también esas explicaciones. Parafraseando a Lucía: mis horas felices, el recuerdo incierto de las únicas horas que cuentan, las realmente vividas, son las que me llevaré a la tumba. Con los amantes, de lo único que uno puede hablar es de sus fracasos, ese punto empático entre dos personas que, como diría Kundera, sirve de punto de fuga para el erotismo.

El libro: La primera vez que leí este libro fue hace ya unos 8-9 años. En aquel momento me pareció parte de una educacion sentimental necesaria e inexistente en mis años de preparatoria en Tampico. La historia gira en torno a 3 hermanas disímiles, con la insatisfacción como eje conductor de su vida. Etxebarria usa como punto de anclaje el abandono del padre cuando eran muy jóvenes, y situaciones sexuales anómalas o demasiado mediocres. Desafortunadamente, el contexto de cada personaje se acomoda a modo para satisfacer la lógica de cada una de las hermanas: la ninfómana abusada sexualmente, la reprimida debido al rechazo de su superioridad intelectual, y la aburrida ama de casa situada en una situación de responsabilidad que no le correspondía. Con ese triángulo la autora teje el entramado de una historia que no avanza, pero que devela el Rubicón por el que cada una de ellas tuvo que cruzar para encontrarse en ese estado.

Algo que no recordaba era la manera burda de distinguir a los personajes. Para Cristina, el lenguaje coloquial funciona bien y se ve poco forzado, pero con sus hermanas, Etxebarria abusa de recursos como intercalar muletillas o simples reglas de Carreño, técnica que da cierta familiaridad a cada una pero que también es salida fácil para evitar hallar un distintivo en el lenguaje para cada personaje. Al final, cual novela rosa, sobreviene el catalizador que da esperanza a lo sufrido. Todo mundo aprende una lección, y a lo lejos se sabe que pronto amanecerá. Fin.

Sin innovaciones formales, el mayor mérito del libro no está en su lenguaje literario ni en la construcción de la novela, sino en la disección de la complejidad de la mujer, escondida en pedazos de amor, curiosidad, prozac y dudas.

Segunda confesión: Empecé hablando de mí porque con este libro, ese intento por no tener antecedentes de mis parejas fue suplido en mi imaginario por Cristina, Ana o Rosa. Pienso que todas las mujeres con las que he estado podrían ser una permutación literaria de algún cuadrante del triángulo Etxebarria. Por mi lado, yo también estoy embebido dentro de esas páginas: regalé este libro hace ya algún tiempo, buscando que al leerlo nos leyeramos. Hoy, cuando ha pasado ya el tiempo, me doy cuenta que somos como una línea no visible pero palpable en toda la novela. ¿Dónde se acaba la realidad y empieza la literatura? En la letra G, de gastado y gris.

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