El turista desnudo es una crónica de viaje, pero también un tipo de confesión:

Me asaltó de pronto, como un transtorno mental desconocido por la psiquiatría: el deseo de detenerlo todo en la vida cotidiana, desarraigarme y partir. Esa necesidad de abandonar el mundo tal y como es para buscar otro lugar quizá sea una enfermedad de inicios de la madurez, un atisbo prematuro de senilidad.

El que viaja, intuye Osborne, busca escapar de algo, acaso de lo ennegrecido cotidiano. El problema reside, sin embargo, en que parece ya no haber destinos a los cuales viajar —no es la experiencia del turista lo que busca Lawrence, a quien le vienen bien los cocteles en la playa y las visitas guiadas. Lo que está buscando es otra cosa, acaso, la imposibilidad misma del viaje: la trampa de la autenticidad, misma que ha convertido a lugares como La Habana, Tulum o las Maldivas en completos infiernos turísticos (dice Osborne: «el turismo siempre busca nuevas fronters y experiencias novedosas, que luego liquida de inmediato»).

¿Qué hacer, entonces? ¿Conformarnos con ir a la Torre Eiffel o al Empire State? ¿O necesitamos perseguir, una y otra vez, la próxima frontera? Para responder esta pregunta, Lawrence Osborne viajó de Nueva York a Papúa Nueva Guinea, pasando por Dubai, Calcuta, las islas Andamán y Bangkok en el inter (en la introducción, Osborne se remonta al Grand Tour del siglo XIX como el momento en el que se crea la idea del viaje como evento transformador, didáctico y revelador).

El término inglés travel, es decir, viaje, es sorprendentemente antiguo. Se remonta a 1375 y deriva del verbo francés travailler, trabajar, que a su vez deriva de la palabra latina tripalium, o triple estaca, que se utilizaba para designar un instrumento de tortura. Por consiguiente, el concepto de viaje nació como algo sumamente desagradable: emprender un desplazamiento difícil. Se trata de una noción medieval que tiene su origen en las peregrinaciones. El sufrimiento se da por sentado, porque viajar en el año 1375 era sufrir, y mucho. Pero se consideraba un sufrimiento transformador, una evasión del aburrimiento de la vida cotidiana.

En la crónica de Osborne, cada sitio revela una realidad del viaje: el espectáculo Debordiano de Dubai, la decadencia de Calcuta, el absurdo de Andamán y el hedonismo de Bangkok, preámbulos, sin duda, de la experiencia real, aquella que vivirá en Papúa:

Papúa era un sitio donde el gusto —el hambre— por todo aquello podía saciarse. Era insondable, ilimitada. No podían someterla ni domesticarla, ni siquiera las fuerzas del resto del mundo, un mundo a su vez espantosamente estandarizado, como nuestro profeta de la globalización, Thomas Friedman, ha sugerido en un espíritu más panglossiano. Si nuestro mundo era plano, Paúa era redonda. Estaba hecha de carne y sangre. Su salvajismo era irremediable. Era el otro lado del espejo, un mundo paralelo del que los indonesios y los occidentales únicamente podían imaginar imágenes falsas.

Osborne parece transitar por estos sitios («diferentes dimensiones de una única contemporaneidad humana», escribe) para revelar todas las contradicciones del que viaja que, en todo caso, se podrían resumir de la siguiente forma: el encuentro con el Otro es, en el mejor de los casos, perturbador.

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