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Sigo con Girona En medio de la guerra, una familia yugoslava pasa del fascismo al comunismo y de la esperanza al desencanto al mismo tiempo que el protagonista abandona la niñez. La novela de Ćosić es como un desfile vertiginoso en el que vemos pasar a una familia histérica y entrañable entre las ruinas de la historia: "La vida en familia se parecía a una película, emocionante, insólita, a veces bastante aburrida. La vida en familia evocaba sin cesar una historia leída hacía ya tiempo, olvidada, con pasajes oscuros. La vida en familia se componía de acontecimientos (...); los acontecimientos que sucedían en familia se llamaban <vida>, una palabra muchas veces usada y pocas comprendida". Publicada en 1969 por primera vez en una edición artesanal, el libro se convirtió en poco tiempo en una novela de culto al hablar de una época de caos y miedo y, en medio de esto, el humor como única salvación posible. Avalancha "¿Cuál es el límite si ya no tienes piel?
Y si ya no tienes pies
entre doler y hacer ¿qué se camina?
el cerco es solo una sala de espera 
y las salas de espera son, 
por definición,
habitaciones al borde del vacío.
vine solita a arrancarme las orillas."
Chapbook de Macky Chuca. A estas alturas tal vez ya sea inconseguible —yo guardo tres copias, por si un día necesito alguna de ellas.

parpadeos tizon

parpadeos anagramaCuando recién comencé este blog leí por aquel entonces Velocidad de los jardines de Eloy Tizón como una sorpresa grata. Recuerdo de esa lectura historias formidables, así como un juego del lenguaje refrescante. La reseña de aquel momento es gris, es cierto, y tal vez mi gusto se ha ido refinando al tiempo que he logrado tejer reseñas un poco más profundas. Sea cual sea el caso, lo que quiero decir, sin rodeos, es que en aquel entonces consideraba a Tizón como un escritor talentoso, al nivel de Marías o Vila-Matas.

Recordemos que Velocidad de los jardines fue publicado en 1992, mientras que Parpadeos, el libro de Tizón que acabo de leer, fue publicado en 2006.  Hay, entonces, catorce años de distancia entre uno y otro. Permítaseme una digresión: si la literatura es un oficio cuya exigencia y devoción promete, en el mejor de los casos, una mayor maestría conforme avanza el tiempo y la práctica -la premisa del artesano: un alfarero hará mejores vasijas conforme vaya dominando el arte de la forma y la cocción-, podemos esperar que un escritor sea mejor escritor en su tercer o cuarto libro, ¿cierto? Entonces, ¿por qué Parpadeos es un libro, por mucho, de menor calidad que Velocidad de los jardines?

Podría decirse que nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. O que Tizón también ha cambiado. O que escribió este libro bajo la prisa o premura de las cuentas por pagar acumuladas en la cocina (habían pasado dos años desde su último libro).  O, simplemente, que Tizón no era ni es el escritor que prometía en Velocidad de los jardines.

Cualquiera que sea el caso, no lo sabemos, y debemos reconocer que la mayoría de las conjeturas son injustas. El libro, en su única dimensión real, que es el texto, no me ha dejado satisfecho. Los textos son inocuos, cuentan historias sin relevancia que, a lo más, son bonitas postales de personajes o situaciones.

Basta un leve parpadeo para que una ciudad entera se transforme ante nuestros ojos, el mundo se venga abajo, alguien nazca, alguien muera, recibamos por sorpresa la visita de la adversidad o la fortuna. En una milésima de segundo puede uno alcanzar la riqueza o arruinarse, ganar o perder, enamorarse o dejar de amar… o puede contar un cuento. El parpadeo es la posibilidad microscópica de un cambio.

Visto desde ese punto de vista, la tesis es poderosa y seductora. Es la ejecución donde Tizón se queda corto y ofrece lecciones de vida al más puro estilo de la literatura moralina. En Pájaro llanto, por ejemplo, el personaje escucha llorar a un pájaro y no le resta mas que reflexionar:

Un pájaro que, de repente, se pone a derramar lágrimas de pena en mi cornisa, mientras estoy escribiendo en mi diario, eso debe de significar algo grave, yo qué sé, algo profundo, existencial, perturbador, una especie de advertencia o de mensaje en clave. Como una señal del cielo. Como si llegase el fin del mundo o algo por el estilo.

En muchos de los cuentos sucede algo similar. El autor pareciera querer transmitirnos un mensaje: el mundo está mal, algo se ha perdido entre nosotros. El problema no es esta intención (Kurt Vonnegut lo hace de manera magistral en Mientras los mortales duermen), sino que nos lo dice, no espera que nosotros nos demos cuenta de esto, que lo desmenucemos a partir de las imágenes, de los diálogos, de la elipsis del cuento, sino que él lo anuncia, pontifica desde la fortaleza de sus narradores.

Ante esto, ¿qué le resta al lector? No es la sorpresa, que rara vez existe, ni la belleza -posible, tal vez, a partir del lenguaje, intención tristemente abandonada. En entrevista, Tizón responde precisamente a esta inquietud de sus lectores-:

2. El cambio más apreciable de Parpadeos respecto a Velocidad de los jardines, a mi modo de ver, es la utilización de un lenguaje más flexible, menos barroco, pasando el énfasis de tus historias del lenguaje a la estructura, al trabajo magistral del punto de vista en este segundo volumen cuando en aquel primero fue magistral la prosa lírica y evocativa, la concentración poética y narrativa de sus historias, como novelas de diez páginas. ¿Desde qué perspectiva miras ahora el mundo del relato corto?

Tienes razón. Para mí, la prosa es música. La obsesión por el lenguaje sigue presente en mis escritos, aunque con los años ha ido cediendo parte de su protagonismo en beneficio de otros elementos como los que tú señalas. Imagino que se trata de una cuestión de equilibrio; intento escribir cada historia con el lenguaje adecuado que creo que le corresponde, y eso supone ponerme al servicio de la voz. Mi evolución parece ir por el lado del despojamiento y el deseo de trabajar con los elementos mínimos.

Me imagino el cuento como una fruta: un objeto portátil, manejable, que cabe en el bolsillo, pero a la vez jugoso, perfumado, compacto, cargado de nutrientes.

Los otros elementos que menciona Tizón parecieran ser ese humanismo tan dañino para el escritor:

Le llevó entenderlo, pero al fin lo asimiló. No había mujeres perfectas. No había hombres perfectos. Lo único que había, eso sí, eran seres humanos complejos, frágiles en su dolor, azotados por virtudes y defectos, razones y sueños, y una ebriedad de vivir. Toda la aventura humana estaba hecha de experimentos más o menos logrados, más o menos fallidos, esbozos aproximativos, zozobras y arrepentimientos. Era un alivio pensarlo.

¿Ven a lo que me refiero? Suficientes lecciones chabacanas de humanidad tenemos como para que Tizón remarque algo sumamente conocido: somos seres de contrastes y momentos. Tal vez haya un tipo de lector que disfrute las papillas listas para ser digeridas, y es una pena que Tizón, en este libro, haya elegido ese camino. Por esto, y salvo algunas imágenes y fragmentos, Parpadeos será uno de esos libros sujetos al olvido en los próximos años.

No todo el mundo, por supuesto, comparte la misma opinión. Dos reseñas más generosas pueden ser leídas aquí y aquí.

Una breve entrevista con el autor sobre lecturas indispensables puede verse en el siguiente video:

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