Tusitala de óbitos – Lola Ancira

stevenson

No hay, en México, una antología de nuestros raros. Propondría, por citar únicamente algunos nombres, a Arreola, Garro, Tario, Chimal, Bellatín. De conformarse dicho grupo, Lola Ancira (Querétaro, 1987), podría postular a un espacio. Su primer volumen de cuentos, publicado por Pictographia Editorial, gira en torno a temas poco frecuentes en la literatura mexicana: el sueño, la locura, la muerte. Hay en textos como “Legado” o “Permanencia”, la intuición de una preocupación:

…para que, en el momento más indicado, te encuentres con un recuerdo empolvado que te desgarre el corazón y desarticule la memoria, para que tu energía no me deje desaparecer en la inmensidad del universo.

Desaparecer, permanecer, no olvidar, recolectar, son manifestaciones hermanas que aparecen en varios de los personajes de Lola. Dice Macedonio Fernández que “la muerte que hay en los olvidos es la que nos ha llevado al error de creer en la muerte personal. Pero esta creencia es debilísima, por eso hacemos muchos más por no ser olvidados que por no morir”. En “La mujer volátil”, por ejemplo, la narradora cuenta una historia en un tono elegíaco:

He contado tu historia, mujer volátil, para que otros la sepan, para que no quedes en el olvido jamás, para que vivas por siempre en el recuerdo de algunos.

En el fondo, lo que Ancira propone es una tarea imposible: la lucha contra el tiempo y el olvido. Poco factible pero, ¿no es lo imposible, acaso, el objeto de toda misión literaria? Fiel a sus influencias –Stevenson, Borges, Poe–, Ancira explora aspectos poco hablados de la experiencia humana. En “Dédalo”, por ejemplo, utiliza el recurso del Minotauro para tejer una metáfora sobre la locura:

…introdujo la llave en el picaporte y la abrió, pero para su sorpresa se encontró con un cuarto como ya había visto con anterioridad y siguió su camino. Había más pasadizos y túneles que, finalmente, terminaban en el jardín que ella misma había contribuido a edificar.

En “Los infortunios de Vigilius Haufniensis” –acaso el más perturbador de la serie, y que remonta a Kierkegaard y su tratado sobre la angustia– se cuenta una escena snuff que recuerda lo más sórdido del cine gore.

…Vigilius estaba por completo desnudo, a excepción de una venda que le cubría sus ojos, y tenía ya una pierna amputada; sobre su cuerpo exhibía, indiferentemente, grandes y pequeñas cortaduras, heridas y magulladuras de aspecto temporal distinto; se encontraba en estado convaleciente pero aún lúcido y gemía cual desdichado.

En otro extremo de su literatura se lee un importante rechazo al mundo y sus normas. “Un inminente progreso” es, al estilo de Huxley, una distopía en la que el personaje escoge la muerte ante lo terrible de la realidad. En “El dueño de los sinos”, el protagonista pretende cambiar el destino y muere consumido. “Jeremiades” intenta repetir la creación y se encuentra rodeado de esperpentos. En síntesis, los múltiples universos de Ancira parecen castigar lo contranatura –la opción al mundo parece siempre ser la muerte. ¿Es esto una crítica frontal a nuestra realidad? ¿Un sino de la autora?

El debut de Lola Ancira deviene en un libro interesante, aunque complejo. Amante de los cultismos, el roce de algunos textos con el placer de la erudición estorba a momentos, dificultando la narración. En todo caso, un fracaso menor ante el potencial de los complejos universos que propone. Para conocer el sitio de la autora, den click aquí.

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