Señales que precederán al fin del mundo – Yuri Herrera

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Miró los espejos: al frente estaba su espalda: miró detrás y sólo halló el interminable frente curvándose, como invitándola a perseguir sus umbrales. Si los cruzaba todos eventualmente llegaría, trascurvita, al mismo lugar; pero de ese lugar desconfiaba.

señales que precederánLa Revolución Mexicana prometió, a inicios del siglo XX, saldar una deuda con el pueblo: subsanar la desigualdad social y terminar con los latifundistas. El reparto de la tierra era el mecanismo para acercar al país, si bien no al desarrollo, al menos a un lugar alejado de las injusticias sociales que Bruno TravenJohn Kenneth Turner reflejaran en sus obras.

En paralelo a los años turbulentos que se viven en el país, la Revolución también trae consigo el afán de la Ilustración: José Vasconcelos y, poco después, los Contemporáneos, intentan reformar la cultura en el país y combatir la ignorancia.

La Revolución educa: José Vasconcelos, ministro del Presidente Obregón, encuentra un país con ochenta por ciento de iletrados. Manda maestros al campo. Muchos profesores son asesinados por los terratenientes o regresan sin nariz, sin orejas, atrozmente mutilados.

Al mismo tiempo, Vasconcelos entrega los muros públicos a los artistas; edita libros y publica a los clásicos.

-¿Homero para un país de analfabetas? -se le critica-.

-Sí. -Contesta Vasconcelos- para el día en que aprendan a leer y escribir.

Carlos Fuentes. Reforma , México D.F., 22 de noviembre de 2010.

Concluido el primer periodo, lo que sigue es la Industrialización y al auge económico derivado del último coletazo de la Revolución: la expropiación petrolera. Despertamos, sin embargo, de ese sueño cruel en el paréntesis de dos frases de José López Portillo: ‘aprendamos a administrar la abundancia’ y ‘defenderé el peso como un perro’.

La promesa de la Revolución, sobra decirlo, no se cumple. En 2010 se cumple el centenario de su inicio y se anota en los pies de página de la historia que fue una “Revolución sin democracia” (Fuentes, 2010) para, posteriormente, regresar al “ogro filantrópico” en las elecciones de 2012.

En la literatura vemos un retrato importante de ese siglo recién muerto: en 1915 Mariano Azuela publica la novela Los de Abajo, desencanto de ese juego de traiciones de nuestros “héroes” revolucionarios –el lado B del héroe no es el cobarde, sino el traidor–, mientras que Pedro Páramo, de Juan Rulfo, y La región más transparente, de Carlos Fuentes –por citar los dos ejemplos más obvios–, construyen la línea del desencanto dos de las novelas más importantes de nuestra literatura nacional.

De la migración, fenómeno del siglo XX que expone el fracaso de la Revolución, es que Yuri Herrera crea Señales que precederán al fin del mundo, construyendo una novela entre los vértices de la Tierra (Comala), el Gran Chilango (el Valle de la Ciudad de México descrito por Alexander von Humboldt) y Estados Unidos (el nuevo Tenochtitlan).

En particular, he disfrutado mucho el tono y el uso del lenguaje:

Ya había arreglado lo del cruce y cómo hallaría a su hermano, ahora quería asegurarse de que habría quién la ayudara a volver; no quería ni quedarse por allá ni que le sucediera como a un amigo suyo que se mantuvo lejos demasiado tiempo, tal vez un día de más o una hora de más, en todo caso bastante de más como para que le pasara que cuando volvió todo seguía igual pero ya todo era otra cosa, o todo era semejante pero no era igual: su madre ya no era su madre, sus hermanos ya no eran sus hermanos, eran gente de nombres difíciles y gestos improbables, como si los hubieran copiado de un original que ya no existía; hasta el aire, dijo, le entibiaba el pecho de otro modo.

O:

Conforme cruzaba, Makina fue distinguiendo los rasgos del hombre recortado: tenía la esmerada negrura de los que pasan mucho tiempo bajo el sol, una breve barba entrecana suavizaba su rostro y en medio sobresalía la nariz grande, levemente ganchuda (…).  Era correoso. Cada músculo de sus brazos y de su cuello parecía estar entrenado para hacer algo preciso y arduo. Qué pues, dijo apenas jarchó del agua, Que va por unos terrenitos, me dicen.

Hay una serie de Rubicones que cruzar, ritos de paso que internan a Makina en la trama de la novela: encontrar a su hermano, darle el recado que la Cora, su madre, le ha pedido entregar.

Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera.

En este contexto, el uso del lenguaje funciona también para expresar el asombro de las cosas vistas por primera vez, la fascinación por lo que se explora:

Algo menos preciso la requebró al andar por los restoranes: dulzuras y chilosidades inauditas, mescolanzas que jamás le habían pasado por la nariz o el paladar, frituras delirantes.

El comentario de Arturo García Ramos sobre la novela confirma este uso afortunado del lenguaje, que la dota de una frescura en la que se reconoce el oficio de Herrera.

Asimismo, se agradece que no se valga de los lugares comunes que se repiten en múltiples éxodos a otros países: la violación, las mulas, el delirio en el desierto. En el común de estas historias, la promesa de una vida mejor termina siendo una trampa bajo la que los protagonistas experimentan lo más vil de la naturaleza humana. En el caso de Herrera, la metáfora es más profunda y está relacionada a ese juego de espejos que la protagonista experimenta en un inicio y del que no se fía.

Como última nota, hay un guiño de Makina a Kavafis en la página 110:

Por qué de pronto esa inquietud
y movimiento? (Cuánta gravedad en los rostros.)
¿Por qué vacía la multitud calles y plazas,
y sombría regresa a sus moradas?

Porque la noche cae y no llegan los bárbaros.
Y gente venida desde la frontera
afirma que ya no hay bárbaros.

¿Y qué será ahora de nosotros sin bárbaros?
Quizá ellos fueran una solución después de todo.

A momentos me parece que los títulos de los capítulos son demasiado explicativos, único punto sobre el que tengo reparos, pero que no pesa en el resto de la obra. Señales que precederán al fin del mundo es una lectura altamente recomendable, que construye su narrativa en una herencia que parte de la Revolución y su desencanto. Para una interpretación académica de la novela, consulten aquí. Para otra reseña que relaciona a la novela con Mictlán y los niveles del inframundo, pueden consultar este texto en El País.

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