Los libros sin tapas – Felisberto Hernández

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Los libros sin tapas son, en realidad, cuatro libros de Felisberto Hernández recopilados por la editorial argentina El Cuenco de Plata en 2010. El volumen contiene Fulano de tal, Libro sin tapas, La cara de Ana y La envenenada, es decir, los primeros textos de Felisberto Hernández en su transición de músico a escritor.

El libro es el atisbo de un comienzo. ¿Es, el escritor, el mismo al comienzo de su carrera que al final? Es probable que no, pero también es frecuente que las obsesiones de un escritor se mantengan a lo largo de toda su vida. En este sentido, los textos son diversos pero giran en torno a polos similares: la extrañeza que generan los objetos, los misterios que no pueden revelarse –ni, tampoco, comprenderse– y la velocidad del pensamiento y la memoria. Dice Elvio Gandolfo que estas áreas fueron esenciales en su obra:

El despliegue sereno y complejísimo de los recovecos de la memoria, y el intercambio de funciones entre los objetos y los seres humanos.

Por ejemplo: ¿por qué un vestido, una línea, un par de ventanas, una piedra o un pentágono cobran de repente especial significación? ¿Cobran sentido porque existen o porque se les nombra? ¿O existen, de una manera diferente, cuando se les nombra? Felisberto examina estas relaciones pero evita caer en el lugar común de la metáfora –el precio de la metáfora ha aumentado demasiado para mi bolsillo, escribiera–. La búsqueda, entonces, se convierte en lucha metafísica en la que se esconde un misterio. Dice Jorge Monteleone en el prólogo del libro:

El narrador está obsesionado por inventar “aquello que  todavía no sabe qué es”: un misterio. Mantiene el suspenso precipitándolo, pero no para develar el misterio, sino para conservarlo. (…) El cuento La envenenada destruye irónicamente la intriga propia del policial poniendo en escena a un literato que se propone narrar y resolver “el misterio de aquella muerte”, pero su relato se pierde en innumerables digresiones e inconsistencias hasta derivar en una suspensión, como si el cuento se interrumpiera de súbito y no fuera un cierre verdadero.

El efecto justifica que nada se resuelva. En la obra en un acto Drama o Comedia, Juan, uno de los personajes, le dice a la hermana de su esposa:

Lo que más nos encanta de las cosas, es lo que ignoramos de ellas conociendo algo. Igual que las personas: lo que más nos ilusiona de ellas es lo que nos hacen sugerir. El colorido espiritual que nos dejan es a base de un poco que nos dicen y otro poco que no nos dicen. Ese misterio que creamos adentro de ellas lo apreciamos mucho porque lo creamos nosotros.

Ante esto, el lector puede quedar desconcertado. Felisberto lo explica así: Lo diré de una vez: mis cuentos fueron hechos para ser leídos por mí, como quien le cuenta a alguien algo raro que recién descubre, con lenguaje de improvisación y hasta con mi natural lenguaje lleno de repeticiones e imperfecciones que me son propias. Y mi problema ha sido: tratar de quitarle lo más urgentemente feo, sin quitarle lo que es más natural; y temo continuamente que mis fealdades sean siempre mi manera más rica de expresión.

La velocidad con la que vierte sus pensamientos hace pensar en la ejecución de Rachmaninoff. Al escribir, prefiere empezar aunque no haya un lugar certero al cual dirigirse. La vertiginosidad es el premio:

Con lo de escribir tampoco quiero transar: unos quieren escribir con lentitud para que las cosas salgan hondas –yo no me puedo detener– otros harán promedios de escribir con cierta espontaneidad y pensando un poco despacio cómo realizarán la espontaneidad. Esta transacción me enfurece. Yo no puedo detenerme ni un momento porque me caigo. A veces, cuando hago una afirmción, o termino o redondeo un concepto, siento instintivamente el error como si el avión encontrara en su marcha un pozo de aire. Pero no importa, sigo, quiero realizar la aventura de la velocidad, sentir el movimiento de las ideas con error y todo.

En este impulso la literatura funciona como un acto. Esto lo hemos visto ya en otros momentos: en la pintura de Pollock o en la obra de Jack Kerouac. Corregir es una forma de la mentira. Hay que avanzar, ver a dónde nos lleva el texto. La revelación estará ahí, pero nunca en el desenlace, sino en alguna frase, en lo que ocurre o en lo no ocurre. Italo Calvino diría que “la expresión de la condición física de los objetos y de las personas es lo que más sorprende en su escritura”:

Una cama destendida, por ejemplo: “sus barras niqueladas me hacían pensar en una joven loca que se entregase a cualquiera”. O la cabellera de una muchacha: “Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallinas que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne”. U otra muchacha que está por ponerse a recitar una poesía: “su actitud hacía oscilar mis pensamientos entre el infinito y el estornudo”.

Gracias al interés de escritores como él y Julio Cortázar –quien escribió: siempre sentí y siempre dije que en Lezama y en vos (y por qué no en Macedonio, y qué hermoso saberlos a todos latinoamericanos) estaban los eleatas de nuestro tiempo, los presocráticos que nada aceptan de las categorías lógicas porque la realidad no tiene nada de lógica, Felisberto, nadie lo supo mejor que vos–, Felisberto Hernández ha pasado a formar parte de esa constelación de escritores uruguayos denominados “Los raros” (según el crítico Ángel Rama), mote que en realidad deviene de una antología de Rubén Darío en 1896 bajo el mismo título, en la que menciona que hay en ellos jerarquías intelectuales, desdén a lo vulgar y la misma religión de belleza.

Los libros sin tapas fueron ediciones sin forros publicadas entre 1925 y 1931 y distribuidas como folletos facsimilares, tal vez debido a la intención de mostrar un texto inacabado, un libro sin el afeite y lociones que poseen “los verdaderos” –dice el propio Felisberto: este libro es sin tapas porque es abierto y libre: se puede escribir antes y después de él–. Junto a autores como Beckett o Kafka, Felisberto resume en su literatura el sentimiento de Adán al abrir los ojos en el Edén: la extrañeza de estar presente en el mundo.

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