Las tempestálidas – Gospodinov
“Las tempestálidas”, de Gueorgui Gospodínov, fue la novela ganadora del premio Booker en 2022. La primera parte abre con una idea fascinante: un hombre llamado Gaustín, inaugura en la ciudad de Zurich una “clínica del pasado”, que tiene como propósito brindar una especie de solaz a las personas que están perdiendo la memoria (cronorrefugio, se le llama a momentos).
Para todos aquellos que ya viven únicamente en el presente de su pasado. Y para nosotros, dijo por fin tras una breve pausa, soltando una larga bocanada de humo. No hay nada casual a día de hoy en esta avalancha de personas que han perdido la memoria… Están aquí para decirnos algo. Y, créeme, algún día, más pronto que tarde, muchos empezarán por sí solos a descender al pasado, a «perder la memoria por propia voluntad. Se avecinan tiempos en los que cada vez más personas desearán cobijarse en la cueva del pasado, volver atrás. Y no por buenas razones, precisamente. Debemos tener preparados los refugios antiaéreos del pasado. Llámalos «cronorrefugios», si lo prefieres, o «refugios históricos».”
La idea se vuelve tan popular que abre otra clínica, esta vez en Bulgaria, y poco después se descubren espacios similares a lo largo de toda Europa:
Por otra parte, al Sr. N. le interesa (o se lo endoso a él porque me interesa a mi) precisamente la nadería de la cotidianidad, la vida con todos sus pormenores. Eso es precisamente lo que desea recordar. Ha ido borrando sistemáticamente toda excepcionalidad, si acaso es esta la palabra adecuada par referirse a las detenciones, las palizas en el sótano del n.° 5de la calle Moskovska, la miseria y la peste a orina de la celda compartida en la cárcel de Pázardzhik, las visitas menguantes, las cartas ausentes. Todo ha sido borrado. Pero junto a eso parece haber desaparecido también lo otro, lo normal, aquello de lo que estamos hechos. Toda su documentada cotidianidad previa a la cárcel fue confiscada durante los registros realizados en su casa.”
La novela, a partir de este momento, tiende a la parodia: la búsqueda del pasado lleva a gobiernos de toda Europa a establecer un referendum para fincar el presente en alguna década previa (finalmente ganan los ochenta), quizás como metáfora de las distintas formas que tenemos para protegernos de las angustias del futuro en el siglo XXI (guerras, epidemias, catástrofes climáticas, etcétera).
Al margen, el narrador nos regala distintos ensayos que hablan a medias sobre la memoria, y a medias sobre la búsqueda (y su futilidad) de algún tipo de regreso (al pasado, a la patria, a los amores perdidos).
Todo esto queda claro en uno de los fragmentos del libro:
Hay algo, una atracción velada de tristeza, que en vez de menguar parece aumentar con los años. Quizá tenga que ver con el hecho de que las habitaciones de mi memoria se vacíen cada vez más aprisa. Alguien va abriendo las puertas una a una, pasando de una habitación a otra con la esperanza –mezclada con temor- de encontrarse en alguna de ellas consigo mismo, allí donde todavía sigue entero. No es esta fascinación por el pasado, al fin y al cabo, un intento de alcanzar ese lugar intacto, por remoto que esté, en el que las cosas permanecen enteras, en el que huele a césped, en el que observas a bocajarro la rosa y su laberinto. Digo lugar, pero es más bien un tiempo, un lugar en el tiempo. Un consejo de mi parte: nunca, jamás, tras una larga ausencia, visites el lugar que dejaste de niño. Ha sido reemplazado, vaciado de tiempo, abandonado, convertido en fantasmagoría. No queda nada allí.” Pag 200
Quizás la parte más interesante de “Las tempestálidas” (¿una mezcla de tempestad y crisálidad?) sea una variante a la idea del flaneur: en vez de recorrer una ciudad, Gaustín recorre el tiempo (personaje que, por otra parte, es un alter ego del narrador)
No dejo de pensar que “Las tempestálidas” bien pudo haber sido otra versión de “Bosques que se incendian” si yo hubiera nacido en Europa (ese mote manido para nombrar un conjunto de identidades y destinos tan disímiles que, pese a esto, siguen obsesionados con sus ruinas)
Gospodínov parece querer avisarnos de que hemos llegado a un punto en el que da lo mismo lo que pase, que la historia es una convención pactada y que todo pudo ocurrir, según cómo y quien lo relate. Rechaza la nostalgia, por improductiva y divisoria y porque realmente lleva a épocas peores -nunca ningún tiempo pasado fue mejor- y, al mismo tiempo, parece ver en la recreación del pasado el único modo de superar el futuro.
Hacia el final, Gospodínov nos revela el resorte de su novela, la intención de ‘Las tempestálidas’:
Las novelas y los relatos nos brindan una falsa pero reconfortante sensación de orden y forma. Como si alguien conociera todos los hilos de la acción, el orden y el desenlace, qué escena viene después de otra. El libro verdaderamente audaz, tan audaz como desolador, sería aquel en el que todas las historias, las que sucedieron y las que no, flotaran en el caos primigenio a nuestro alrededor, donde aullaron y susurraron e__imploraron y reirían, se encontrarían y se perderían en la oscuridad. El final de una novela es como el final del mundo, conviene retrasarlo.