La cruzada de los niños – Marcel Schwob

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No sé de dónde venían. Eran peregrinos pequeñísimos. Llevaban bordones de avellano y de abedul. Traían la cruz al hombro; y todas esa cruces eran de varios colores. Hasta las he visto verdes, que debían de estar hechas de hojas cosidas. Son niños salvajes e ignorantes. Vagan hacia no sé dónde. Tienen fe en Jerusalén. Pienso que Jerusalén está lejos, y Nuestro Señor debe estar más cerca de nosotros. No llegarán a Jerusalén. Pero Jerusalén llegará a ellos.

la cruzada de los niñosLa historia, ese ente del que hay que desconfiar, relata que en 1212 un grupo de niños de Francia y Alemania partieron en dos expediciones hacia Tierra Santa. Jerusalén, el último sepulcro de Jesús, fue motivo de guerra para la Europa de la Edad Media. Impulsadas por los papas y los reyes, las guerras cruzadas tenían el objetivo específico inicial de restablecer el control cristiano sobre el medio oriente.

Después de la Tercera Cruzada, tras la muerte de Saladino –aquel del que Dante escribe: e solo, in parte, vidi’l Saladino– hubo años de relativa paz hasta que el auge comercial de Italia motivó al papa Inocencio III a impulsar una nueva Cruzada que, en vez de enfocarse en Tierra Santa, tuvo por motivo el saqueo de Bizancio.

Después de esta, en 1212 un niño de 12 años, con la convicción de que los reiterados fracasos se debían a la falta de inocencia de los cruzados, comenzó a reclutar niños para dirigirse a reconquistar Jerusalén. El resultado fue la Cruzada de los Niños. Steven Runciman, en el tercer volumen de A History of the Crusades –Volume III:The Kingdom of Acre and the Later Crusades; Cambridge, 1951; pp.139-144– relata:

Un día de Mayo de 1212 apareció en la Iglesia de Saint-Denis, donde el Rey Felipe de Francia se encontraba en aquel momento con su corte, un pastor de 12 años llamado Stéphane, del pequeño pueblo de Cloyes en Orléannais. Le entregó al rey una carta que, dijo, le había dado Cristo en persona, quien se le apareció cuando estaba pastoreando sus ovejas. Cristo le había ordenado predicar una nueva Cruzada. El Rey Felipe no se impresionó por el pequeño y lo mandó a casa, pero Stéphane, cuyo entusiasmo se había encendido por el misterioso visitante, se vio a sí mismo como el líder que triunfaría donde otros habían fallado. Durante los últimos 15 años predicadores habían estado recorriendo Europa, instando a la gente a unirse a las Cruzadas contra los musulmanes. Para un niño histérico fue sencillo contagiarse con la idea de que él también podía ser un evangelista y emular a Pedro el Hermitaño, cuya valentía había alcanzado una grandeza legendaria en el último siglo. Impertérrito ante la indiferencia del Rey, Stéphane comenzó a predicar todos los días en la entrada de la abadía de Saint-Denis y a anunciar que lideraría a un grupo de niños para rescatar Tierra Santa. Los mares se abrirían ante ellos, como a Moisés frente al Mar Rojo, para llegar a salvo a Tierra Santa. Dotado de una extraordinaria elocuencia, logró impresionar a todos y niños se unieron a su llamado.

Borges escribió: “esperanzados, ignorantes, felices, se encaminaron a los puertos del Sur. El previsto milagro no aconteció”. Marcel Schwob toma esta anécdota convertida en leyenda para narrar en una nouvelle, no el trayecto y desenlace de este grupo de niños, sino las dimensiones de la humanidad: la fe, la desesperanza, la muerte, la duda, el remordimiento.

Una noveleta coral como ésta no ahonda en personajes ni en tramas, ya que su mayor virtud es agrandar el punto de vista sobre una persona o un hecho. Su formato, generoso en sus puntos de vista y voces, es su mayor fortaleza. Es, como escribiera Marcel Proust, el único viaje verdadero: ver el universo con los ojos de otros, de mil otros.

De esta manera Schwob nos enseña el rango de experiencias que la Cruzada de los Niños detona: desde el leproso, conmovido hasta los huesos por su inocencia, hasta el papa Gregorio IX, que absuelve al mar de sus pecados. Borges, devoto lector de Schwob, escribe:

En ciertos libros del Indostán se lee que el universo no es otra cosa que un sueño de la inmóvil divinidad que está indivisa en cada hombre; a fines del siglo XIX, Marcel Schwob –creador, actor y espectador de este sueño– trata de volver a soñar lo que había soñado hace muchos siglos en soledades africanas y asiáticas: la historia de los niños que anhelaron rescatar el sepulcro. (…) Soñó así ser el papa, ser el goliardo, ser los tres niños, ser el clérigo.

Nosotros, los lectores, a través de Schwob podemos también ser todos ellos. Para leer una reseña previa sobre Schwob y la visión de los niños en Europa previo al siglo XVII, revisen esta otra entrada. Otras versiones del mito se comentan por acá.

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