La casa junto al río – Elena Garro

casa abandonada

Dicen que al pasado hay que dejarlo en paz –los muertos, muertos están–, pero la realidad es que pocas veces escuchamos este consejo. Consuelo Veronda, protagonista de La casa junto al río, emprende un viaje a España a encontrarse con la tragedia:

Las tragedias se gestan muchos años antes de que ocurran. El germen trágico está en el principio de las generaciones y éstas, como los caballitos de las ferias, hacen la ronda alrededor del tiempo, pasan y nos señalan. Pasa Caín asesinando a Abel, y la quijada de burro permanece en su lugar inicial; pasa el incestuoso lecho de Edipo, y sus horribles ojos sacados de las órbitas; pasa Helena con el fruto de oro, premio a la belleza y origen de la guerra y pasa Job el castigado por su inocencia. Aparece Nerón fornicando y aspirando el humo del incendio que nunca afinará su lira y también pasa Cuauhtémoc de pie y prendido en su piragua y todos giran en la infinita ronda que nos refleja y engendra la tragedia. Y el tiempo circular e idéntico a sí mismo, como un espejo reflejando a otro espejo nos repite. A veces la belleza de una abuela determina la muerte de sus nietos o la ruina de sus descendientes. Una mentira pesa durante generaciones y sus consecuencias son imprevistas e infinitas. Enfrentarse al reflejo del pasado produce el exacto pasado y buscar el origen de la derrota produce la antigua derrota. Consuelo lo sabía. Sin embargo, sólo le quedaba ir al encuentro del pasado remoto que estaba en su memoria. Si lograba encontrar los restos de la casa junto al río encontraría su presente, dejaría de ser sombra flotando en ciudades sin memoria.

No sólo los recuerdos no son lo que creíamos –idealización de la infancia a la que creemos siempre como un lugar seguro–, sino que todo a nuestro alrededor se conjura por olvidarnos. La patria que representaba la niñez ya no existe, de ésta queda únicamente una  terrible pesadilla: las personas que nos rodean no son lo que aparentan; distinguir entre amigos y enemigos es imposible. Todo es una terrible claustrofobia. En el centro de los diálogos y encuentros hay un misterio que Consuelo se esfuerza en descubrir. Intuimos, como lectores, que alguien teje una red que terminará por envolvernos a todos. El desenlace es previsible, pero el recorrido no deja de ser angustiante.

Amparo hablaba como para ella misma, aunque de vez en vez observaba a su interlocutora con una ansiedad mal disimulada. En su dulzura se ocultaba una ira por la indiscreción cometida por Consuelo la noche anterior. Consuelo comió el pan con queso, en silencio. Sabía que Amparo le estaba mintiendo y que ella se encontraba en el centro de una madeja de embustes, que tarde o temprano descifraría. La voz falsamente dulce de la hostelera la irritó. “¿Por qué si eres tan buena me dejas sin agua en los grifos del baño, escondiste a Elvira y la sacaste cuando me enteré de que se alojaba aquí?” Le hubiera querido preguntar, pero calló.

El universo narrativo de Garro, escribe Christopher Domínguez Michael, es “cerrado, hostil y paranoide, donde el viejo realismo se mueve bajo el aliento de la persecución existencial”. Se cree que cuando todo se ha perdido, la memoria es todavía un lugar infinito en el cual es posible refugiarse –escribiera Rilke: “aun cuando usted se hallara en una cárcel, cuyas paredes no dejasen trascender hasta sus sentidos ninguno de los ruidos del mundo, ¿no le quedaría todavía su infancia, esa riqueza preciosa y regia, ese camarín que guarda los tesoros del recuerdo?”–. Así se resume el viaje de la protagonista, pero hay en éste una diferencia a la inocencia de Rilke: el regreso no lleva a ningún tesoro, sino al horror.

Vio que atrás venían corriendo más personas en medio de la oscuridad del final de la tarde y dio la media vuelta y echó a correr desaforada. Pasó frente a la casa de su tío José Antonio y escuchó tras ella un trote furioso de cabalgata y recordó el carricoche, a los dos enlutados y a los dos huérfanos corriendo entre ráfagas de lluvia nocturna, le pareció que eran Manolo y ella. La gente amenazaba alcanzarla.

–¡Guardia!… ¡Guardia, que se escapa! –pensó reconocer a la voz de tic-tac del relojero.

Torció hacia la izquiersa, a unos metros estaba el puente romano. Si lograba cruzarlo llegaría al otro lado, al país de las brumas, los huertos de manzanos, los senderos de helechos y los macizos de rosas y huiría para siempre de sus perseguidores.

La polémica en la vida de Garro y las circunstancias de su exilio no valen la pena detallarse, pero sí nombrarse: en la novela, Consuelo es apodada “la mexicana”, una mujer a la que todo el pueblo persigue. La paranoia y el delirio de persecución se retratan en un monólogo de Mónica Montes titulado Elena Garro (en busca de un hogar sólido):

Elena se halla en el andén de una estación de trenes y fuma mientras recuerda su vida. “¿Te invité o te inventé?” se pregunta a unos pasos de la muerte con respecto a la influencia de Paz sobre ella.

“La escenografía no cambiará durante el resto de las vidas de Garro y de su hija: persecución y miseria, locura y codependencia de donde surgirán, como un milagro, novelas asombrosas”, escribe Domínguez-Michael al respecto de Paz y Garro. En una carta que Garro le escribe a Emmanuel Carballo en 1980, le dice:

¿Tú crees en las reencarnaciones? Nosotras sí, pues tenemos la extraña impresión de que hemos reencarnado o pasado a otra vida y de la anterior nos quedan recuerdos precisos y certeros de muy poca gente, entre la que tú figuras y ahora Beatriz.

Cuando la vida se convierte en pesadilla debe existir –o fabricarse– otra posibilidad:

Consuelo sonrió, ahora nunca más aquella mujer oscura y terrible le haría daño, estaba dentro de la casa junto al río, a su lado se hallaban sus tíos y la casa resplandecía como un arco iris.

Algún buddha dijo que la dicha está en la capacidad de aprehender el presente. Ante esta imposibilidad, queda la tensión entre la memoria y la ensoñación y su consecuente fallo: depresión o locura, ruina o ansiedad. Para un análisis distinto de la novela, chequen acá.

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