La Boca, Buenos Aires (apuntes de la vida de turista)

Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo, a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta es la muerte que hubiera elegido o soñado.

Tomé el autobús 29 y llegué a La Boca, después de 20 minutos. Antiguo barrio italiano decorado en colores disímiles (la pintura que sobraba del muelle y con la que pintaban los barcos es la que utilizaban para las casas), La Boca es ahora un barrio turístico donde brasileños, lationoamericanos y europeos van a comprar baratijas. Las tiendas están llenas de imanes para el refrigerador, pinturas idénticas entre sí y playeras del Boca Juniors.

Caminé en el sentido de las manecillas de reloj por las tres cuadras que forman la parte turística del  barrio. Una frontera invisible impide a los turistas ir más allá de las vías del tren. Alrededor hay varios perros tirados al sol.

Rechacé varios sitios de comida, hasta que vi en una esquina a una mujer. Tez blanca, con cicatrices por el efecto del sol en los brazos. ¿Cartas, o la mano? Cartas. Me senté. Corté el mazo de las cartas en dos y ella comenzó a tirarlas. ¿Cómo aprendió a tirar las cartas? Familia. Mi abuelo, mi papá, mis tíos. Todos sabían leer las cartas. Las empezó a tirar y a decir un discurso que bien podría ajustarse a cualquiera. Todo va a ir bien, dijo, salvo el tema del amor. ¿No es eso lo que todo mundo quiere en el fondo escuchar? ¿Confirmar ese ciclo de sospechas que nos ponen en el mismo sitio de las películas románticas, las canciones y las telenovelas? Que bien, respondí. La lectura del tarot siempre me ha parecido un mapa interesante de la posibilidad, dije después. La mujer no contestó. Cuando terminó de tirar las cartas charlamos un poco más. Sobre el barrio, la gente, Guadalajara -su sobrina vive allá-. Luego quise pagarle, y me pidió que no sacara el dinero sobre la mesa. Quedáte hasta las 5:30, después andáte. Hay muchos ladrones por acá. Y cuida bien tus cosas. Llevá la mochila al frente. Andá, así. Me levanté y caminé un poco más. Ya no tenía nada más que hacer ahí. Pensé en regresar, pero también pensé en quedarme. Me senté en una terraza a meditarlo. Pedí una cerveza y miré la calle vaciarse poco a poco, mientras el sol caía al fondo del horizonte. Recordé ese cuento de Borges donde un porteño queda envuelto en una pelea con un gaucho, y me imaginé de noche caminando en La Boca, mientras un par de hombres se acercan a mí con las manos en los bolsillos. El filo imaginario de la hoja brilla al salir de la chamarra.

Pagué mi cerveza y miré el reloj. La noche ya había caído. Había que tomar una de dos calles: al puerto y la parada de autobús, o al corazón del barrio a mi derecha. Un tango se escucha a lo lejos.

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