Help a él – Rodolfo Fogwill

I

La pesada mañana de febrero en que Vera Ortiz Beti tuvo esa muerte espectacular que ella misma hubiese elegido, al salir de la torre de Madero, mirando hacia la Plaza San Martín vi unos peones de mameluco blanco que trabajaban sobre las carteleras que afean la estación Retiro. A la distancia parecían animalitos adiestrados sólo para arrancar los viejos carteles de L&M y reemplazarlos por no sé cuál otra marca extranjera de cigarrillos. La idea de cambio me evocó las observaciones que solía hacer el otro, y, como él, yo pensé que esa periódica sustitución inauguraba una serie infinita de cambios que volverían a esta ciudad, a este país y al universo entero una cosa distinta que ya nada tendría que ver con ella.

¿Nada? No: nada no. Yo seguiría siendo el mismo -creí-. Y yo siempre tendría que ver con ella.

Así arranca la novela Help a él, que en realidad es una novela corta donde Fogwill desarrolla la historia intrincada de dos amantes para quienes no hay límites en los placeres a explorar. Me quejaba de Fadanelli porque sus personajes siempre rayaban en el cliché del outsider, y aquí Fogwill da una lección de lo que significa llegar al límite.

En un momento, por ejemplo, Vera le grita a nuestro protagonista: “¡te enseñaré lo que es un hombre!”, y lo que sigue es un acto de pegging bastante explícito.

Fogwill, de paso, aprovecha para burlarse de la tradición literaria de Borges:

Miré el papel: la prosa era impecable, y abundaba en ese truco de Adolfo que yo había señalado en su novela: un uso anómalo de cierto giros coloquiales, como si yo ahora escribise que en cierto párrafos él “enchufaba” palabras de un léxico legítimo, pero inesperado en el contexto del relato. (…) Lo comenté con Adolfo cuando volvió a pasar su joint: uno se obstina en esta absurda dilapidación de su vida. ¿Por qué?, le pregunté después. No respondió. En cambio, me adviritió que el cuento que trataba de la búsqueda de nombres para un cuento era una teoría moral sobre el recurso a la retórica para justificar la conservación de la vida. Explicó:

-Además, es un texto modular: si lo leés salteando dos renglones por vez, se forma un cuento sobre otra pelea de borrachos. Si leés el segundo renglón y todos los renglones múltiplos de cinco, verás que es la visión de una corrida de toros narrada por un hombre que nunca antes había visto un toro, por ejemplo, un esquimal, o un nativo de Ghana. Si leés los últimos renglones de cada página de atrás hacia adelante, vas a descubrir la obra de Jünger.

La mitad de la trama transcurre en un viaje psicotrópico en el que el delirio, el placer y la realidad se funden para ofrecernos el retrato de pasión de un hombre y una mujer. Altamente recomendable.

II

La segunda parte del libro se titula Sobre el arte de la novela. Aquí retomo lo que Ignacio Echevarría escribiera sobre su obra:

No vale la pena perder el tiempo tratando de resumir el argumento de las novelas de Fogwill, ya que apenas tienen argumentos, quizá porque vienen repletas -consiéntase la paradoja- de argumentos, no en un sentido narrativo, sino en el sentido más netamente crítico, filosófico, incluso ideológico.

Así, esta segunda parte se da el permiso de contar dos historias completamente distintas, unidas tan sólo por un auto y una carretera. En el inter, Fogwill nos sermonea:

La narrativa se ejecuta mediante decisiones lógicas, decisiones sintácticas y decisiones gramaticales. A veces, los tres tipos de decisiones son independientes; otras, las decisiones gramaticales implican decisiones lógicas que se procesan automáticamente, por la propia inercia de los mecanismos lingüísticos grabados en la memoria de quienes escriben. El estilo no es eso, es, quizás, todo lo contrario. En los casos opuestos, cuando las decisiones lógicas suponen decisiones gramaticales o sintácticas inesperadas, parece que los artificios prefabricados por el uso corriente del lenguaje se evaporan creando un vacío que los que escriben tratan a duras penas de llenar.

Esta segunda parte, más corta, completa a la primera en intención, y si bien no forman una secuencia lógica ni orden circular, amplifican los temas que ambas tocan: la familia y lo real, el delirio, lo efímero y la muerte.

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