Héctor Viel Temperley – Poesía Completa

No sé hablar de poesía, aunque en algún momento se me dijo que el primer criterio es si te gusta o no. En el caso de Viel Temperley, poeta argentino nacido en 1933, su poesía no sólo me gusta, sino que es un punto de encuentro con esa belleza que existe en la desolación.

Con una obra divida en 12 apartados, tal vez el testimonio de Viel Temperley más famoso sea Hospital Británico, que no es sino el deseo de sobrevivir, la mente perdida entre las paredes blancas de la trepanación que sufriera el poeta en 1986.

Años después, en 1997, en una serie publicada por la uam con bajo presupuesto, “El Pez en el Agua”, apareció la primera edición completa de Hospital Británico. Se trataba de casi una separata, pegada con grapas, que hacía constar, con su publicación íntegra, la verdad de una incipiente leyenda: Viel Temperley era uno de los últimos escritores sin biografía, y por tanto sin vanidad, que nos había legado un libro insignia.

Gabriel Bernal Granados

Mes de Marzo de 1986 

Pabellón Rosetto, larga esquina de verano, armadura de mariposas: Mi madre vino al cielo a visitarme.

Tengo la cabeza vendada. Permanezco en el pecho de la Luz horas y horas. Soy feliz. Me han sacado del mundo.

Mi madre es la risa, la libertad, el verano.

A veinte cuadras de aquí yace muriéndose.

Aquí besa mi paz, ve a su hijo cambiado, se prepara -en Tu llanto- para comenzar todo de nuevo.

Éste es el poeta. Como diría Bernal, “uno entra en esto que aparenta ser un buque fantasma, sumergido en las aguas profundas de un océano, y se queda ahí, largo rato, encerrado en sus paréntesis, suspendido de la calidad de sus imágenes y de la aspereza de su música. Una música llana, transida, que no rehúye de la prosa y que sin embargo no acaba de ser enteramente prosa”. Sentir que se muere, y agarrarse del único asidero real que ha sido la vida: la poesía. No hay héroe trágico más perfecto. En otro fragmento diría el mismo Viel, “Voy hacia lo que menos conocí en mi vida: voy hacia mi cuerpo“.

Puede comprenderse o envidiarse el destino fatal de los poetas de nunca abandonar, mientras escriban, la poesía; pero pocas veces se tiene la oportunidad de comprobarlo.

Sergio Chejfec

Héctor Viel Temperley es un poeta maravilloso. En Hospital Británico, “todo parece coludido en una vorágine ordenada y al mismo tiempo enferma. Todo parece, es verdad, el producto de una estancia prolongada en un nosocomio, que es un cuerpo, que es un buque, que es, a la larga y en definitiva, un poema”.

Pese a que Temperley es un poeta sumamente religioso, el encuentro entre su poesía y la fe no tiene un efecto desafortunado o cursi, común en este tipo de poesía. Hay en él ese afán por apresar lo inconmensurable, por tener entre los dedos las letras ocultas del nombre de YHVE. Hay, además de esto, un acercamiento hermoso a imágenes que marcaron al poeta: el mar, los caballos.

Para lavar esta tristeza
hoy llevaría cuerpo y alma
a los chorros helados
de la pampa de Achala.

A caballo iría al alba
bajo su cielo gris,
camino a una hondonada
a donde fui una vez, hace ya tanto.

No hay más que incertidumbre, la certeza de que en algún lugar este hombre nos dejó estos rasgos tan breves y tan poderosos, acaso para guiar a través del arte la propia desesperación fútil que nos aqueja.

Para más información, hay un interesante estudio acá.

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