Last Updated on: 27th septiembre 2026, 10:45 am
Juan José Arreola (Zapotlán el Grande, 1918-2001) es uno de los dos grandes hitos del cuento mexicano del siglo XX, y ambos suceden justo a mitad del siglo: por un lado Arreola con Confabulario, publicado en 1952, y por el otro Juan Rulfo con El llano en llamas, publicado un año después. La mirada enciclopédica de Arreola apuntaba a Europa, mientras que Rulfo, con precisión quirúrgica, miró hacia nuestras entrañas. Decía Arreola, para defenderse ante la acusación de fantaseoso, que toda su obra estaba fincada en su biografía.
José Emilio Pacheco nos cuenta una historia que ya se ha vuelto conocida: él fue quien transcribió el dictado de Arreola, a unos días de que venciera la fecha límite para entregar Bestiario.
«—No hay más remedio. Me dicta o me dicta. Arreola se tumbó de espaldas en el catre, se tapó los ojos con la almohada y me preguntó: —¿Por cuál empiezo? Dije lo primero que se me ocurrió: —Por la cebra. Entonces, como si estuviera leyendo un texto invisible, el Bestiario empezó a fluir de sus labios: ‘La cebra toma en serio su vistosa apariencia, y al saberse rayada, se entigrece. Presa de su enrejado lustroso, vive en la cautividad galopante de una libertad mal entendida’.»
Esta anécdota se ha convertido en leyenda: la del escritor capaz de hablar como escribe. Pacheco lo resumiría en 1998: «Bestiario, obra maestra de la prosa mexicana y española, no es un libro escrito: su autor lo dictó en una semana» (lo recoge Sara Poot Herrera en Luvina). En esta línea, capturo del Bestiario mis momentos favoritos:
El rinoceronte
Ya en cautiverio, el rinoceronte es una bestia melancólica y oxidada. Su cuerpo de muchas piezas ha sido armado en los derrumbaderos de la prehistoria, con láminas de cuero troqueladas bajo la presión de los niveles geológicos. Pero en un momento especial de la mañana, el rinoceronte nos sorprende: de sus ijares enjutos y resecos, como agua que sale de la hendidura rocosa, brotan el gran órgano torrencial y potente, repitiendo en la punta los motivos cornudos de la cabeza animal, con variaciones de orquídea, de azagaya y alabarda.

El sapo
Salta de vez en cuando, sólo para comprobar su radical estático. El salto tiene algo de latido: viéndolo bien, el sapo es todo corazón.
El avestruz
Destartalado, sensual y arrogante, el avestruz representa el mejor fracaso del garbo, moviéndose siempre con descaro, en una apetitosa danza macabra.
El búho
Antes de devorarlas, el buho digiere mentalmente a sus presas. Nunca se hace cargo de una rata entera si no se ha formado un previo concepto de cada una de sus partes. La actualidad del manjar que palpita en sus garras va haciéndose pasado en la conciencia y preludia la operación analítica de un lento devenir intestinal. Estamos ante un caso de profunda asimilación reflexiva.

El elefante
Mejor hablemos del marfil. Esa noble sustancia, dura y uniforme, que los paquidermos empujan secretamente con todo el peso de su cuerpo, como una material expresión de pensamiento. El marfil, que sale de la cabeza y que desarrolla en el vacío dos curvas y despejadas estalactitas. En ellas, la paciente fantasía de los chinos ha labrado todos los sueños formales del elefante.

La jirafa
Con todos sus derroches de técnica, que complican extraordinariamente su galope y sus amores, la jirafa representa mejor que nadie los devaneos del espíritu: busca en las alturas lo que otros encuentran a ras del suelo.
El hipopótamo
¿Qué hacer con el hipopótamo, si ya sólo sirve como draga y aplanadora de los terrenos palustres, o como pisapapeles de la historia? Con esa masa de arcilla original dan ganas de modelar una nube de pájaros, un ejército de ratones que la distribuyan por el bosque, o dos o tres bestias medianas, doméstias y aceptables. Pero no. El hipopótamo es como es y así se reproduce: junto a la ternura hipnótica de la hembra reposa el bebé sonrosado y monstruoso.
Cérvidos
Fuera del espacio y del tiempo, los ciervos discurren con veloz lentitud y nadie sabe dónde se ubican mejor, sin en la inmovilidad o en el movimiento que ellos combinan de tal modo que nos vemos obligados a situarlos en lo eterno.
El bestiario como estilo
Arreola es un estilista de frases: cuenta con fórmulas identificables, por ejemplo, el intercambio del sujeto y el predicado en una frase. Resulta curioso, además, que en su bestiario el acto sexual esté tan vinculado a la depredación –Arreola habla de la hembra devoradora–. En el imaginario masculino hay una especie de peligro en la mujer, el riesgo siempre de ser devorado.
La lectura, sin embargo, admite matices. José Homero, en Confabulario, advierte: «No se trata de negar tales representaciones sino de comprender su circunstancia». Y recupera una confesión del propio Arreola: «Todo lo que he escrito es el terror de saberme responsable y solo. Mi aspiración ha sido perderme. Las mujeres han sido trampas temporales y accidentales. Y tengo la necesidad de ser devorado».
Más de Arreola en El Anaquel: Gunther Stapenhorst y Un bestiario es un zoológico. Sobre Arreola, Rulfo y el cuento en México, ver también este episodio del podcast.
Se puede leer más en este link.Este texto forma parte de Claves de lectura, una selección de clásicos comentados en El Anaquel.



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