Esa membrana finísima – Úrsula Fuentesberain

ostranenie

Miro en el alba mis manos,
miro en las manos las venas;
con extrañeza las miro
como si fueran ajenas.

Milonga de Manuel Flores, Jorge Luis Borges

Esa membrana finísima es el primer libro de cuentos de la escritora celayense Úrsula Fuentesberain (1982), título que, curiosamente, no corresponde a ningún cuento, pero establece una tensión que se mantiene a lo largo del texto: hay algo a punto de romperse, algo que dará paso a otra cosa, una pulsión o una metamorfosis. Cambio, el cuento que abre el libro, narra dentro del horror cotidiano la fantasía del personaje:

¡Armandina, transfórmate tú también! Que te crezca un volcán incandescente, conviértete en una parvada de tordos y sal por la ventana, haz que tu piel se vuelva una membrana finísima y explota. Cambia, por favor cambia.

Y todo cambia: un hombre, por un ataque pasional, termina encerrado (Mariana viene a verme), una chica se adapta, lentamente, a una vida vampírica (Salmanta), una familia de mandamases termina en el olvido (Los Nuñez de Zalay). ¿Dónde inician las metamorfosis? ¿Fue, Gregorio Samsa, un bicho en su cabeza antes que en su cuerpo? Los cuentos deambulan en los límites de lo fantástico y lo psicológico, dictan preguntas antes que respuestas:

No quiero que seamos ni amigos ni amigas. Así que no te me acerques con el pretexto de que eres el muchado que trae los garrafones de agua a la estética o la nueva chavita encargada del aseo. (…) Sí, no te niego que al principio era emocionante adivinar qué cuerpo usarías para la siguiente vez que nos viéramos. Llegaba tempranísimo al antro para revisar a la gente conforme iba entrando. Les veía los brazos, las piernas, las cejas y los pies a ver si te encontraba. Sé que a veces me la ponías más difícil porque sólo hasta que te quitabas la playera en el hotel veía tu ombligo en un cuerpo completamente diferente al tuyo.

Fuentesberain hace a sus lectores deambular en esa sutil frontera donde la otredad parece querer saltarnos encima. En este sentido hay, en gran parte de sus textos, una continua rebelión de los cuerpos, algo que parece querer escapar –no por nada Úrsula recurre al epígrafe de Felisberto Hernández en El Caballo Perdido: “Y fue en las horas de aquel anochecer, al darme cuenta de que ya no podía tener acceso a la ceremonia de las estirpes que vivían bajo el mismo cielo de inocencia, cuando empecé a ser otro.”–, alejarse de nosotros:

Ya no puedo contenerlo. Es como si algo se hubiera cuarteado dentro. Como si durante este tiempo hubiera tenido una presa interna y ahora estuviera a punto de ceder ante una fuerza oscura. Siento cómo ese bolo caliente pugna por salir y no hay nada que pueda hacer para evitarlo.

Confiesa Úrsula en entrevista: “Resulta evidente que tengo una obsesión con el cuerpo, la transformación, las mutaciones; creo que se debe a las lecturas que tuve desde adolescente, definitivamente es lo que me interesa en la literatura. Mi escritura se fue encaminando hacia lo extraño, lo fantástico, lo imaginario y lo maravilloso”. Mirar la mano y encontrarla extraña. Descubrir, después, que esa mano intenta asfixiarnos. El resumen de ese horror es lo que nutre mucho de sus cuentos:

Déjeme asomarme una última vez por la ventana, doctor. Estoy seguro de que el páncreas se me cayó en el camino. Está tirado en la calle, alguien lo va a pisar, un perro está a punto de comérselo. Subestimamos nuestra cohesión, doctor. Lo único que me mantiene sólido es mi piel, esa membrana tan frágil. Siento que la tapa de mi cabeza quiere salir volando. El cielo es un precipicio, doctor. Constantemente estoy a punto de caerme en él.

Las certezas, o lo que llamamos certezas, son abismos, y Úrsula Fuentesberain nos hace planear sobre ellos con maestría. Para otra reseña del libro, que se publicó dentro del Fondo Editorial de Tierra Adentro, consulten aquí. El blog de la autora es éste.

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