En el café de la juventud perdida – Patrick Modiano

paris 70

Que la vida iba en serio
uno lo empieza a comprender más tarde

Jaime Gil de Biedma

Valdría la pena hacer una pequeña nota antes de comenzar a hablar de este libro: ha llegado a mí por Fitta, que me lo ha regalado con las siguientes palabras: “nos vamos haciendo viejos y el tiempo todo lo disuelve. Hasta ahora que escribo esto y ya se me va olvidando”. Modiano, unas páginas adelante, cita de Debord: “a mitad del camino de la verdadera vida nos rodeaba una adusta melancolía, que expresaron tantas palabras burlonas y tristes, en el café de la juventud perdida”. Hay, detrás de ambas notas, una intención clara que conecta con el poema de Biedma: Pero ha pasado el tiempo y la verdad desagradable asoma: envejecer, morir, es el único argumento de la obra. Lo que queda, entonces, de la vida, de ese breve argumento, son un montón de recuerdos. Escribiera Silvina Ocampo: ¡Memoria! ¡Cómo me has hecho sufrir! En el café de la juventud perdida es, así, una novela que transcurre en ese sufrimiento: una mujer, Louki, nacida Jacqueline Delanque, persiste como un eterno retorno para todos aquellos que la conocieron:

–Por cierto… Me acuerdo muchas veces de Louki… Sigo sin entender por qué.

Estaba conmovido. Él, que siempre hablaba sin titubear y con tanta claridad, andaba buscando las palabras.

–Menuda tontería le estoy diciendo… No hay nada que entender… Cuando de verdad queremos a una persona, hay que aceptar la parte de misterio que hay en ella… Porque por eso es por lo que la queremos, ¿verdad, Roland?

La novela, polifónica y fragmentada, se construye de retazos que se van tejiendo en la mente del lector: un estudiante, un detective, la misma Louki y Roland hablan sobre ese pequeño espacio que es la vida, una colección de anécdotas y algunas ideas dan forma a un París que sabemos ya perdido.

Nunca volvió a verlo. Y él tuvo que irse de Francia tiempo después y me dejó el cuaderno, como si quisiera que yo reanudase la búsqueda. Pero ahora ya es demasiado tarde. Y, además, si toda aquella época sigue aún muy viva en mi recuerdo se debe a las preguntas que se quedaron sin respuesta.

La trama es simple: Louki es una chica precoz que se crió sin padre y que, después de pasar la mayor parte de su adolescencia encerrada, decide salir un día a vagar en el frenesí de las calles de París. Su juventud se cubre de excesos hasta que se casa con un hombre mayor y aburrido. Esa vida tampoco la convence. Sabe, como todos los franceses, que la vraie vie est absente, hay algo que se le escapa y que no puede pronunciar. Decide, entonces, abandonar a su esposo y refugiarse en el café Le Condé, un espacio de bohemios, escritores y artistas. El primer narrador propone un retrato:

Me di cuenta claramente de que era diferente de los demás. ¿De dónde venía antes de que le pusieran aquel nombre? Los parroquianos de Le Condé solían tener un libro en las manos, que dejaban al desgaire encima de la mesa y cuya tapa estaba manchada de vino. Los cantos de Maldoror, Iluminaciones, Las barricadas misteriosas. Pero ella, al principio, siempre llegaba con las manos vacías. Y, luego, seguramente, debió de querer hacer lo mismo que los demás y un día, en Le Condé, la sorprendí sola y leyendo. Desde entonces, el libro ya no la dejó nunca. Lo colocaba bien a la vista encima de la mesa, cuando estaba con Adamov y los demás, como si aquel libro fuera el pasaporte o la tarjeta de residente que legitimaba su presencia junto a ellos.

El segundo narrador establece el misterio: ¿quién es Louki? ¿Por qué escapó? ¿De dónde viene?

En el fondo, la única persona interesante era Jacqueline Delanque. Había habido muchas Jacquelines en mi vida… Ésta iba a ser la última. (…) ¿Con qué derecho entramos con fratura en la vida de las personas? ¡Y qué desfachatez la nuestra al mirarles en los riñones y en los corazones! ¡Y al pedirles cuentas! ¿A título de quién?

Louki repite un arquetipo que ya hemos visto antes: el mito de la femme fatale –”la mujer fatal es la que se ve una vez y se recuerda siempre”, escribiera del Valle Inclán–, aunque con un gesto de naïveté. Como arquetipo, Louki es otra de las reencarnaciones de Monelle, Nadja o la Maga, una fuerza de la intuición, la inocencia y la sexualidad:

Una noche, en Le Canter, estaba con Jeannette sentada a una mesa, cerca de la puerta, en esa misma luz. Ya no quedaba nadie más que Mocellini y los que estaban jugando a las cartas en la sala del fondo, detrás de la verja. Mi madre debía de llevar ya mucho rato en casa. Me preguntaba si le preocuparía mi ausencia. Casi echaba de menos aquella noche en que vino a buscarme a la comisaría de Les Grandes-Carriéres. Tenía el presentimiento de que, a partir de ahora, nunca más podría venir a buscarme. Me había ido demasiado lejos.

El resto de la historia la cuenta Roland, un tipo con un pasado de traumas y guerras y obsesionado por el Eterno Retorno.

¿Quién habría podido venir a buscarme aquí? Las pocas personas con las que me cruzaba debían de estar muertas para el estado civil. Un día, hojeando un periódico, fui a dar, en la sección “avisos de los juzgados”, con un suelto que se titulaba “Declaración de ausencia”. Un tal Tarride llevaba treinta años sin volver a su domicilio ni dar señales de vida y la audiencia provincial lo había declarado “ausente”.

Louki, la siempre ausente, la siempre deseada, cobra vida bajo los ojos de Roland  –el amor siempre da una luz distinta a las cosas. El retrato final de Jacqueline sigue siendo vago, pero penetrante. De existir Louki, ¿cómo no quererla? ¿cómo no enamorarse de una mujer así? Ella podría ser un asidero, una especie de salvación:

Me miraba con ojos apurados. Por lo visto, le habría gustado darme explicaciones más extensas acerca de aquella boda. Le sonreí. No necesitaba explicaciones. Hizo un esfuerzo, como si se arrojase al agua:

–Uno intenta crearse vínculos, ya me entiende…

Sí, claro que lo entendía. En esa vida que, a veces, nos parece como un gran solar sin postes indicadores, en medio de todas las líneas de fuga y de los horizontes perdidos, nos gustaría dar con puntos de referencia, hacer algo así como un catastro para no tener ya esa impresión de navegar a la aventura. Y entonces creamos vínculos, intentamos que sean más estables los encuentros azarosos.

Parece oportunista escribir de Modiano ahora que ha ganado el Premio Nobel de Literatura. Dice Daniel Gascón en un texto para Letras Libres:

Modiano ha creado una geografía poblada por personajes fascinantes donde suceden variaciones de una misma historia: una historia, según Félix Romeo, “sencilla y compleja, transparente y turbia, antigua y muy moderna”.

Es cierto. Como dijera Piglia, hay en la búsqueda del pasado y la memoria una intención de salvación, en que en todo eso que pasó exista la posibilidad de un sentido. En el caso de Louki, Modiano logra algo con maestría: ofrecernos la voz de los testigos, de aquellos que se saben parte de algo más grande, es decir, instantes en la vida de un personaje eterno.

Para leer un fragmento del libro, consulten aquí.

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