Apuntes de la vida cotidiana no. 250814

I

Tomamos el autobús y conocemos a una chica por un conjunto de accidentes. En la ficción, la colección de detalles –el libro que ella está leyendo, la calle donde baja, el posterior encuentro por algo que el autor se atreve a definir como azar– se convierte en signos que cobrarán sentido al final de la historia –el libro es el mismo que él leyó en la universidad, el nombre de la calle es el de la ciudad donde creció, etc.–. La ficción nos obliga a interpretarlos, a esperar que por ellos se devele algún sentido oculto.

II

La vida está llena de situaciones que no esconden nada, que nunca regresarán y que no guardarán mayor significado que aquel que nosotros deseemos otorgarles. A diario me cruzan certezas sobre últimas cosas: un adiós, una comida, una situación, una frase en un libro. Esto son los límites a los que Borges ya ha apuntado:

Hay una línea de Verlaine que no volveré a recordar.
Hay una calle próxima que está vedada a mis pasos,
hay un espejo que me ha visto por última vez,
hay una puerta que he cerrado hasta el fin del mundo.
Entre los libros de mi biblioteca (estoy viéndolos)
hay alguno que ya nunca abriré.
Este verano cumpliré cincuenta años;
La muerte me desgasta, incesante.

¿Cómo manejar estas pérdidas? Ya antes había escrito sobre estos casos: el ingenioso hidalgo se convierte en el Quijote como una respuesta al fallo entre lo cotidiano y la posibilidad o, lo que es lo mismo, la literatura. A Dahlmann, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de Weil lo lleva a la tumba. Luis Salavin se convierte en santo al repasar la vida de los apóstoles de la iglesia.

III

En el centro de la literatura existe una esperanza de sentido. Esa posibilidad, sin embargo, reside únicamente para el lector: es él el único capaz de acceder a la totalidad del iceberg. El protagonista acaso tiene la posibilidad de un pequeño atisbo, de un destello de lo que la trama significa: “Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo”, o “La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano, la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela”.

No es una sorpresa, entonces, que la imagen del juicio final tenga a Dios leyendo nuestras vidas desde un libro. Somos sus ficciones. En la resurrección de los cuerpos conoceremos, por fin, el misterio de la existencia.

IV

Los días tienen la estructura de un secreto y la dinámica moderna ha decidido otorgar al individuo la responsabilidad de revelarlo –tienes una misión, el universo conspira contigo, etc. En esta dinámica, todo tiene o 1) un sentido –todo sucede por algo– o 2) se convierte en un signo, en una pista más de la serie de eventos que llevarán hacia ese final sorprendente. Parafilia de la ambigüedad: todo significa algo, todo contribuye a algo. La cábala moderna exige decretar o conspirar, bajo la expectativa de conjura de sorpresas, epifanías y visiones.

VI

Acaso habría que separar las cosas, decirnos: la vida no guarda esos secretos ni esas revelaciones, y entonces ir al arte, a la literatura, para intentar apresarlos.

Todas las historias del mundo se tejen con la trama de nuestra propia vida. Lejanas, oscuras, son mundos paralelos, vidas posibles, laboratorios donde se experimenta con las pasiones personales.

La vraie vie est la-bas.

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