Apuntes de la vida cotidiana no. 250114

the harvest is great

Alguien me habló todos los días de mi vida
al oído, despacio, lentamente.
Me dijo: ¡vive, vive, vive!
Era la muerte.

Hoy fui a tramitar mi licencia de conducir. Mientras estaba en una de las ventanillas, un policía grito a mi izquierda: back off! Alguien se encontraba en el suelo, pálido, con sus pupilas persiguiendo un punto dentro de su cráneo. A su lado una mujer lo trataba de reanimar vía CPR. Pensé que el hombre iba a morir. De verdad que lo pensé. Todos nos quedamos viendo, callados, mientras los ojos de aquel hombre intentaban mirar algo dentro de su cabeza. Estuvimos así unos minutos, suspendidos, mientras la mujer seguía masajeando su pecho. El hombre no murió. La mujer –una desconocida– lo salvó.

***

Salgo del departamento y un hombre me pregunta sobre el edificio donde vivo. Todas son preguntas al azar: si hay un lounge, cocina, si es que hay un asador o no. Le respondo y no entiendo bien de qué va todo esto. Me pregunta si sé quién es César Chávez. No lo sabía. Luego me dijo: “My friend got murdered on that street last year, be careful. I mean, he lived on the street, but that doesn’t mean he deserved to die”. Asentí, mientras el hombre tomó camino frente a mí.

***

¿Qué significa todo esto? Probablemente nada, una serie de situaciones unidas por el accidente de la muerte. Hace poco Fernando Vallejo puso algo en su Twitter: “Los libros se van a morir, como yo, como ustedes.” Ante tal verdad, todo pierde sentido. O lo gana, como en ese poema de Sabines.

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