Ferdydurke a más de 70 años de su publicación

Witold Gombrowicz Ferydurke

Los años 40. La gente sigue las noticias de la Gran Guerra en los diarios y en la radio. En el café Rex, en Buenos Aires, un grupo de escritores latinoamericanos se reúne a jugar ajedrez junto a un polaco. Son alrededor de diez personas. Charlan de literatura, principalmente, pero también de arte y política, así como de la clase intelectual de Buenos Aires. El polaco tira a diestra y siniestra frases categóricas –en una de ellas, tal vez, menciona que ha escrito una novela y, sin saber a ciencia cierta cómo ni por qué, entre todos los allí presentes deciden traducirla[1]. Hay un problema: no existen diccionarios del polaco al español en ese momento. El autor, que para ese entonces ya habla bastante español, comienza con la tarea y cada tarde lleva al café Rex una parte del manuscrito traducida por él mismo. Entre todos se unen a la tarea de traducción y gastan ahora sus tertulias debatiendo cómo reescribir una frase o, incluso, en la mejor manera de inventar una palabra.

Los meses pasan y el libro se publica, finalmente, en 1947. Es un fracaso de ventas. Los involucrados se disuelven poco a poco, pese a que el polaco permanece 16 años más en Argentina —en total, suman 24 los años que permanece en la Patria, sobrenombre que utiliza para llamar a su nación adoptiva. Pese a las pocas ventas (y acaso, también, al carácter extravagante de su autor), el libro alcanza a sus lectores y cobra, con el paso de los años, un halo de culto. El polaco decide entonces dejar el país que lo ha acogido por dos décadas y se muda a Europa en 1963, gracias a una invitación para una residencia en Berlín. Incapaz de volver a Polonia debido al avance del comunismo, el polaco se instala en Francia, donde fallece en el año de 1969. Su nombre era Witold Gombrowicz y aquella novela mítica lleva por título Ferdydurke.

¿Para quién escribo? Si es para mí mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector, ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo? ¿Hablas de ti mismo de tal manera que te oigan los demás?

Viernes, 1953

Jorge Vilela, Witold Gombrowicz, Mariano Betelú y Jorge Di Paola

Witold Gombrowicz nació en 1904 en Maloszyce, Polonia, dentro de una familia aristocrática venida a menos. Cursó la carrera de Derecho y, de 1927 a 1929, vivió en París, donde estudió filosofía. En 1933, de regreso a Varsovia, Gombrowicz publicaría sin éxito su primer libro, Memorias del periodo de la inmadurez (retitulado Bakakai años después) y, en 1937, la novela Ferdydurke, misma que sería menospreciada como “los desvaríos de un loco”[2]. Invitado por la gerencia de la Gdynia-América para un crucero por países sudamericanos, el polaco se embarcaría en agosto de 1939 hacia Buenos Aires[3]. En septiembre de ese mismo año Alemania invadiría Polonia, en lo que se conoce ahora como el comienzo de la Segunda Guerra Mundial.  “Llegó a Buenos Aires por casualidad y se quedó por accidente”, escribiría en su momento César Aira. Un accidente que duraría 24 años.

¿Tengo derecho a publicar semejantes comentarios de mis propias obras? ¿No será un abuso? ¿No aburrirá? Debes decirte: la gente anhela conocerte. Te desean. Sienten curiosidad por ti. Debes introducirles a la fuerza en tus asuntos, incluso en aquellos que les son indiferentes. Oblígales a que se interesen por lo que te interesa a ti.

Lunes, 1954

La obra de Gombrowicz suma cinco novelas, tres obras de teatro, dos diarios, un libro de cuentos y diversas conferencias. Es a menudo absurda, irreverente y erótica, y se caracteriza a grandes rasgos por el problema de la identidad y el de la forma. Cansado, tal vez, de los errores en la interpretación de sus libros, el polaco se asumió como heredero de su propia exégesis —“(Gombrowicz) pretendía establecer por su cuenta el canon interpretativo de sus obras”[4], escribe Bozena Zaboklicka en el prólogo de sus Diarios (escrito entre 1953 y 1969). Así, utiliza éste, así como los prólogos de sus textos, para explicar cómo debían ser interpretados sus libros.

El Ferdydurke contiene así las aclaraciones del autor, entre las que destacan su objetivo (“Ferdydurke plantea esta pregunta: ¿no veis que vuestra madurez exterior es una ficción y que todo lo que podéis expresar no corresponde a vuestra realidad íntima?”), el rol de la cultura (“infantiliza al hombre porque ella tiende a desarrollarse mecánicamente”), así como la búsqueda de cierta autonomía (“En vez de esconder mi insuficiencia cultural, (…) los desnudé con toda crudeza y además demostré mi propia in-conformidad con la forma de la obra: el lector puede ver cómo me enloquece la tiranía de las formas idiomáticas, el mecanismo del estilo, etc.”).

Acaso sea en esta última idea donde encontramos los atributos más interesantes de la obra de Gombrowicz: la libertad –y su relación con la identidad– son una suerte de leitmotiv que encontramos tanto en Ferdydurke como en otras de sus obras, “el yo que se busca y se afirma afrontando una serie de sistemas”[5] o formas.

De esta manera, todo lo que Gombrowicz escribió podría leerse como un acto de rebelión y, por ende, como una autoafirmación, un campo de batalla en el que el individuo se mantiene en tensión constante entre lo que se espera de él y su propia naturaleza inacabada –en su prólogo a Pornografía, Gombrowicz escribe: “(en el libro) se revela otra mira del hombre; más secreta, indudablemente; ilegal, en cierto modo; su necesidad de lo No-Realizado, de la Imperfección, de la Inferioridad, de la Juventud”[6].

Witold Gombrowicz en Argentina

Durante la mayoría de los 24 años que residiría en Argentina, Gombrowicz sería ignorado o desdeñado por los círculos literarios e intelectuales de Buenos Aires, en gran parte debido a su propio carácter —en una ocasión en la que se le preguntó qué se necesitaba en Argentina para adquirir madurez literaria, Gombrowicz respondió: “Maten a Borges” y, en su conferencia Contra la poesía, afirmó que “los versos no gustan a casi nadie” y que el mundo de la poesía versificada “es un mundo ficticio y falsificado”.

Pese a esto, su obra cobraría gran notoriedad después de la guerra. Deleuze diría que Gombrowicz fue, junto a Joyce y Borges, “el tercer mosquetero del vanguardismo” y, en 1967, ganaría el Premio Formentor por su novela Cosmos, un libro sobre “la formación de la realidad” (Gombrowicz dixit).

“¿Qué méritos tiene ante el jurado que le entrega el Formentor?”, se preguntara Mariano Betelú en un artículo publicado ese mismo año:

Una novela policial –como define a la suya Gombrowicz– es una tentativa de organizar el caos”. El argumento, si lo hay, incluye datos dispersos que organizados conducirán a un todo; en sí son muy poco: un gorrión estrangulado en una trampa, un pedazo de rama pendiente de un hilo, el tamborileo de los dedos de algunos personajes durante la cena, un gato estrangulado por el protagonista: en rigor no suceden (grandes) hechos exteriores en Cosmos (…), sus personajes nunca están problematizados a priori; jamás se detienen a filosofar porque no son intelectuales; si los hay son mezquinos, perversos y para nada lúcidos –el autor parece no creer mucho en la inteligencia. En él no hay un motivo épatant[7], sino el deseo de colocar la vida por sobre la obra de arte, incrustarla así en la novela[8].

Al final de su vida, Gombrowicz sería nominado en diversas ocasiones al Premio Nobel de Literatura, aunque en ninguna de ellas resultaría galardonado –la leyenda cuenta que estuvo a un voto de recibirlo en 1968, año en que ganó, sin embargo, Yasunari Kawabata.

A las personas interesadas en mi técnica literaria les transmito la siguiente receta. Entra en la esfera del sueño. Tras lo cual ponte a escribir la primera historia que se te ocurra y escribe unas veinte páginas. Luego léelo.

Sábado, 1954

Ferdydurke es, en un primer nivel, una fantasía derivada de los tortuosos años escolares de Gombrowicz. Funciona, en cierto sentido, como una anti-bildungsroman[9] en la que Pepe, un hombre de 30 años, es obligado a regresar a la escuela tras escribir el manuscrito de un libro —intentan forzarlo a ser un joven, a eliminar el “amaneramiento, la pose” que lo empuja a pretender que es un adulto.

«El idiótico e infantil cuculato me paralizaba, quitándome toda posibilidad de resistencia; trotando al lado del coloso que avanzaba a pasos gigantescos, no podía hacer nada a cause de mi cuculeíto. ¡Adiós, espíritu mío; adiós, obra, adiós mi forma verdadera y auténtica, ven, ven en forma terrible, infantil, verde y grotesca! Cruelmente achicado, troto al lado del Maestro enorme que murmura:
—Ti, ti, gallinita… Naricita mocosa… Me gusta, e, e, e… Hombrecito peque… pequeñito… pequeñuelo… e, chico, ti, ti, cucucu, cuculi, cuculucho.»

Pepe pasa del colegio —en el que se debate a los puños la inocencia— a la casa de los Juventones, una familia a la que el Maestro confía la labor de transformar al impostor en un joven de nuevo. El plan, al poco tiempo, se revela: los Juventones tienen una hija, Zutka, de la que Pepe se enamora.

«Comprendí en seguida que era un fenómeno muy poderoso, más poderoso quizás que Pimko y tan absoluto como él en su género. (…) Era igual a él, pero más fuerte, del mismo tipo pero más intensa, la perfecta colegiala en su aire colegial, perfectamente moderna en su modernismo. Y doblemente joven —una vez por la edad y otra vez por su modernismo—; era eso, juventud por juventud. Me asusté, pues, enfrentándome con algo más fuerte que yo.»

La novela galopa febril entre el absurdo y el surrealismo, al mismo tiempo que una sub-trama comienza a aparecer: nuestro personaje busca, todo el tiempo, algo que se le escapa de entre las manos.

«De nuevo… de nuevo reanudaba la conversación, trataba de entrar en confianza, hacerlo hablar, lograr la amistad, pero las palabras, todavía en los labios, degeneraban en un idilio sentimental y absurdo. El peón contestaba, como podía, pero era evidente que todo eso comenzaba a aburrirlo y no concebía qué quería de él el señorito chiflado. Polilla se metió por fin en la barata verbosidad de la Revolución Francesa, explicaba que todos los hombres eran iguales y bajo este pretexto exigía que el peón le diera su mano. Pero éste se negó terminantemente»

Ferdydurke puede leerse como una lucha violenta y demoledora contra la cultura[10] pero, también,  como el intento del autor por mantenerse indemne ante las poéticas e ideologías dominantes, batalla en la que la victoria significa salvar el alma misma[11].

En la última entrada de su diario (Domingo, 1969) leemos: “Toda la vida he luchado por no ser un escritor polaco, sino yo mismo, Gombrowicz”.

¿Usted escribe? Hoy en día todos escriben. Yo misma he escrito una novela. Yo: ¿De veras?  Ella: Sí, y hasta he tenido buenas críticas. Yo: ¡La felicito! Ella: No, no lo digo para presumir, sólo quiero hacer resaltar que hoy en día todo el mundo escribe.

Viernes, 1955

“Su obra –oscura, sonámbula y extravagante– era la reencarnación de su propia personalidad”, escribiría en su momento Enrique Vila-Matas. A medio siglo de la muerte del Rioplatense polaco, vale la pena recordar esta novela en la que la marginalidad, la parodia y el absurdo servirían de punta de lanza para tantos otros autores que habrían de venir, entre ellos Sergio Pitol, Roberto Bolaño, Enrique Vila-Matas y Alan Pauls. 

Después de regresar a Europa en 1963 —al que Gombrowicz describe en sus Diarios como “un viaje hacia su propia muerte”—, el polaco se instalaría en la ciudad de Vence, Francia, donde pasaría los últimos meses de vida. Murió en 1969, dormido —otros dirían soñando— tras complicaciones pulmonares derivadas del asma.

 

 


[1] En sus diarios, el autor confiesa haberlo hecho por “motivos económicos”.

[2] Su esposa Rita escribe que, “anticipándose a las previsibles polémicas que suscitaría Ferdydurke, Gombrowicz no escribió un prólogo sino una especie de advertencia”. Gombrowicz, Rita. “Referencias de edición”. El cuenco de plata, 2014.

[3] Virgilio Piñera, escritor cubano involucrado en la traducción de Ferdydurke cuenta esta versión: “El barco tocó en Río de Janeiro. No le gustó al viajero esta ciudad. Encontraba –decía– demasiado verde la vegetación, y los famosos cerros muy dudosos”. Gombrowicz en la Argentina, 2004. 

[4] Seix Barral, 2005.

[5] Kalinine, Paul. Prólogo a “Los hechizados”. Seix Barral, 2004.

[6] Cabe destacar las múltiples relaciones que sostuvo con hombres y mujeres, hechos de los que escribe con notable honestidad en su diario Kronos, publicado póstumamente, y que tal vez explican esa tensión constante en algunos de sus personajes

[7] Espléndido, grandioso.

[8] Betelú, Mariano. “Gombrowicz, Premio Formentor 1967”. 1967.

[9] El género dicta que en las novelas de este tipo se traten .las experiencias de un joven en formación.

[10] La estructura de la novela, por ejemplo, puede ser vista como el tránsito del clasicismo hacia las vanguardias y, posteriormente, hacia la literatura social.

[11] En la primera entrada de su diario en 1957, Gombrowicz escribe: «Si nunca puedo ser del todo yo mismo, lo único que me permite salvar mi personalidad de la destrucción es la misma voluntad de ser auténtico, ese deseo obstinado que grita en contra de todo: yo quiero ser yo mismo, y que no es más que una rebelión trágica y desesperada contra la deformación».