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La tumba de Dios – José María Herrera

En sus Cuadernos, Cioran se burla de la afición española a revolver tumbas y abrir ataúdes. José María Herrera lo corrige en la página once:

aquí los sepulcros fueron sagrados hasta la guerra de la Independencia, y el único caso sonado —y seguramente una leyenda— es el de Carlos II el Hechizado empeñado en besar los cadáveres de sus antepasados en El Escorial. Quienes profanaron por sistema fueron los revolucionarios franceses, y no solo para borrar los vestigios de la aristocracia: un broche, un anillo, una joya incrustada en la empuñadura de una espada.

En cierto sentido, el libro persigue algo similar: profanar un aparente sepulcro, pero en este caso para evidencias los vestigios que contiene.

La tumba de Dios (y otras tumbas vacías) (Turner, 2022) reúne trece sepulcros: Adán, las sirenas, Teseo, la sibila, la vestal, el rey Arturo, la papisa Juana, Drácula, el gólem, don Juan, madame Bovary, Gregor Samsa y Dios. Herrera (España, 1961), doctor en filosofía y crítico de arte, los somete a todos al mismo procedimiento: personajes de los que no se sabe al cien por ciento si existieron, pero sobre los que se ha escrito muchísimo. Son cenotafios, tumbas vacías, lo que Virgilio llama en la Eneida tumulum inane.

Una última palabra. Las tumbas siempre están, por definición, vacías. Lo que queda en ellas, si queda algo, no tiene nada que ver con los seres que enterramos. Los muertos siempre están ausentes, son los ausentes. Un cementerio es un lugar donde reunimos a los que no están, a los que se han ido. Pero la muerte lo iguala todo, hasta el punto de que, una vez tocados por ella, desaparecen las diferencias.

El libro triunfa cuando deja de ocuparse del personaje. La fundación de Roma, por ejemplo: el arado de Rómulo tirado por una vaca y un toro, la muralla levantada justo encima del surco, las puertas abiertas donde el arado alzó la reja. Remo cruza el perímetro y Rómulo lo mata, y el crimen se convierte en la primera lección de derecho: «los ciudadanos tienen que respetar los límites cuya violación torna inviable la vida en común».

El capítulo de la papisa Juana funciona por lo mismo. La sedia stercoraria, aquella silla con una hendidura por la que el cardenal más joven metía la mano para comprobar que su santidad tenía los dos testículos que manda la ley —«Duos habet et bene pendentes»—, explica el gobierno de la Iglesia mejor que cualquier discusión sobre si la mujer existió.

Hay otro fragmento relevante: a fines del siglo XII, el abad de Glastonbury organizó la búsqueda de la tumba del rey Arturo. Pronto apareció un ataúd de roble de dos metros con una inscripción en latín que no dejaba dudas sobre la identidad del difunto. En otras palabras: las tumbas no se descubren, se encargan, y se encargan siempre desde el presente.

Sobre la tumba de Arturo, Herrera describe que el único testimonio fiable es el de John Leland, que visitó Glastonbury en 1530 y describió un sarcófago de mármol negro apoyado sobre cuatro leones sin ofrecer más detalles. Lo demás es la reconstrucción de un pintor especializado en fantasías arqueológicas. «A la fantasía, en esta ocasión, no le queda otro remedio que conformarse con la fantasía», escribe, lo que establece también el límite del libro: mientras que el archivo histórico o teológico alrededor de figuras como Adán, la sibila y Vlad Dracul permiten enriquecer la figura a partir de su tiempo y espacio, en los casos ficcionales (Samsa, don Juan, etcétera) los capítulos se vuelven comentarios, una mezcla débil de ensayo y paráfrasis literaria.

Luis de León Barga celebra lo contrario: «la erudición desenfadada del autor que nos narra las peripecias del personaje con un realismo que, a veces, nos confunde».

El último capítulo pone el cenotafio de Dios en el campo de Majdanek, en Lublin, y lo pone ahí por una razón exacta: porque no hay nada divino que encontrar, solo «un revoltijo de cenizas y huesecillos humanos» donde ningún muerto podrá recuperar su nombre.

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