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[Podcast] El paisaje es un grito – Eduardo Ruiz Sosa (vermut literario)

Last Updated on: 26th septiembre 2026, 11:26 pm

Regreso de El Anaquel, ahora en video.

Dejo, además de la entrevista, el texto que leí en la Biblioteca Gabriel García Márquez el día de la presentación del libro.

La novela comienza con cuatro personajes en un Valiant cruzando el desierto de Sonora, en México. Buscan un pueblo llamado El Presidio, lugar en el ha nacido el Genízaro, quien va sentado en el asiento trasero del automóvil. En el volante está el Baldor, a su lado la Caticha. Atrás, a la derecha del Genízaro, se encuentra Lombardo. Todo esto se parecería a una escena de un road trip si no fuera porque el Genízaro está muerto. Baldor observa desde el espejo retrovisor su boca abierta, la baba reseca. 

“Yo creo que el vato se murió”, dice a los otros. 

Vato, para los que no lo sepan, es una expresión mexicana utilizada en el norte de México para llamar a alguien. El equivalente a “tío” en España. 

“Yo creo que el vato se murió”.

La muerte es uno de los temas de “El paisaje es un grito”. Pero, también, la creación y la sustitución; el lenguaje y la locura; la desterritorialización y el rito. Con una profunda vocación poética, Eduardo Ruiz Sosa nos contrapone con las distintas facetas de un fenómeno mundial que, al día de hoy, sirve de combustible para distintos partidos de ultraderecha en todo el mundo: la migración.

Porque “El paisaje es un grito” es un libro, primero y antes que nada, sobre el drama de migrar. 

Al preguntarle si algún día regresaría a El Presidio, el Genízaro dijo que no. 

¿Por qué?

“Porque me fui del El Presidio hace dieciocho o veinte años y El Presidio ya no existe, ¿entiendes?, o no existo yo, que es lo mismo, las cosas vivas no se están quietas, Baldor, y lo que yo recuerdo ya dejó de ser y existe un futuro, en mi pasado, donde nunca estuve, ¿entiendes?” 

Y el Presidio ya no existe. 

No es casualidad que el nombre del lugar de origen del Genízaro sea un sinónimo de cárcel. Nos vamos, pero en realidad nunca lo hacemos del todo: siempre estamos ahí dentro, atrapados en la memoria, en los recuerdos reales o inventados, recuerdos que nos sostienen de una forma u otra, sobre los que construimos vidas ficticias en lugares ficticios. 

Estamos en Barcelona, sí, pero en este momento estamos también en la Ciudad de México, en Caracas, en Bogotá, en Buenos Aires o Lima o Santiago. 

Nuestros cuatro personajes avanzan entre ciudades fantasmales, vacías, despobladas. Vienen del Otro Lado, ese eufemismo tan mexicano para referirse al territorio del otro lado de la frontera norte: los Estados Unidos. 

Antes, lugar de esperanza, lleno de promesas de progreso, seguridad y bienestar. Es decir, todo aquello que nuestra propia tierra nos ha negado. 

Eduardo recupera un dicho común de aquella época: un padre o una madre que, a través de la línea telefónica o de una carta escrita a mano, repite una arenga: “no vuelvas, quédate allá y no vuelvas, como si estuviera pidiendo un favor, como llorando por dentro”. 

No vuelvas. 

Y, sin embargo, nuestros cuatro personajes buscan volver, regresar del otro Lado. ¿A dónde? Al Origen, al lugar del que partimos. “Nunca estamos donde deberíamos”, piensa el Baldor al volante mientras atraviesan Baltimore, Cadaqués, Roanoke, Montpellier, Basilea, es decir, el mundo entero. 

En griego, nóstos es el «regreso», el «retorno», el «viaje de vuelta al hogar, a la familia o a la patria». De nostos viene, también, la palabra nostalgia. Su arquetipo es Odiseo, quien pudo volver después de diez años de guerra y otros diez atravesando el camino de regreso. 

¿Por qué se esfuerza tanto Odiseo en regresar? Porque sin Ítaca, Odiseo en realidad no existe: cuando se presenta como “Nadie” ante Polifemo se revela el sentido de su viaje: volver es, en el fondo, recuperar nuestro nombre verdadero.

Han pasado más de 2,700 años desde que se compuso la Odisea. En esta época, en esta realidad, ¿se puede regresar? ¿Se puede volver a Gaza? ¿A Teherán? ¿A Caracas? ¿A Santiago de Cuba? ¿A Culiacán? 

De ahí la pregunta que nos ahoga en el primer capítulo: ¿existe todavía? ¿existe todavía Culiacán?  

“El paisaje es un grito” escarba en estas palabras. Y quisiera recordar aquí una definición: Escarbar: rayar o remover repetidamente la superficie de la tierra, ahondando algo en ella, según suelen hacerlo con las patas el toro, el caballo, la gallina, los perros. 

Nosotros, con las uñas. 

Hay algo desesperado y desesperante en el acto de escarbar. Y es lo que intentaremos lograr esta tarde. 

Para esto, propongo un itinerario de nueve imágenes. Primero, porque el itinerario o trayecto es la forma misma de la novela. Segundo, porque nos permite establecer un puente entre dos realidades: la del norte de México y la que ahora compartimos entre nosotros. Tercero, porque uno de los narradores de “El paisaje es un grito” nos recuerda que “siempre es la imagen: en el fondo de todo, ya sea un objeto, un conjunto de palabras, algo nomás perceptible con la vista o el oído, no importa incluso su constitución, si es física o pertenece al mundo de las ideas, siempre es la imagen lo que transforma nuestro entendimiento. Lo traducimos todo a imágenes. Y se convierten, a su vez, en la afectación que nos deja sin habla”. 

Eduardo Ruiz Sosa, nacido en Culiacán, Sinaloa, en 1983, cursó estudios de Ingeniería, Historia y Filología. Es autor de las novelas Anatomía de la memoria (2014), y el Libro de nuestras ausencias (2022), ambas publicadas en Editorial Candaya, y ésta última novela galardonada por el premio Estado Crítico ese mismo año, además de los libros de cuentos La voluntad de marcharse (2008), y Cuántos de los tuyos han muerto (2019). 

El paisaje es un grito es su tercera novela, misma que el autor describe como “una lucha contra sí mismo”.

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