Podrías contar todas estas cosas (cuento)

Un golpe de dados nunca suprimirá el azar

La Bestia. Así le llaman. Te va a matar, dice, con una tranquilidad que no cuadra con la sentencia. No respondes. Te quedas callado, mirando un punto cualquiera. Todo huele a orines. El piso insiste en pegarse a tus zapatos.

Mientras te venda las manos, te pregunta que por qué lo haces. Alzas la vista.

Quisieras decirle que estás enfermo. Que hace dos semanas te detectaron cáncer. Que el doctor dijo, como quien pronuncia su elección del menú, o pide dos boletos para el cine, tenemos que operar, hay señales de metástasis.  Contarle que al salir del hospital, lo único en lo que pudiste pensar fue en regresar a casa a emborracharte. Cómo no recordaste el tiempo que pasaste entre el hospital y tu departamento, cómo las horas quedaron sumergidas en embriaguez, mezcladas en sueños y recuerdos. Que a partir de ahí los días pasaron, cada uno peor que el anterior. Cómo, un día después de una resaca, caminaste vacilante hasta el baño. Contarle cómo gesticulaste, cómo te tocaste la cara, extrañado, tratando de asegurarte que la realidad no era la imagen del espejo que te miraba desde el otro lado. Cómo sumergiste la cabeza en el chorro de agua fría y te enjuagaste la boca, y luego, al caminar a la sala y llegar a la ventana, te imaginaste corriendo hacia ella, para atravesarla y caer sobre el pavimento. Cómo te conformaste, una vez más, sólo con un vaso de whiskey.

O podrías decirle que te rompieron el corazón. Que pasaste años coleccionando poemas alrededor de una mujer. Explicarle cómo su cama era trinchera, hablarle sobre aquella ilusión en la que colgaron los años, contarle sobre la apacible calma de los desayunos en domingo. Repetirle, palabra por palabra, lo que ella te dijo una noche de un viernes, haciendo énfasis en me voy como sentencia. Detallarle, tal vez, cómo dejó impregnado su olor en cada uno de tus recuerdos, persistentemente, ligada físicamente a ti. Contarle cómo un día, sin mayor motivación que aquel impulso, te metiste en la tina del baño. Describirle la sensación, ya dentro, de tu cuerpo deslizándose poco a poco en el agua caliente, dejando las rodillas fuera, como dos islas heridas en medio de la nada. Cómo encendiste un cigarro que poco después se mojó. Cómo tu mano derecha acarició un largo rato aquel radio encendido.

O tal vez, mejor, podrías platicarle sobre ese día en la oficina, la manera en que apareció tu rostro en un power point en medio de la oscuridad de aquella sala. Cómo se encendió la luz y comenzaron los aplausos. Las palmadas, las sonrisas, todos ellos felices por tu ascenso. Cómo, en el baño, a solas, la luz artificial comenzó a parpadear, y después, de regreso a tu cubículo –ese cubículo que podría ser definido de muchas maneras-, cómo tomaste una de las sillas que tenías frente a ti y la lanzaste a la ventana. Una, dos veces. Contarle la sensación del viento al entrar por la ventana. Explicarle, si acaso fuera posible, la fascinación por caer.

O hablarle de aquella otra historia, cuando disparaste por primera vez, acaso para infundirle un poco de respeto. De cómo viste la bala avanzar, en cámara lenta, hasta zambullirse en el cuerpo de aquel tipo. Cómo lo soñaste cada noche, mirándote justo antes de caer. Hablarle de lo difícil que fue dormir a partir de eso, de la manera en que guardabas tu pistola debajo de la almohada, acariciándola en la oscuridad de la noche para después quitarle el seguro y meterla en tu boca. Explicarle cómo se siente el metal frío entre el paladar y la lengua, la sensación de correr el seguro y sentir la fragilidad de tu dedo en el percutor.

Podrías contarle todo esto, sin tan sólo fuera verdad.

Espera aquí, te dice cuando termina de vendarte. Luego regresa y te ofrece un cigarro. Cuando le das el primer golpe, te pregunta si estás listo. Quieres decir que sí. Quieres decir que estarías listo para todas esas cosas: las radiografías, la partida de tu esposa, el viento en la cara, una pistola…

¿Entonces?, insiste.

Cualquier cosa.

Das otra fumada y asientes. Piensas en tu esposa, seguramente dormida en la recámara. En la mensualidad del departamento. En tu gato -no recuerdas si le dejaste comida o no-. En la junta de mañana.

Se paran y ambos caminan en silencio por aquel corredor diminuto.

Sin saber por qué -¿realmente importa?-, le preguntas el verdadero nombre de La Bestia.

El tipo no contesta.

Llegan finalmente a la sala. La gente grita. En el centro hay un pequeño ring. La luz sólo resalta la mugre de las paredes.

Aquí, mi chingón reta a La Bestia. Cinco mil pesos si aguanta 3 rounds, diez mil pesos si le gana.

¿Por qué lo haces?        

Aprietas los puños. Es tu turno.

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