«Uno viaja a cuestas con sus propios mitos. Es inevitable. Es algo así como ser un enfermo crónico». La frase aparece en la crónica sobre Irlanda del Norte de El arte de escribir de pie (Candaya, 2023), de Aitor Romero Ortega (Barcelona, 1985), y podría utilizarse como preámbulo: el viajero-turista llega a cada ciudad con las películas ya vistas y las novelas ya subrayadas. En una nota inicial, el autor cuenta que el proyecto empezó como un descanso de la ficción, un libro menor de crónicas, «casi como un divertimento para no perder del todo el pulso de la escritura en los primeros años de vida de mis hijos», y que por el camino se volvió otra cosa: «una inmersión totalmente inesperada en mí mismo y en los abismos de mi propia memoria». En Fantasmas de la ciudad (Candaya, 2019), sus relatos recuperaban voces ajenas que buscaban algo de sí mismas entre los periplos de diversas ciudades; aquí el que se busca es él.
Son ocho crónicas: Roma, Lisboa, Irlanda del Norte, Estados Unidos, Barcelona, Madrid, Tánger y Benidorm. La primera sirve como vara para medir para las demás, porque el joven que llegó a Roma sigue comparando cada viaje con aquel, «convencido de que la felicidad, como escribe Kundera, es un anhelo de repetición». Todas comentan en paralelo sus paisajes emotivos (encuentros o pérdidas) y culturales (novelas o películas), hasta que se vuelve difícil decir dónde termina la crónica y dónde empieza el ensayo –en una nota al pie admite que su ambición siempre ha sido la de un cronista clásico de los lugares que solemos considerar auténticos, y que su vida poco aventurera lo ha obligado a recurrir a «trucos sofisticados a lo Foster Wallace». La ironía, dice, le sirve «para protegerme de todo, también de mi fracaso como cronista romántico». En Tánger, frente a los murales beat del bar donde Burroughs escribió El almuerzo desnudo, el veredicto es seco: el lugar le parece espantoso, aunque «los gin tonics, por lo demás, eran bebibles».
Del conjunto, la crónica más personal es la de Barcelona, en la que Romero narra la ciudad donde creció y, al mismo tiempo, la enfermedad de su madre. Empieza por un plano: «La geografía de Barcelona es de una exactitud inusual. Parece concebida de antemano para contener a su propia sociología. Teoría general de Barcelona: la historia de su crecimiento urbano es también el viaje sin retorno emprendido por unas élites que se alejan progresivamente del mar como si anticipasen una inundación futura». Lo que comienza como una cuadrícula —la de Cerdà— pronto se convierte en laberinto: la no-pertenencia, la extrañeza, la soledad de la adolescencia. En algún momento que no sabe precisar, el narrador descubre que en ese mundo «no era más que un vulgar intruso». Recaredo Veredas, en Zenda, lo resume en una línea: «El narrador vive en la extrañeza, en la ajenidad, no se considera parte de ningún lugar». Tal vez ahí esté el primer estrato del escritor: la extranjería en la propia casa.
El relato avanza hacia la enfermedad y la muerte de la madre, y la escritura deja ver los cimientos sobre los que se finca la memoria. Veredas celebra que esa muerte esté contada «con una mezcla de calidez y compasión, sin caer nunca en el sentimentalismo». Romero es menos indulgente consigo mismo: «Tal vez sea un fraude, el auto de resentimiento de un mediocre», escribe, porque «todo documento de la memoria es también un documento de la mentira».
¿Se puede confiar en una crónica que se acusa de mentir mientras se escribe? ¿O es esa sospecha la que la vuelve legible? A Manel Manchón, en Crónica Global, le confesó: «Recordar es inventar».
El título tiene algo de paradoja. En Tánger, Romero lee a Paul Bowles como el escritor viajero cuya gran aventura fue «quedarse quieto en un mismo sitio» durante medio siglo, y lo emparenta con «esa idea sebaldiana de que toda literatura de viajes es a su vez una literatura de la parálisis». En la entrevista con Manchón confiesa su gusto por «viajar desde el salón». Benidorm, la última parada, convierte la paradoja en confesión: frente a la multitud, Romero dice haber «preferido practicar una suerte de metaturismo, donde más que divertirme yo mismo he venido a observar como se divierten los demás».
El arte de escribir de pie se despliega como un libro melancólico, culto, en el que no faltan aventuras pero que apuesta, en todo caso, al viaje interno, a la erosión que los paisajes generan en el alma del viajero. Ninguno erosiona tanto como el propio: «Como los mejores libros o las enfermedades crónicas, como el recuerdo de nuestros muertos más queridos, la ciudad de la infancia viaja con nosotros».


![[Podcast] El paisaje es un grito – Eduardo Ruiz Sosa (vermut literario)](http://el-anaquel.com/wp-content/uploads/2026/09/exec-15a44630-07f2-4d5a-9b44-f28107755069-e1788853010775.png)
Deja un comentario